La reciente aprobación del proyecto de reforma constitucional sobre retiro del 10% de los fondos previsionales puso en evidencia lo polarizado que está el país. Un debate donde los argumentos técnicos -y la formulación de propuestas alternativas- no fueron suficientes para convencer a la clase política sobre los efectos nocivos del proyecto. Para una gran mayoría opositora la discusión fue ideológica, mientras que para una minoría oficialista fue oportunista. Estos últimos, prefirieron sumarse al carro de la popularidad y de lo políticamente correcto, transando los valores, principios y convicciones de la derecha.

Para decidir la forma de votar una iniciativa, son tan importantes las consideraciones de índole social, como las de orden institucional y económica. Nadie puede dudar que muchos chilenos lo están pasando mal y que hay que concurrir a su apoyo. Sin embargo, tampoco se puede desconocer que había varias otras alternativas de ayuda arriba de la mesa, igualmente beneficiosas -o más-, cuyos efectos económicos eran acotados. Para qué decir de lo institucional. Un parlamentario que avala una forma fraudulenta para aprobar un proyecto solo manifiesta su displicencia sobre las reglas institucionales. “El fin justifica los medios”, no es algo propio de una persona con sólidas convicciones políticas.

“El éxito consiste en ir de fracaso en fracaso sin perder el entusiasmo”, nos recuerda Winston Churchill. De ahí que el coraje y consecuencia de aquellos parlamentarios que rechazaron el proyecto cobra especial importancia. No apoyarlo implicaba para ellos altos costos políticos y personales. También ser acusados de insensibilidad social por rehusar a sumarse a un proyecto inconstitucional y regresivo. Sin embargo, la manera consecuente y valiente con que actuaron estos parlamentarios al rechazar el proyecto de manera consistente, refleja que también se puede ganar perdiendo. No es lo mismo perder con buenas ideas, que ganar con malas ideas, como fue en este caso. No hay que confundirse. Este fue el triunfo de las malas ideas, pero los parlamentarios perdedores fueron los grandes ganadores. Ellos defendieron ideas. Y no hay que bajar los brazos.

De cara al próximo proceso constituyente, son estas convicciones y valores los que harán la diferencia frente aquellos que tienen ánimos refundacionales. Sabemos que no será un proceso fácil. La reciente votación del proyecto de AFP ha dejado al descubierto los desafíos que enfrenta el proceso. Tiempo atrás elaboré un listado de razones para votar rechazo en el próximo plebiscito. Era bastante extenso. Luego del triste espectáculo que vimos en las últimas semanas en el Congreso, las simplifiqué en cuatro: primero, el abandono de las convicciones y la llegada de la demagogia a la política chilena; la crisis de los partidos políticos y la ausencia de disciplina partidaria; el uso de resquicios jurídicos, a través de la interpretación antojadiza y caprichosa de las reglas; y el uso de las funas, amenazas y violencia como método de acción política. Nada de ello asegura un proceso constituyente serio y responsable, donde prime el interés general por sobre el particular.

Me encuentro entre los huérfanos de una tercera opción. Los políticos nos obligaron a jugar el todo o nada en el próximo plebiscito. A polarizar al país entre buenos y malos, cuando lo más sensato era establecer una opción alternativa para aquellos que queremos introducir perfeccionamientos a la Constitución, pero sin partir de una hoja en blanco, como insisten algunos. Es por ello, que los chilenos partidarios del “Rechazo” deberían inspirarse en el testimonio de aquellos parlamentarios que defendieron las ideas y principios de la derecha, y votar en el próximo plebiscito sin temor ni claudicaciones. Aun cuando se pierda, es importante perder defendiendo las propias convicciones. Y para aquellos que posteriormente se desempeñen como constituyentes en el proceso de elaboración de la nueva Constitución, el desafío no será más fácil. Por el contrario. Deberán desplegar, en un marco de respeto y responsabilidad, todo su temple y fuerza para defender las ideas y principios de una sociedad libre.

Las ideas y convicciones escasean en la política de hoy. Ante la ausencia de convicciones, nuestros políticos caen, presionados por la contingencia de las redes sociales, en una actividad política casuista, donde prima el interés particular por sobre el interés general. Hoy mandan las encuestas. Y nuestros políticos están atrapados por la dictadura de las encuestas, que los obliga a falsear, acomodar o renunciar a sus convicciones con tal de congraciarse con lo popular.

“Puede que debas pelear una batalla más de una vez para ganarla”, nos advierte Margaret Thatcher. Se nos viene una nutrida e intensa agenda electoral durante 2020-2021.  Ya quedó demostrado que en política no solo los votos son importantes, sino que también las ideas. Y un político sin ideas mal puede defenderlas. De ahí la importancia de elegir bien en las próximas elecciones, aunque perdamos.

/Escrito por Francisco Orrego para El Líbero

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