Somos una familia de tres personas, mi marido, nuestro hijo de siete años y yo, y vivimos en un pueblo de Barcelona. En el inicio de la pandemia yo era considerada grupo de riesgo por mi condición de asmática. El mismo día que anunciaron el estado de alarma a mí me empezaron unos síntomas que no eran los típicos del Covid, con un simple dolor de cabeza.

Dos días después, el lunes 16 de marzo, comencé a notar una presión en el pecho, pero el médico me dijo que serían los broncoespamos por el asma, así que Ventolin y seguimiento.

El miércoles 18 la cosa empeoró y comencé a tener escalofríos que se juntaban con los dolores de cabeza, presión en el pecho y quemazón en la garganta (no era dolor, sino que me ardía como si se me hubiera prendido fuego).

Al día siguiente los médicos me indicaron que debía hacerme una radiografía, en la cual descartaron neumonía. No me hicieron PCR porque no había disponibles, solo eran para casos graves en el hospital. Me informaron que debía iniciar el aislamiento. Justo un día antes del cumpleaños de mi hijo, siete añitos y no pude estar con él. Yo estuve detrás de una puerta, dentro de esa habitación aislada que llegué a odiar con todas mis fuerzas deseando volver a abrazar a mi hijo. Tanto su padre como él tuvieron que ser fuertes, igual que yo en esos momentos tan difíciles.

Los primeros días de aislamiento los síntomas estaban completamente activos: un dolor de cabeza que parecía que me iba a estallar, ardor de cuello, presión en el pecho, ahogo en toda regla (los Ventolin no hacían nada), ausencia del gusto durante tres días, pérdida de peso y de musculatura muy considerable. Pero en ningún momento tuve ni tos ni fiebre. Eso sí, no me aguantaba de pie ni para ducharme.

Así hasta el 6 de abril. La respiración no mejoraba y, después de mucho insistir, me dijeron que me harían otra radiografía. La sorpresa fue que me derivaron al hospital en ambulancia, ya que tenía infiltración bipulmonar compatible con Covid-19. Me cayó encima un jarro de agua fría, no me lo podía creer y eché a llorar.

Me derivaron al hospital de Martorell, de urgencia. No llevaba encima el móvil y no tenía manera de contactar con mi familia para avisar y despedirme. Allí me volvieron a repetir la radiografía y me confirmaron que por la forma de la infiltración era coronavirus. Me quedaba ingresada. En ese momento pensé que no saldría de allí siendo del grupo de riesgo.

Me pusieron todo tipo de medicación y me hicieron PCR. El resultado, negativo. Yo me alegré como nunca, pero el enfermero me respondió que “fallaban más que una escopeta de feria”. En cuanto me visitó la doctora me informó que el resultado de la analítica no era bueno. Confirmaba el Covid en sangre. Me coaguló la sangre y la ferritina me subió por las nubes.

Ahí me iniciaron en la medicación para este virus, que es la de malaria y VIH, además de la que ya me estaban poniendo por vía y de forma oral. Tuve el corazón al límite durante aproximadamente diez días. Las pulsaciones oscilaban entre los 120 y 130 en reposo absoluto, y si me levantaba aunque fuera para ir al baño se me disparaban hasta 160.

Lo peor es que no podía hacer nada. Debía estar en reposo total, no hablar con nadie e intentar dormir todo lo posible. Sin contar con que a la vez me ahogaba enormemente. Cada vez que cerraba los ojos no sabía si los volvería abrir, pues me dormía ahogándome y me despertaba igual. Que

Tienes que luchar por cada respiración y porque tus pulmones hagan el esfuerzo de expandirse. A esto hay que añadirle que me provocó una tormenta de citoquinas, inflamación generalizada el corazón, hígado y pulmones. Me miraba al espejo y no me reconocía, me quedé esquelética, con los moretones en la barriga de los pinchazos de la heparina y una ojeras horribles. El cuerpo no me admitía comida, pero a la vez pensaba que tenía que comer. Mis mayores aliados las infusiones calientes de jengibre con limón, zumos de naranja con cúrcuma, los caldos y mucha agua.

Cuando conseguí salir dejé de sentir esa presión en el pecho. Aún me ahogaba mucho y me sigo ahogando, y el dolor de cabeza seguía ahí, pero el cuello dejó de arderme y las pulsaciones me bajaron de golpe de un día para otro. Los médicos pensaban que no lo iba a aguantar, pero salí de ello.

Las secuelas que deja este virus son horribles. Los pulmones ya nunca son lo que fueron y siento una fatiga constante, pero lo más importante es que aquí estoy para contar mi historia.

Nunca olvidaré un día en la habitación que no podía más, que estaba por rendirme. Todo el mundo me decía por mensajes de voz que yo era fuerte, que podía con eso, pero en esos momentos dudas y piensas que quién eres tú para ser más fuerte que todas las personas que han fallecido y seguro que con las mismas o más ganas de vivir que tú.

Yo llegué a despedirme de mi familia. Estaba aterrorizada porque aquello que salía en las noticias y que veía tan ajeno de golpe lo estaba viviendo en mis propias carnes. Tuve que escuchar cómo una señora mayor falleció de lo mismo, pared con pared. Pero entonces, como un rayo de luz, esa misma noche la señora de la limpieza, con la que solía hablar, me dijo: “no es momento de tirar la toalla. Tu hijo te espera”. Eso me dio el empujón que necesitaba para volver a casa.

Esa era la clave y mi meta, volver a casa, volver a abrazar a mi hijo. Cuarenta y cuatro días después del inicio de esta locura conseguí hacerlo, con más fuerza que nunca. Tuve que esperar otros 30 para poderle dar un beso.

Me han quedado secuelas. He perdido capacidad pulmonar, el corazón no ha quedado del todo bien y me quedan pruebas pendientes. También me ha dejado una fatiga crónica que no desparece con el paso de las semanas ni de los meses. Pero lo más importante es que sigo viva.

* Cristina Omenat Chacón tiene 33 años y vive en Sant Andreu de la Barca.

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