“Desde marzo que en el Barrio Forestal no teníamos un sábado libre para salir (sin salvoconductos) y los locales para poder abrir. Pero a esta hora, abajo de mi departamento, pasa esto y, la verdad, creo que este barrio no tiene escapatoria”, dijo a través de su cuenta de Twitter el crítico de televisión Rodrigo Munizaga.

Las imágenes que acompañaban el mensaje eran elocuentes: una veintena de manifestantes en torno a una barricada. Eran pasadas las 20:00 horas del sábado 3 de octubre.

En menos de 15 minutos, a quienes protestaban se sumaron carros lanzaaguas blancos, vehículos de Carabineros y mucho humo. El tuit se viralizó rápidamente y fue acompañado de mensajes alusivos al venidero Plebiscito, apoyando ambas opciones de voto.

“Apelaba al sentido común de vivir acá y estar chato, no tenía un tinte político”, aclaró el periodista.

24 horas antes, el barrio había vuelto a convulsionarse en una agitada jornada de protestas que terminó en una tragedia: la caída de un vándalo de 16 años desde el puente Pío Nono, hecho por el cual se detuvo a un carabinero, a quien se le imputa haberlo empujado hacia el río.

Después de ese hecho, la escasa tranquilidad que el barrio parecía haber recuperado durante la pandemia se volvió a esfumar.

Durante todo el fin de semana se repitieron manifestaciones, disturbios y respuesta policial. “Estemos en cuarentena o no estemos en cuarentena no se puede disfrutar”, decía a TVN un residente de la llamada “zona cero” del estallido identificado como Rodrigo.

“A veces algo tan simple como dar la vuelta a tu entorno, a tu barrio, hoy día no lo puedes hacer (…) Hay un sentimiento muy grande de frustración, en el sentido de que estemos o no en Fase 1 o en cuarentena, igual estamos totalmente confinados. Esta zona cero es como un gueto”, expuso.

La situación en la zona es crítica.

Pronto se cumplirá un año desde que las rutinas de los habitantes cambiaron producto de las protestas y enfrentamientos que se registraban a diario.

Luego del verano, cuando la intensidad comenzó a bajar, llegó la pandemia, y tanto Santiago como Providencia estuvieron bajo largas cuarentenas, en las que precisamente incidía el factor de evitar que las protestas se reanudaran al flexibilizar la movilidad.

El escenario, ahora que ambas comunas están en Fase 3 y sin cuarentena durante toda la semana, parece ser exactamente ese.

El impacto cultural

“Este es el cuarto viernes que hay protestas. Ha venido en un in crescendo bastante doloroso y preocupante: el primer viernes eran diez personas, al siguiente eran 20, el próximo eran 200 o 300 y la semana pasada, el día en que tiraron el chico al río, ya eran muchas más de 500 las personas que habían”, cuenta a Emol Mario Cerda, dueño de la librería Qué Leo Forestal.

El calvario para él y su familia comenzó en octubre pasado, cuando tuvieron que acomodarse a las nuevas características de un barrio tradicionalmente tranquilo y cultural. “Hemos tenido que estar soportando violencia, ‘guanacos’, gases lacrimógenos. Los meses posteriores al 18 de octubre fueron bastante duros, y cuando estábamos empezando a tratar de volver a ciertos rangos de normalidad vino la pandemia, que nos obligó a cerrar dos meses completos. Hemos sobrevivido a base de la venta online”, cuenta.

Él y su esposa, ambos de más de 50 años, todavía le tienen miedo al virus, pero querían reabrir. Lo estaban haciendo tres días a la semana, entre el mediodía y las 16:00 horas. “Yo creo que no hay ningún negocio, de lo que sea, que no haya querido abrir después de tanto tiempo. Estábamos en eso cuando comenzaron de nuevo las protestas”, dice.

“No sabemos qué hacer. Estamos con todas las ganas, pero también con todos los miedos y fantasmas del pasado, temiendo que todo vuelva a ser como antes y que no nos dejen trabajar, de nuevo”. “Ya todos están preguntando cómo está el barrio. Se empieza a generar de nuevo una sensación de miedo. Nosotros en la época más dura del estallido intentamos seguir haciendo nuestra labor de convertir esto en un centro cultural, con charlas y firmas de libros. Antes las hacíamos a las 20:00 horas y ahora eran al mediodía. Aún así, a esa hora, ya empezaban los disturbios y teníamos que escondernos. La gente estaba adentro escuchando la charla y afuera estaban las lacrimógenas. No se podía respirar. Esas cosas no nos gustaría que volvieran”, dice.

Para Cerda, la situación crónica del barrio hace un daño a la sociedad, por las características de la vida que allí se lleva, muy ligada a la cultura, las artes y la música. Comparte un recuerdo: una charla de la escritora Nona Fernández, antes de la pandemia, en medio de un fuerte olor a gas lacrimógeno. “Estamos haciendo un acto de resistencia cultural”, dijo ella. “Nos quedó esa frase y después la utilizamos como eslogan: la librería que hace resistencia cultural, pero la idea no es esa”, comenta.

“Lo importante sería que la gente pudiera hacer las actividades que quiera en forma segura, tranquila, y que fuera un placer, no un acto de rebeldía que implique ponerte en riesgo”.

/Reportaje de Consuelo Ferrer para El Mercurio

/gap