Sebastián Piñera acaba de declarar su patrimonio: 600 millones de dólares. No es poca cosa. La revista Forbes le había adjudicado US$2.700 millones. La diferencia entre las dos cifras tampoco es menor y todo suena irreal, fuera de toda lógica, aunque el tema quizás va a ser uno de los centros neurálgicos de la campaña: él mismo, en una declaración de la semana pasada, había dicho que nadie había ido tan lejos en relación al fideicomiso ciego que va a aplicar sobre sí mismo y sus familiares. Y sí. O no. Porque no suena bien o más bien parece otro neologismo suyo, algo que suena al “gobierno de los mejores” y al “mejor censo de la historia”.

Nada nuevo ahí. Lo inquietante es que nadie parece reparar en la extrañeza de  haber tenido a un multimillonario como presidente y al hecho de que ese mismo multimillonario está empeñado en volver a serlo. Es algo que damos por hecho, pero no nos preguntamos qué sentido tiene tal cantidad de dinero a la hora de vincularse con el mundo, qué significa en relación a la realidad, qué clase de lazo puede establecer con las cosas y las personas, con el paisaje y las instituciones, con lo privado y lo público. Porque ¿qué clase de millonario es Piñera? Ya sabemos que no es un magnate definido por sus excentricidades como Farkas; tampoco posee la melancolía de los personajes de Fitzgerald, todos entregados a la contemplación de su propio drama desde una melancolía que anticipa el desastre. Piñera tampoco es como Agustín Edwards o Ricardo Claro, sujetos paranoicos con el poder, obsesionados con el lugar secreto que ocupan en la Historia, que se les presenta como una suerte de manifestación del poder de su voluntad, aunque en realidad sea una radiografía de sus miedos.

No. En Piñera todo es más explícito, todo está a la vista. Se notó en las proclamaciones que le hicieron, en el lanzamiento de su campaña, en ese show que anhelaba cierto sentido de la espectacularidad pero erraba una y otra vez tal y como fracasan las alfombras rojas de nuestra farándula, llenas de un glamour impostado, hecho de emociones falsas. Pero ahí se podía ver; para Piñera ser presidente era algo que contenía por partes iguales ambición política y destellos de un sueño infantil, estaba atado a una historia republicana familiar que había mutado en un cuento chino, en una épica inflada con colorantes artificiales. Piñera quería ser presidente, se consagró a esa obsesión por décadas hasta que lo consiguió y ahora quiere volver no sabemos por qué razones.

O sí las sabemos. Piñera es transparente en eso hasta lo obvio. Por más que diga que quiere volver para salvar el desastre que considera que es el presente o desmantelar lo que ha hecho Bachelet, es imposible no pensar que lo que lo mueve es en realidad corregir su propio recuerdo, capitalizando las ansias de su sector para modelar el retrato que hará de sí la posteridad. Por supuesto, nada está tan claro. Nunca lo estuvo, la verdad. Nunca se sabe: Piñera siempre ha jugado al límite, siempre ha zafado, está rodeado de escándalos que parece que no lo tocan, de transas en las que pasa de lado, zafando por los pelos. La sombra de la duda siempre está ahí y sus explicaciones siempre son paupérrimas, una literatura apócrifa que ya ha terminado constituyendo un género propio.

Porque Piñera es un político al que su propio lenguaje lo asfixia, dejándolo como alguien vacío mientras coquetea con el ridículo y es percibido como una caricatura del hombre de Estado que aspira a ser. En ese murmullo, en esa cháchara, su dinero es lo único concreto, lo único real, por más que sea imposible ponerse de acuerdo en esa diferencia de miles de millones de dólares. Es el dinero lo que lo define en la medida que exhibe su modo de moverse por el mundo. Ahí, las palabras están vacías, son cháchara. Por eso Kast y Ossandón ya perdieron con él, por eso no hay debates abiertos en las primarias de la derecha y cualquier cosa que se diga o investigue sobre el tema suena a un ataque y es presentada como conspiración. Porque el dinero es la república de Piñera, la medida con la que mira y define lo que lo rodea. No hay más que eso, comprender otra cosa es inflar un relato que no tiene por dónde. La discusión sobre el cálculo de su patrimonio dice más de él que cualquier panfleto, que cualquier minuta de los especialistas o cualquier apunte redactado en un think tank. Ahí yace su poética, su manifiesto, los contornos de algo parecido a un alma, quizás.

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