Durante los 27 años que ejerció como jueza de la Corte Suprema de Estados Unidos- hasta su muerte el 18 de septiembre pasado a los 87 años-, Ruth Bader Ginsburg falló a favor de la igualdad legal de género, del aborto y de los derechos de los homosexuales, entre muchas otras materias. Su perfil liberal la trasformó en icono de la cultura pop y por eso cientos de miles de estadounidenses la han llorado esta semana durante las ceremonias fúnebres en Washington DC. Frente a la sede del máximo tribunal de justicia estadounidense incluso han desfilado niñas vestidas con la misma ropa que solía utilizar Ginsburg o con el traje de Supergirl, algo propio de un país donde las decisiones de la Corte Suprema impactan en la vida cotidiana de millones de personas y donde esta jueza era vista como una “heroína” de la justicia social.

Pero la sucesora de Ruth Bader Ginsburg no continuará precisamente en esta línea progresista, ya que Amy Coney Barrett -la jueza que acaba de nominar el Presidente Donald Trump para llenar la vacante dejada por RBG- representa los valores del sector más conservador del país: es contraria al aborto, defiende el derecho a poseer armas, ha fallado a favor de la pena de muerte y es católica devota. Si para los demócratas Ginsburg era el mayor icono liberal de la Suprema, para los republicanos Barrett es la combinación perfecta de los atributos conservadores.

“Hoy es un honor para mí nominar a una de las mentes legales más talentosas y brillantes de nuestra nación para el Tribunal Supremo. Es una mujer de logros incomparables, intelecto imponente, credenciales excelentes y lealtad inquebrantable a la Constitución”, afirmó Trump. Barrett, por su parte, dijo sentirse honrada y señaló que “amo la Constitución de mi país”.

Con esta nominación Trump espera recuperar terreno en la base conservadora, en momentos en que su rival demócrata, Joe Biden, lo supera en las encuestas de cara a las elecciones del 3 de noviembre. El plan del Presidente es que el Senado, de mayoría republicana, apruebe la nominación de Barrett antes de los comicios, algo que ha indignado a los demócratas, que han recordado que cuando Barack Obama quiso nominar al juez Merrick Garland en 2016 el argumento fue que lo prudente no era hacerlo en un año electoral y que la decisión debía recaer en el mandatario electo. Por lo mismo, Biden llamó al Senado a no confirmar a la jueza antes de las elecciones.

Barrett no sólo inclinará la Corte Suprema a favor de los conservadores (por 6 a 3), sino que los liberales temen que el nuevo tribunal -cuyos cargos son vitalicios- pulverice fallos históricos, como el Roe vs. Wade, que en 1973 despenalizó el aborto. Además, después de las elecciones se espera que la Suprema revise casos relacionados con salud y migración.

Dios y la justicia

Nacida en Nueva Orleans en 1972, Amy Coney Barrett reside en South Bend, en el estado de Indiana, junto a su esposo Jesse Barrett, un exfiscal federal y sus siete hijos, dos de los cuales la pareja adoptó desde Haití. Barrett es conocida en su vecindario por sus actividades de voluntariado en el colegio de sus hijos, uno de los cuales tiene síndrome de Down.

Exalumna de la facultad de Derecho de Notre Dame, ha impartido clases en esa universidad desde 2002. Los Barrett son conocidos por participar en las actividades de ese centro de estudios y en los partidos de fútbol americano. Fue en un discurso en 2006 a los graduados de Notre Dame, según constata The New York Times, que Barrett habló de la ley como una vocación superior: “Si puedes tener en cuenta que tu propósito fundamental en la vida no es ser abogado, sino conocer, amar y servir a Dios, realmente serás un tipo diferente de abogado”.

De acuerdo con el periódico neoyorquino, Barrett ha formado parte de un grupo llamado People of Praise, cuyos miembros “hacen un juramento de lealtad de por vida, y son asignados y responsables ante un asesor personal”. Además, el grupo “enseña que los esposos son los jefes de sus esposas y deben asumir la autoridad de su familia”.

Es su fervor religioso lo que ha provocado críticas de sus detractores, por su independencia e imparcialidad. De hecho, en los procesos para confirmarla en 2017 como jueza de la Corte de Apelaciones del Séptimo Circuito, en Chicago, este tema salió a luz y Barrett tuvo que defenderse al señalar que ella debe actuar dejando sus creencias personales a un lado.

“Si me preguntan si me tomo en serio mi fe y soy una católica fiel, lo soy”, dijo a los senadores en ese entonces. “Aunque quisiera enfatizar que mi afiliación personal a la iglesia o mi creencia religiosa no influirán en el desempeño de mis deberes como juez”, agregó. Esa vez, Barrett -que fue ayudante del fallecido juez Antonin Scalia- recibió el apoyo de ambos partidos y fue confirmada por 55-43.

Pero ahora los demócratas están disgustados, aunque nada pueden hacer para rechazar la nominación de Trump. Amy Coney Barrett se reunió con el Presidente republicano a comienzos de semana. Ambos ya se conocían, ya que fue Trump quien la nominó para su actual cargo y también la consideró cuando el juez de la Suprema, el moderado Anthony Kennedy, se jubiló en 2018.

“Sorpresa de octubre”

Con 48 años, Barrett -intérprete ortodoxa de la Constitución-, será la jueza más joven del Tribunal Supremo y la quinta mujer que ocupa un puesto en la más importante corte de justicia de Estados Unidos. A su vez, Trump ostentará el récord de haber nominado a tres jueces de la Corte Suprema en un solo mandato, algo no visto desde la gestión de Richard Nixon, que nominó a cuatro magistrados en un período.

Con Barrett y los otros dos jueces supremos nominados por Trump, el Presidente republicano extenderá su legado y visión por años de años, algo que por supuesto irrita a los demócratas. Tal como ha ocurrido en otras rectas finales de las elecciones estadounidenses, el fallecimiento de Ruth Bader Ginsburg y su sucesora se han convertido en la llamada “sorpresa de octubre”, un evento inesperado que estalla en la antesala de los comicios y que puede derribar o impulsar una candidatura. Aquello está por verse.

/psg