La suerte de las personas y de las colectividades -los tropiezos que padecen, los fracasos que enfrentan, los éxitos que disfrutan- nunca son el resultado de factores puramente ajenos, externos a sí mismos: cada uno es siempre, en alguna medida, hijo o hija de sus obras. A veces la semilla de lo que hoy ocurre está sepultada en los días, pero basta un esfuerzo de la memoria para rescatarla.

Es el caso de la UDI y su descalabro.

Nació como un partido de cuadros acunado por la dictadura. Un grupo más o menos elitario en sus inicios, fuertemente cohesionado en torno a una figura carismática. Lo que pudiera llamarse la educación sentimental de sus miembros se hizo en las alcaldías y en el aparato más o menos burocrático del régimen. Y si la mayoría de sus miembros nunca fueron muy brillantes (porque en sus inicios carecieron de la competencia que permite medir y galvanizar las propias virtudes), contaron con uno de ellos, Jaime Guzmán, al que, mal que pese, la inteligencia le sobraba y cuya existencia elocuente, mientras duró, fue el pretexto perfecto para que los demás enmudecieran y dejaran la suya descansar por años. Guzmán, para bien o para mal, fue una figura carismática capaz de conferir sentido de misión a su quehacer político y concitar la lealtad en derredor suyo.

Pero, como suele ocurrir, el carisma se hizo rutina, la muerte lo transformó en recuerdo, y poco a poco la UDI se convirtió en una máquina electoral cuya figura no fue Jaime Guzmán, sino Joaquín Lavín.

Y allí donde Guzmán se hundía en los conceptos, Joaquín Lavín comenzó a flotar ingrávido e insustancial, liviano de ideas, en lo que llamó, con fórmula famosa, “las necesidades de la gente”. Entonces, iniciativas de tanto calado, como hacer playas en el Paseo Ahumada, bombardear nubes para acabar con la sequía, disfrazarse de aimara, visitar (luego de persignarse) los cafés con piernas, decirse bacheletista-aliancista, hasta transformarse en personaje de matinal que trabaja codo a codo con personajes de la entretención, son las que lo han mantenido a flote en las preferencias populares. No se sabe si tiene ideas; de lo que no cabe duda es que si las tiene, logra ocultarlas con gran talento, y las mimetiza una y otra vez en lo que adivina quieren las audiencias.

Ahí está la semilla de lo que le está ocurriendo hoy.

Los diputados que acaban de renunciar y el senador Moreira -que les declaró su apoyo el viernes por la noche- son el fruto de ese aire insustancial que a cambio de expandirse la UDI comenzó a cultivar, confundiendo lo popular con lo trivial y lo inmediato, al pueblo con las audiencias.

Una vez que el líder de la UDI de los últimos quince años, Joaquín Lavín, hizo de la habilidad televisiva y de la capacidad camaleónica para confundirse y mimetizarse con su tiempo y con su época (no intentando conducirla, sino dejándose conducir por ella) su principal virtud, el resto vino por añadidura. ¿Cómo extrañarse ahora que ese puñado de diputados o el senador Moreira sean sensibles a lo que logran discernir como “las necesidades de la gente”? ¿Acaso no fue eso lo que la figura de Lavín -su líder mejor situado- ha señalado una y otra vez como la divisa principal de la política, la virtud clave para conectar con las audiencias, el secreto de su éxito, el sucedáneo de cualquier ideología? ¿Por qué quejarse ahora luego que por años se le celebró confundiendo la política democrática con la simple astucia para vender serpientes?

Lo más llamativo de lo que ha ocurrido no es que esos diputados o el senador Moreira se hayan volcado a la izquierda o hayan decidido abjurar de las instituciones nacidas en la dictadura, esos tiempos felices en que la competencia no existía. No. Si así fuera, su actitud tendría sentido y reflejaría reflexión. Eso no es lo llamativo. Lo llamativo es que Moreira y los diputados hacen eso porque creen, y lo creen de veras, lo creen firmemente, que esa es la forma correcta de ser de derecha, de derecha y popular. Son, pues, fieles aprendices, aventajados alumnos, perfectos discípulos, epígonos excelsos de lo que se les mostró y enseñó todos estos años.

Y lo peor es que todo esto no solo ha dañado a la UDI (lo que después de todo, para qué ocultarlo, no debiera ser motivo de tristeza), sino que ha infectado al conjunto del quehacer político y a todos los sectores según se ha podido constatar esta semana en que todos los que han apoyado el proyecto de reforma constitucional han proclamado, como fieles, aventajados y transversales discípulos de Lavín, que ellos no hacen más que atender a las necesidades de la gente.
/Escrito por Carlos Peña para El Mercurio

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