César Pizarro es uno de los candidatos a la Convención Constitucional. Alimentado por una inocultable rabia, manifestó su incredulidad respecto del coronavirus y su creencia en que la pandemia no es más que una gigantesca y torcida forma de dominación y control.

Apenas hizo sus declaraciones (de las que se desdijo ayer, luego de enterarse de la muerte de su abuela por covid) se convirtió en apestado. Beatriz Sánchez se apresuró a decir que era incómodo tenerlo como compañero de lista y, para tranquilidad de su audiencia, agregó que era poco probable que fuera electo.

El caso es aleccionador; en torno a él hay un síndrome de lo que está ocurriendo con la política en Chile.

La pregunta es obvia: ¿Qué pudo pasar para que una persona con esas opiniones fuera escogida como idónea para redactar la nueva Constitución?

Las alternativas de respuesta no son muchas y ninguna de ellas habla muy bien de lo que está ocurriendo.

Alguien podría decir que César Pizarro fue elegido simplemente para llenar un cupo y sumar algunos votos a una lista cuyos verdaderos candidatos son otros; él sería entonces solo un relleno cuya inclusión nadie tomó demasiado en serio, simplemente, un nombre más que se incluyó a sabiendas de que no sería electo. Pero si así fuera el asunto sería peor de lo que aparenta; ¿qué justifica utilizar de esa forma a una persona que, es seguro, no comparte ser instrumentalizado?, ¿qué tipo de cálculo lleva a un partido a considerar a una persona un simple medio, un simple peón incómodo, en un juego del que de veras no participará?

Otra explicación podría ser que César Pizarro fue incorporado en la lista por ser un fiel representante de los sectores populares, un integrante de aquella clase que el partido que lo presenta intenta emancipar, un ejemplo de aquellos sectores olvidados por la política de estos años. De acuerdo; pero en este caso, ¿por qué Beatriz Sánchez podría sentirse incómoda con su presencia? Si César Pizarro está ahí, en esa lista, para representar con sus opiniones y sus prejuicios a un sector de la sociedad chilena que la modernización ha ido dejando atrás y cuyos derechos la nueva Constitución debiera reconocer, ¿por qué entonces no sentirse cómodo con él?

Es probable que ninguna de las explicaciones anteriores sea la correcta y que la inclusión de este candidato sea un ejemplo más —y no el más grave— de lo que ha ocurrido con algunos modelos, actores, actrices, futbolistas, cantantes, deportistas, animadores y desempleados de variada índole que, malentendiendo en qué consiste una Constitución, han pensado que basta con ser representantes de algún interés o ejemplo de algún maltrato real o imaginario para que entonces su punto de vista pueda aspirar a diseñar las bases de la comunidad política.

Desgraciadamente, no es así.

Una Convención Constitucional no es un momento reivindicativo, uno de esos momentos en que los intereses olvidados de la vida social pugnan por ser acogidos o satisfechos, sino que se trata de un momento deliberativo, una pausa reflexiva en la vida colectiva que mediante el diálogo intenta decidir cuáles son las bases de la vida en común, qué vínculo es el que va a sustituir a los que la modernización de la vida social ha deteriorado, qué procedimientos son los que van a conferir legitimidad al poder.

El caso de César Pizarro —junto al de artistas a la baja, futbolistas retirados, modelos desempleadas— recuerda cuán importantes son los partidos políticos, esas agrupaciones que reúnen a diversos sectores sociales, racionalizan sus intereses y elaboran proyectos colectivos. Suele olvidarse, pero los partidos son también agencias que ilustran a sus integrantes, profesionalizan el quehacer político y ayudan a acceder al poder a quienes de otra forma estarían siempre al margen.

César Pizarro no habría hecho sentir incómoda a Beatriz Sánchez —y ella, a su vez, tampoco habría incomodado a nadie— si hubieran existido partidos capaces de formar sus cuadros, ilustrarlos ideológicamente y profesionalizarlos antes de incluirlos en una lista para competir por el control del Estado.

/Escrito por Carlos Peña para El Mercurio

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