Si el doctor y exministro Jaime Mañalich escribiera su biografía, varios podrían ser los capítulos dedicados al extenso anecdotario de amenazas contra su persona y familia, funas y una serie de otros hechos asociados a la violencia política. Inolvidable su visita al Hospital de El Salvador en noviembre del año pasado. “Asesino con delantal”, se leía en uno de los carteles, mientras una turba de “trabajadores de la salud” intentaba dar vuelta el auto donde el ministro esperaba, pacientemente, se calmaran los ánimos para poder salir. También tendría que chorrear litros de tinta dedicados a los ataques recibidos por los medios de comunicación. Ahora que gozará de paz podría animarse y contarnos cómo se sobrevive incólume a tanto odio, desprecio e indolentes faltas a los derechos humanos más básicos por parte de una sociedad donde sus miembros se escandalizan ante el más mínimo incumplimiento de sus narcisas expectativas.

Es probable que el doctor Mañalich nunca nos cuente el origen de tanta resiliencia, ni sobre cómo fue capaz de seguir adelante y cumplir con su objetivo principal –que nadie muriera por falta de asistencia médica o de respiradores-, siendo atacado por tantos frentes, cobrando el pago semanal de un Chile que en las encuestas daba su apoyo a quienes dificultaban su labor, aserruchándole el piso, mientras ninguneaba sus esfuerzos. Y es que no había dónde perderse. Se trataba de decidir entre el gesto de marmota del ministro y la encantadora sonrisa de la presidenta de un Colegio de médicos, donde, dicen las malas lenguas, sólo vota la izquierda; los demás prefieren restarse. ¡Tan típico de la derecha! Así, es en la tensión entre un sector minoritario que se moviliza incansablemente y otro que remoja sus ánimos en aguas de laurel donde se definen los destinos del país.

¿Cómo se sobrevive a “el pago de Chile”? Su relato podría “servir” a tantos de esos otros “servidores” públicos que, como Mañalich, carecen del talento de los encantadores de serpientes. Pero la experiencia del exministro no se agota en una moral que, por fundarse en principios, se basta a sí misma prescindiendo de la aprobación externa medida en ratings, encuestas, aplausos o seguidores. El factor Mañalich está inmerso en un mapa más amplio que vale la pena revisar.

Todo comenzó con Mauricio Rojas, a quien la izquierda le cobró miserablemente su conversión. El gobierno pensó que bastaba con reemplazarlo por Consuelo Valdés para apagar el fuego, sin darse cuenta de que, como en los incendios forestales, bajo la aparente tranquilidad de árboles marchitos ardían las raíces de ministerios groseramente capturados por operadores y el Congreso lo habitaban un alto número de políticos incendiarios y antidemocráticos. A Rojas le seguirían Andrés Chadwick, Marcela Cubillos, Isabel Plá y Macarena Santelices. Es muy probable que otros tantos no hayan podido ejercer su cargo por las mismas capturas y que las razones de su recambio no sean tan evidentes como en los casos citados. Sobre lo que sí hay claridad es que un sector importante de quienes votaron por el gobierno está cansado de un actuar político que, en sus intentos por conciliar posiciones, termina bailando al ritmo de una extrema izquierda minoritaria, violenta e incluso, carente de juicio. A estas alturas es innegable que la familia de los Locos Addams excede con creces a los identificados por el diputado Winter.

Resumiendo, la decepción recorre a los fieles votantes de una derecha que hoy tiene entre sus filas a todo tipo de populistas, trovadores, vendedores ambulantes de cuentos baratos, convencidos de que el pueblo se alimenta de promesas fatuas, ignorantes, hechizados por las luces de un cruel espectáculo donde hasta los derechos elementales son transformados en cenizas, promotores de la lucha de clases y de una felicidad fundada en la pobreza. Esta decepción es un peso muerto cuya gravitación política no ha sido medida o cuantificada. Es en este centro neurálgico del mapa político donde el factor Mañalich cobra importancia. Y es que, entre un ministro del Interior incapaz de mantener el orden público (fundamental para detener el contagio y preservar la democracia) y el líder del partido del Presidente, que no pierde oportunidad en parecerse a los miembros del Foro de Sao Paulo, el ministro Mañalich representaba lo mejor de una gestión que entiende la política al servicio de los ciudadanos. Cierto, no cambiaba su cara de marmota, no respondía a las extorsiones emocionales de políticos y periodistas, no hacía genuflexiones ante las demandas de una izquierda que nadie eligió para gobernar; ese grave defecto era, al mismo tiempo, su mayor virtud. En silencio, ante todos los intentos por humillarlo y entorpecer su gestión, se mantenía de pie, sin dar tregua a adversarios que nunca lograron quebrarlo.

Digámoslo de una vez. El factor Mañalich mantenía en alto los ánimos de quienes esperaban que gobernara la derecha, sin saber que, donde la oposición ha capturado los ministerios y en lugar de profesionales hay operadores políticos, será muy difícil que se respeten los resultados en las urnas. Tres décadas de arreglines y comadreos con los tributos de todo el país nos han costado caro. No sólo el Estado aumentó su tamaño de modo vertiginoso apernando en el poder a fieles ideologizados sin ningún grado de profesionalización, sino además, según un estudio citado por Rolf Lüders, el 60% de lo que destinamos a gasto social se pierde en gestión administrativa. A ello sumemos el ataque de un periodismo poco serio que no se hace cargo de los problemas reales de la gente ni de investigar los privilegios de operadores descarados y el salto al vacío constitucional provocado por la violencia de un par de miles de jóvenes manipulados por la narcopolítica. Estamos ante la tormenta perfecta. En este contexto el errático deambular del gobierno exhausto e inerme ante el incendio que recorre las instituciones -empezando por el poder judicial, que colabora con el “desorden público”, contribuyendo al debilitamiento del Estado de Derecho-, es comprensible. Lo que nadie imaginaba era encontrarse con un ministro cuyo espíritu sería inquebrantable: ese es el factor Mañalich, un “cisne negro”, como diría Nassim Taleb.

Finalizo estas reflexiones augurando que su ausencia tendrá efectos inesperados en la derecha, pues Mañalich generaba fuerzas centrípetas que cohesionaban al sector. Después de tantos años de publicada la obra de Arturo Valenzuela, “El quiebre de la democracia en Chile”, es de Perogrullo recordar que, a la anulación de dichas fuerzas, le sigue la emergencia de dinámicas centrífugas cuyo corolario es la polarización, división y disolución de los partidos o coaliciones. Brillante jugada de la izquierda que pedía la cabeza del ministro como moneda de cambio a su apoyo en los acuerdos que devuelven la viabilidad política al país; políticos siempre descollantes en aquella inteligencia que elimina los obstáculos para retomar el poder, mientras oculta su total ineptitud en conducir los destinos de las naciones por los caminos de la prosperidad.

Por Vanessa Kaiser, acádemica Universidad Autónoma, para ellibero.cl

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