John Milton, fue un poeta y ensayista inglés que escribió en el siglo XVII un poema épico titulado “El paraíso perdido” que está dividido en 12 libros y sobrepasa los 10.000 versos escritos sin rima. Milton en él inventó la palabra “pandemónium” para llamar así a la capital del infierno. Sin ninguna censura, esta palabra se me apareció en mi cabeza el domingo 21 de junio después de leer mis dos diarios favoritos y de escuchar comentarios en televisión de personeros autocalificados para pontificar sobre el presente y el futuro de nuestro Chile querido. Estoy entre los chilenos sometidos, con buenas intenciones, a un confinamiento y aislamiento físico obligatorio para evitar un contagio con alguno de esos seres humanos infecciosos llamados “asintomáticos”, quienes no saben, o pretenden no saber, que pueden contagiar y destruir familias completas comenzando por la propia.

La pandemia que nos afecta, es una enfermedad nueva que se está dando a conocer por una patología muy compleja, es producida por un virus del género “coronavirus”, que no existía hasta que emergió en un mercado “húmedo” de la ciudad de Wuhan, China, durante diciembre de 2019.

Es un virus nuevo, certificadamente nuevo, porque no tiene existencia registrada en ninguno de los depositorios o bancos de virus almacenados en las universidades y centros de investigación del mundo. La secuencia de su material genético (ARN), no coincide exactamente con ninguno de los coronavirus ya conocidos. Al menos, hasta hoy 25/06/2020, no ha aparecido el padre putativo de este criminal de marca mayor y la paternidad de él ha sido negada terminantemente por el laboratorio de la Universidad de Wuhan, lugar del supuesto incesto. Lo último que se dice es que, el “Coronavirus-SARS-CoV-2” es una mala mezcla entre un virus del “murciélago herradura” con uno del pangolín, hecho no confirmado aún. Es un criminal de marca mayor porque ya ha asesinado a más de 484.000 personas y puesto sus moléculas dentro de 9,5 millones de habitantes, repartidos por los cinco continentes.

Pertenezco al grupo de ciudadanos llamados, según la ocasión, como adultos mayores, ancianos, viejos y también viejos de mierda. En otros tiempos llamados patriarcas, sabios, genearcas o líderes.

Los primeros reportes sobre COVID-19, insistieron en que los más afectados por esta enfermedad infecciosa eran los adultos mayores, generando la idea impropia que los jóvenes eran inmunes a esta calamidad. Con la experiencia ganada desde enero 2020, en los países que han sucumbido a COVID-19, se concluye que todos los seres humanos están expuestos a una aplastante derrota frente a este virus, aunque en distinta magnitud. Esta enfermedad infecciosa no tiene una vacuna para prevenirla ni un medicamento específico que la cure una vez adquirida. Por lo tanto, los contagios continuarán mientras estas falencias no se resuelvan. Habrá una nueva ola de contagios cada vez que se relajen las medidas de contención. Se terminará la pandemia y continuará como endemia donde corresponda. Según Anthony Fauci, eminente epidemiólogo estadounidense, el virus es el que determina la agenda.

El Ministerio de Salud de Chile, entre las medidas de mitigación y contención, ha decretado un confinamiento obligatorio para los adultos mayores de 75 años en todo el país. Según el Censo de 2017 para 2020 existiríamos 960.619 adultos mayores, de manera que somos un grupo grande los retirados de la circulación cívica. Comprendemos que la enfermedad cursa muy severamente sobre los 60 años de edad.

Este confinamiento, ácidamente reclamado por algunos, tiene un lado muy bueno y es que nos aleja del ruido, de los impertinentes, de las rutinas laborales y de todo aquello que, aunque debemos hacer por contrato o por nobleza, nos arrebata de algo que hacemos sólo en escapadas, en momentos conseguidos casualmente o encontrados inesperadamente, ello es la “introspección”. Para mí, es una palabra hermosa, quizás porque se pronuncia muy poco y, desde luego porque se practica menos aún.

En mi introspección siempre he buscado respuesta a grandes conjeturas, la existencia de Dios, la inmortalidad del alma, y también,

 

obviamente he buscado en el pasado las respuestas a mis reacciones del presente, así muchas reflexiones sobre el vivir cotidiano. Y ahora la pandemia me convoca a una introspección profunda, porque sin estar enfermo, aunque podría estarlo en un futuro cercano, me amenaza y apresura mi porvenir.

Entre mis recuerdos pretéritos y pertinentes tengo uno que sufrí en carne propia, la Pandemia de la Influenza Asiática de 1957, causada por el virus H2N2. Fue un acontecimiento asombroso para mí, puesto que, la ciudad se apagó totalmente en pocos días y sin aviso. Igual que en estos días, se suspendieron las clases y se despobló la ciudad por varios días. Se apareció súbitamente entre julio-agosto de ese año. Poco se habla en la prensa de esta pandemia, fue muy violenta y murieron alrededor de 20 mil personas cuando Chile tenía solo 6 millones de habitantes. Eran otros tiempos, no existían los matinales, los alcaldes eran muy discretos, los opositores al gobierno no esperaban cada error comunicacional para ridiculizarlo y la gente era muy obediente de las prácticas cívicas, así lo recuerdo.

En cambio, la pandemia 2020, fue muy avisada, casi como en los pronósticos del tiempo, solo faltó que dijeran la hora a la cual comenzaba, en Chile comenzó el 3 de marzo de 2020 y desde ese día todo cambió. Los grandes pensadores del país coinciden en que después de la pandemia, los que sobrevivan, vivirán un mundo diferente. Esto es algo muy interesante, me gustaría constatarlo. Me gustaría que fuera un mundo mejor. por ejemplo, que en el supermercado no vuelvas a ver personas seleccionando pan o la fruta con la mano desnuda, que en el estacionamiento no te echen un 4X4 encima para colocarse donde claramente tenías preferencia. Que cuando vas por una carretera no tengas que pedirle a Dios que sea tu copiloto para poder sortear a todos los infractores que te acompañan en la ruta. Ese es el futuro que me gustaría ver después de la pandemia, tan sencillo, tan inalcanzable, tan imposible.

¿Se puede ser optimista en cosas tan sencillas o es ser ingenuo? Si ni esas cosas tan sencillas cambian cómo podrían cambiar otras que implican acciones nobles, moralmente generosas.

 

Volviendo a la idea, el “pandemónium”, se inventó para señalar a la capital del infierno en el poema “El paraíso perdido”, no lo he leído, llegué a él por esa palabra que, aunque se usa raramente sabía que era para la ocasión que nos aflige a los chilenos. La ironía que se me apareció está en el nombre del poema, ¿será Chile otro paraíso perdido?

Soy pesimista porque la pandemia enfrenta a nuestra sociedad, con dos dilemas que hasta ahora no se ven resueltos: Salud v/s Economía y Salud-Economía v/s Política. O si se quiere más comprensiblemente nos enfrenta a un trilema: Salud, Economía y Política. Ya se ha escuchado a varios personajes decir que hablar de Salud versus Economía es un falso dilema. ¿Es falso? Si ya ha tenido que denunciarse su falsedad es porque existe, podrá ser un dilema moral, pero falso no lo es. Se pueden pedir, como se hizo, cuarentenas parciales o totales que llevan a la detención de la actividad productiva de pequeñas y grandes empresas con quiebras de muchas de ellas y consecuentemente con una cesantía masiva, pero luego no pueden sorprenderse de las consecuencias sociales y económicas. Y ahí está el falso dilema, protegemos la salud de la población o el bolsillo. Se ha optado por ambos, apoyémoslo entonces.

¿Dónde cabe la política en este trilema? En el comportamiento de los chilenos. Alguien dijo acertadamente que el coronavirus se esparce en dos pies, lo que apunta críticamente a los chilenos. ¿Es así? Muchos piensan que los líderes de la oposición han saboteado sistemáticamente las recomendaciones de la autoridad de la salud. No, a los desvaríos sociales como escapadas durante el toque de queda, no a las fiestas y reuniones innecesarias, no a la circulación con pretextos o razones que pueden postergarse. La cuarentena es una medida muy dura, muchas veces dicha por los ministros de la salud o salubridad, por lo que es deber de todos los líderes políticos acompañar medidas tan impopulares para que la gran población acate.

Obviamente, la pandemia nos enfrenta a muchas deficiencias y también a muchas cualidades de nuestra sociedad. Nuestra educación y cultura, conceptos que no se deben confundir, se han erosionado. Muchos chilenos poseen una educación muy básica, aun así, con un gran respeto por las tradiciones cívicas. El 21 de mayo y el 18 de septiembre

 

se celebraban con grandes marchas de prácticamente todos participando en los pueblos. Las casas con sus fachadas recién pintadas, no con graffitis o groserías. Las procesiones religiosas observadas con gran respeto. Los conciertos dominicales de la banda municipal. Eran pueblos mucho más pobres que ahora, pobres en educación, pero con una gran cultura cívica. Nunca hubieran incendiado una iglesia.

Cómo no reconocer las cualidades, entre ellas el haber económico de Chile, hoy capaz de solventar costos enormes para mitigar los sufrimientos que causa la pandemia. Ampliación de los hospitales, aseguramiento de los trabajadores de la salud, apoyo con alimentos y medicinas a los lugares en cuarentena, préstamos sin aval, etc., etc.

Afortunadamente, vemos con gran satisfacción que tenemos un grupo grande de heroínas y héroes a quienes encontramos “acuartelados” en los hospitales y clínicas cumpliendo turnos interminables. Ellos están arriesgando sus vidas para salvar las de otros, más que nunca, merecen nuestra admiración, reconocimiento y respeto. También las fuerzas del orden, todas ellas, cuidando por el cumplimiento de las directrices de la salud contra la voluntad de numerosos transgresores.

La pandemia pasará, dejará mucho dolor en las familias que pierdan seres queridos y arruinará muchas empresas levantadas con mucho esfuerzo, pero salvando la vida se puede empezar de nuevo.

¿Cuál es el trilema? ¿Nos quedamos con todos o con ninguno?

¿Quedarán todos los improperios y todas las disquisiciones y contradicciones expresadas por los políticos? ¿Se cumplirán los dantescos presagios de los economistas? ¿Se recordarán las indiscretas opiniones de médicos y salubristas?

¡NO HAY SALUD!

/Escrito por Guido Mora, Bioquímico, profesor universitario y con estudios de investigador en Universidades en USA.