Hasta comienzos de los setenta era habitual utilizar ranas en los test de embarazo. Por este motivo las farmacias contaban con su propia caterva de batracios, de croar suave y seductor. Esta práctica se remontaba a décadas atrás, cuando un grupo de científicos descubrieron que al inyectar orina de una embarazada en la rana hembra africana de uñas –Xenoopus laevis– se inducía su ovulación en un plazo aproximado de dieciocho horas.

El conocido método de «la rana» era bastante fiable, ya que acertaba en el 95% de los casos, si bien es cierto que tan solo daba un resultado positivo si la mujer llevaba varias semanas de la gestación. Entre sus aspectos negativos está el hecho de que las ranas quedaban «inutilizadas» durante, al menos, seis semanas después de hacer un diagnóstico.

En otros casos, se inyectaba orina de una mujer en machos de sapos argentinos (Rhinella aeranurm). Cuando la mujer estaba embarazada, se producía la maduración y expulsión de sus espermatozoides. Lo único que tenía que hacer el médico o farmacéutico era esperar dos o tres horas y examinar la orina del sapo al microscopio, buscando las escurridizas y esquivas células masculinas.

Una cebolla dentro de la vagina

Antes de esto, este tema fue de interés en todas las civilizaciones. En la antigua Grecia, Hipócrates, el padre de la medicina, consideraba que la única forma de saber si una mujer estaba embarazada era introducir una cebolla en la vagina de la mujer a lo largo de una noche. Si a la mañana siguiente la hortaliza conservaba su sabor significaba que la mujer estaba embarazada. Lo que no sabemos es a quién correspondía probar la cebolla.

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