En días pasado, el presidente Sebastián Piñera participó desde Chile en la Asamblea General de las Naciones Unidas y pronunció un discurso que pretendió centrar en los acontecimientos que han marcado nuestra historia de estos últimos meses. Pero, al leerlo, entra la duda acerca de cuál es el país al que se refirió en sus palabras.
En primer lugar, alteró el orden de los hechos del mes de octubre de 2019. Él contó que, primero, fueron las manifestaciones sociales: “ciudadanos de todas las edades y sectores salieron a las calles a demandar mejores pensiones, mejor salud y mejor educación. . .” y que, después, vino la violencia: “. . .aprovechándose de estas manifestaciones, grupos minoritarios provocaron en nuestro país una enorme e inesperada explosión de violencia, con incendios, disturbios, destrucción y delincuencia. . .”. Todos sabemos que fue al revés. Primero, el 18 de octubre vino la violencia máxima cual fue la que provocó la destrucción de las estaciones del Metro de Santiago, perfectamente planificada, preparada y ejecutada; en seguida, violencia contra centros comerciales, farmacias y comercio en general; también contra iglesias y lugares de culto; cortes de calles y caminos. Todo, junto a nuevos actos de terrorismo en La Araucanía. Después, y sólo después, comenzaron a aparecer manifestaciones sociales. Lo del 18 de octubre no fue un “estallido social” sino un estallido de la más brutal y despiadada violencia. Y, mientras las manifestaciones sociales salieron pronto del escenario, la violencia no lo hizo nunca. Sólo el coronavirus la aplacó en parte, pero nunca del todo. Que lo digan quienes habitan en La Araucanía.
Muy seguro, el presidente continúa: “nuestro Gobierno tomó todas las medidas y precauciones posibles y necesarias para garantizar el respeto de los Derechos Humanos de todos nuestros compatriotas”. Los hechos dicen lo contrario: cientos de miles de chilenos vieron pisoteados sus derechos; desde luego, los que perdieron el trabajo a causa de la violencia. En seguida, grandes, medianos y pequeños emprendedores que vieron arruinados el fruto de sus esfuerzos y que sufrieron daños incalculables. Todos padecimos la inseguridad para desplazarnos de un lado a otro. Hubo lugares capturados por el terrorismo por donde derechamente no se podía circular. Otros, donde, para continuar, había que someterse al vejamen o de pagar o de bailar para regocijo de los violentistas. En fin, la suspensión del Metro obligó a multitudes a enormes desplazamientos indignos de su condición de personas. Fue, además, necesario suspender las clases de miles de alumnos.
Entretanto, frente al vandalismo y la violencia, unas fuerzas policiales insuficientes con sus atribuciones severamente coartadas. A pesar de todo, dieron la pelea al costo que cerca de cinco mil de sus efectivos -varones y mujeres- resultaron heridos, varios de mucha gravedad. Pero, nunca contaron con un respaldo claro y decidido por parte del gobierno al cual defendían. De eso, Piñera no habla.
Todos conocemos cómo claudicó el gobierno: llamando a un plebiscito sobre la constitución que ninguna demanda “social” exigía. Pero, aterrado frente a la perspectiva de perder el gobierno, Piñera no vaciló en subordinarse a los imperativos ideológicos del extremismo y poner el país en un riesgo cierto de su entera desarticulación. Por supuesto, se encargó de dorar la píldora: “Estoy convencido que la inmensa mayoría de los chilenos queremos perfeccionar, modernizar o cambiar nuestra Constitución. En el Plebiscito del 25 de octubre, los ciudadanos democráticamente escogerán el camino”. Lo dice quien fue elegido como presidente porque su compromiso era que no iba a modificar la constitución, y lo dice a sabiendas que siempre el cambio constitucional ocupó el último lugar en las preocupaciones ciudadanas.
¿A qué país se refirió Piñera en su discurso? Es cierto que usó el nombre de Chile, pero más bien aplicado a un país imaginario muy distinto del real.

Gonzalo Ibáñez Santamaría

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