Por fin. Ya tenemos claridad en las candidaturas a la Convención Constituyente.

Para quienes nos opusimos desde el primer momento al acuerdo del 15 de noviembre —y además votamos Rechazo— se abre ahora una segunda oportunidad de ofrecerle al país un camino de sensatez.

La izquierda moderada ha tenido que reconocer, por fin, que no era viable un intento por sumar y sumar hacia los siniestros confines. Las palabras y el tono vital de Heraldo Muñoz, aún más sombríos que lo habitual, lo han dicho todo. Han sido expresiones realistas, que han reconocido lo obvio: muy pocas cosas —quizás ninguna— podrían haber justificado que Beatriz Sánchez y Carlos Ruiz, por una parte, y Patricio Zapata y Jorge Correa, por otra, integraran una misma lista. No era viable, no fue posible.

Las consecuencias se apreciarán el 11 de abril, cuando los votos de oposición no solo se fraccionen entre las dos nóminas principales, sino que se vuelquen también en las listas “uno-coma-tres”, esas postulaciones de independientes que para desgracia de los candidatos opositores con más trayectoria, apelarán a un voto indignado, contrario a las postulaciones de los notables. Muchas personas que erróneamente suponían que serían Pedro, la Juanita, Diego y la Nancy quienes coparían las principales listas del Apruebo, decepcionadas, buscarán a sus desconocidos de siempre entre las marginales listas de independientes, y les marcarán preferencias suficientes como para potenciar las nóminas “uno-coma-tres” y dañar así las cifras repartidoras de las principales listas opositoras.

¿Cabe alguna duda de que todas aquellas listas marginales centrarán su campaña precisamente en la supuesta calidad de “genuinos hombres y mujeres del 18 de octubre” de sus candidatos, para distinguirlos de los así llamados “políticos de siempre”? El voto del segmento sub-35 iconoclasta puede ir a parar ahí de modo significativo.

Por su parte, las colectividades de Chile Vamos y el Partido Republicano han dado un muy buen primer paso.

La insistencia de José Antonio Kast dio sus frutos y a los tres partidos de gobierno se les debe agradecer que se hayan sumado al sentido común propuesto por el excandidato presidencial, haciendo la UDI, RN y Evópoli, en algunos casos, sacrificios de peso. Pero tampoco hay que exagerar. El Partido Republicano también aportó su cuota de renuncia: el 8% nacional de Kast, en un total de 186 candidatos del pacto, podría haber significado 15 postulantes, pero solo lleva 13. Y si ese 8% se lleva a la suma de la votación de Piñera y Kast en primera vuelta el 2017, fue en realidad un 18% de los votos del sector, o sea, habría correspondido a 33 candidatos. Tal como tenía que ser, los sacrificios los hicieron todos los miembros del pacto.

Generosos han sido también dos grupos que vale la pena destacar. Por una parte, esas personas que llevaban ya un buen tiempo alejadas de las contiendas electorales y que han decidido que tenían que volver. Los casos más significativos son los de los exdiputados Marcela Cubillos y Rodrigo Álvarez. Por otra, todos esos profesores universitarios e intelectuales —abogados constitucionalistas, filósofos, historiadores, etc.— que dejarán atrás la comodidad de la academia para patear calles y discutir en las redes. Bienvenidos sean Constanza Hube, Cristóbal Orrego, Fernando Peña, Luis Alejandro Silva y varios otros. Incluso, algunos han aceptado desafíos en distritos muy difíciles, porque todo Chile merece candidatos de jerarquía.

La generosidad siempre paga bien, pero ahora hay que trabajar muy en serio para cosechar sus dividendos.

Son apenas tres meses. Ya comenzaron a correr.

/Escrito por Gonzalo Rojas para El Mercurio

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