Ni Navidad, ni Año Nuevo ni el cumpleaños. Ni siquiera el del lanzamiento de la nueva camiseta. Si había un día que los hinchas de Colo Colo esperaban era el que marcaría la salida del equipo del fondo de la tabla y de la zona de descenso. Y llegó con el triunfo por lo mínimo ante Everton. Lo que dure esa ansiada sensación de tranquilidad es una incógnita. Por la irregularidad propia y por los compromisos pendientes de sus adversarios directos. El peligro sigue ahí, igual de amenazante que antes, pero el aire es distinto.

En Macul se abrazan como si hubiesen ganado la final del mundo. Sabían que frente a Everton jugaban un partido clave, que un triunfo al menos serviría para endosarles la presión y la vergüenza de la foto a Iquique y Coquimbo. Y lo sacaron adelante. Con sangre, sudor y lágrimas, que esta vez fueron de alegría.Volvieron a dormir en paz.

Empezó a resolver temprano el problema el equipo del castigado Gustavo Quinteros. Primero, desde la pizarra. El estratega planteó una nueva fórmula, con el criticado Gabriel Suazo como lateral izquierdo, en una función que conoce, le acomoda y lo blinda de las críticas que recibe por incurrir en alardes inncesarios en la mitad de la cancha. También reformuló el mediocampo, dándole solidez a la contención con Fuentes y Carmona.

Sin embargo, lo más notorio fue el éxito de la fórmula que eligió para la generación. Ese cambio se notó desde temprano. Una acción combinada entre Carmona, Costa y Valencia permitió que, recién en los cuatro minutos de juego, Pablo Mouche abriera el marcador. La jugada es, seguramente, una de las mejores asociaciones futbolísticas de los albos en el año y llegó cuando más la necesitaban. El ex jugador del Botafogo, en tanto, cambió los reproches de toda la temporada por un aplauso que ni siquiera pudo escuchar.

Este Colo Colo, que mantiene una fragilidad abismante, es un equipo distinto si parte ganando. No rebosa en confianza, pero, al menos, se muestra más seguro con el marcador a favor. Incluso más práctico. Quinteros y sus dirigidos asumen que no están para riesgos innecesarios y que, si hace falta, replegarse es un camino válido. Y hace un tiempo, cuando logran ponerse sobre el rival de turno, lo practican. Ayer, jugando en casa, no tuvieron complejos para hacerlo cuando los avances de Juan Cuevas y compañía los obligaron. Sobre todo cuando, en el primer cuarto de hora del complemento, el balón se les perdió y empezó a quedar más seguido en poder de los hombres más peligrosos del equipo de Sensini.

Los ingresos de Valdivia y Paredes en la recta final del partido parecían una nueva señal de calma, pero la felicidad en Pedreros no puede ser completa. Primero, por el bombardeo evertoniano. Y luego porque el Mago sufrió una lesión muscular y corre serio riesgo de perderse el Superclásico, para el que ya hay un descartado: el suspendido Insaurralde.

/Escrito por Christian González para La Tercera