Hay innumerables consejos, trucos, recetas y planes para hacer dieta que se pueden encontrar en una sola búsqueda de Google e incluso en esta misma sección. Cada uno de ellos parece tener la fórmula del éxito en cuanto a perder peso se refiere. Y todos coinciden en la base de reprimir el deseo de llevarte a la boca alimentos que pueden estar muy ricos pero no son nada sanos.

Pero para muchos expertos hay que tener en cuenta lo que se denomina “peso de referencia”, es decir, el peso acorde al tu índice de masa corporal. A pesar de que solo cuenta el físico, el cerebro también es un agente muy importante a la hora de determinar cuál es tu peso ideal. Al fin y al cabo, es el que ordena segregar las hormonas del hambre, como por ejemplo la grelina, la cual se genera cuando el cerebro detecta que las reservas de energía disponible se están agotando.

El cerebro no está preocupado por cómo te ves físicamente. Se preocupa por mantener la vida

Esta hormona produce sensaciones de hambre que te convencen de que es hora de abrir el frigorífico para llevar algo a tu estómago. Y de ahí el sistema digestivo se encargará después de convertir las calorías ingeridas en glucosa para alimentar a los músculos, los órganos, el cerebro y, en general, a las células. Por su parte, la hormona de la leptina genera el sentido contrario, el de la saciedad, liberándose cuando el cuerpo siente que ya ha comido suficiente. En ese sentido, es la encargada de indicar al cerebro que ya se han alcanzado los niveles de energía que pedía.

David Prologo, un médico especialista en obesidad de Estados Unidos, asegura que estas señales tienen tres funciones principales: “le dicen a tu cuerpo cuándo buscar comida, cuándo reducir la velocidad y conservar energía y cuándo reservar combustible si sientes privación (como reminiscencia de los tiempos en los que las hambrunas eran frecuentes)”. En resumen, “todo en nombre de la supervivencia”.

En busca de un punto de referencia

“El cerebro no está preocupado por cómo te ves físicamente”, asevera el doctor en un artículo sobre el tema en ‘The Healthy’. “Se preocupa por mantener la vida”. Esto quiere decir que tanto el cuerpo como la mente están programados para permanecer estables en un punto determinado. Cuando comienzas una nueva dieta o no estás consumiendo energía suficiente para lo que demanda el cerebro, puedes experimentar síntomas como debilidad, hambre, depresión, fatiga o dolores de cabeza. “Lo bueno es que al cabo de unas semanas el cerebro termina relajándose y no emite tantas señales a medida que el cuerpo comienza a encontrar un nuevo punto de ajuste”, recalca Prologo.

Debes establecer objetivos a largo plazo. Solo así conseguirás que el cerebro se sienta más cómodo con un peso más bajo

Es entonces cuando por fin sientes que tu apetito disminuye, y con él los dichosos antojos que son una de las grandes causas por las que los planes de adelgazamiento nunca llegan a buen puerto. “Para mantener los resultados, las dietas a largo plazo suelen ir muy bien al hacer que su cerebro se adapte y se sienta cómodo con un peso más bajo”, observa Jason McKeown, neurólogo.

Cambiar este punto de ajuste del cuerpo no es nada fácil. “Puede llevar meses, e incluso años”, asevera McKeown. “Por eso debes establecer objetivos a largo plazo. Solo así conseguirás que el cerebro se sienta más cómodo con un peso más bajo, lo que hará que tu cuerpo acelere el metabolismo y disminuirá el apetito. Si piensas a corto plazo aunque pierdas mucho peso en poco tiempo y obtengas resultados rápidos tendrás más probabilidades de volver a ganarlo, ya que tu cuerpo y tu cerebro no están nada contentos”.

Entonces, ¿por dónde debemos empezar? ¿Cómo actuar? Sobre todo, prestando atención a la calidad de lo que comemos y no cuánto comemos. Para que el cuerpo y el cerebro encuentren el bienestar que buscan es necesario optar por una dieta de alimentos naturales e integrales. Esto significa mantenerse lo más alejado posible de aquellos que han sido procesados o refinados, es decir, los productos ricos en calorías, e incorporar otros más saludables como bien pueden ser las frutas y verduras frescas, la carne magra, el pollo, el pescado o los granos enteros.

Comer con cabeza

En lugar de vivir obsesionado con el recuento de calorías, todo lo que debes hacer es seguir una dieta rica en alimentos naturales. También existen otros trucos como por ejemplo reducir la velocidad de las comidas. “Esto hará mucho para que el cerebro encuentre el bienestar que busca”, recuerda McKeown. No son pocos los expertos que ven un peligro el hecho de restringir demasiado lo que comes debido a que esto aumenta más las probabilidades de sufrir atracones. “Cuando las personas ingieren productos con un alto contenido en grasas o azúcares, el cerebro libera sustancias químicas para sentirse bien, lo que hace que la gratificación sea mayor”, reflexiona Farrah Hauke, psicóloga de Arizona. “No vemos esta estimulación cerebral en alimentos como el brócoli o la pechuga de pollo a la plancha”.

En definitiva, si buscas perder peso es mejor que te lo plantees como una carrera de fondo y no como un castigo al que debes enfrentarte y por el que debes pasar en el menor tiempo posible. Al final, el cerebro acaba adaptándose a ese nuevo equilibrio de grasas y azúcares que vas implementando con paciencia y voluntad. Y si encima realizas ejercicio físico, los resultados tardarán mucho menos en llegar de lo que esperas.

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