Las próximas dos semanas son para abrir muy bien los ojos; y los oídos; y el entendimiento.

Inmersos hace ya un buen tiempo en la vorágine de múltiples acontecimientos públicos, la aceleración de los hechos exige ahora total concentración. Eso, si a usted y a mí nos importan Chile y su destino. Si no, por favor deje la lectura de inmediato. Gracias.

¿A qué hay que prestarle atención?

A la violencia. Sube de nuevo a la superficie desde las profundidades de los corazones a los que ha llegado inducida por cabezas malévolas. Pasa por manos y bocas. Subsiste la duda de si el espasmo está perfectamente coordinado por los partidos aquellos o solamente son sus descolgados —en alianza con los muy bajos fondos— quienes vuelven a escupir esa quemante lava.

A las encuestas. Vamos a guardarlas, todas, una por una; y a pasarles la cuenta después, ya que por la reiteración de sus fracasos, algunas facturas debieran convertirse, más bien, en órdenes de clausura.

A las pillerías. ¿Cuántas originales proposiciones nos harán sobre la eventual página en blanco, que en realidad —dicen algunos— ya viene escrita con tinta indeleble, mientras otros afirman que la dichosa asamblea podría decidir que se escriban primeras letras, incluso borrando el 15 de noviembre? Pillerías las unas, pillerías las otras.

Al Gobierno, al Presidente, cuya declarada neutralidad frente al plebiscito se parece más a la de un observador extranjero que a lo que le corresponde como conductor del Estado, elegido por una mayoría que ni de lejos quería una nueva Constitución.

A la Derecha de verdad, clara promotora del Rechazo; a la Derecha boutique, que declara libertad de acción frente a esta encrucijada decisiva, y a la Derecha desbordada, sí, la que convive con la izquierda moderada, la que a su vez la engaña con las izquierdas insurreccionales.

Al candidato presidencial socialdemócrata (que en realidad es candidato a alcalde y nunca ha sido socialdemócrata) y al candidato presidencial comunista (que sí es candidato presidencial y sí es comunista): todo lo que digan y hagan será usado en su contra.

A los medios de comunicación. Si día a día ellos lo juzgan todo, ha llegado el momento crucial de hacerles un juicio popular (sin esos paredones que algunos promueven, eso sí) para aprobar a los que informen (¡vaya exigencia extraña!) y denunciar a los que solo se hayan sumado a la campaña de sus pasiones, reeditando su penosa puesta en escena de hace un año.

A la oposición moderada, porque o recupera esa característica suya tan concertacional, o arriesga sumarse definitivamente a una nueva minoría que la terminará desgarrando. Así ha sido su triste actuación en los meses de la pandemia, preguntándole siempre a su hermano menor: ¿qué hacer… me aceptas en tu nicho?

A las dichosas redes, donde el negacionismo del respeto y de la dignidad humana casi nunca tienen sanción. Pero en estos días, qué gran ocasión para convertirlas en instancias de educación ciudadana y de diálogo político, así como en oportunidades de descalificación razonada… del que odia.

A usted y a mí, porque la decisión del 25 de octubre la vamos a trabajar en el día a día de estas dos semanas, desde la conciencia, la palabra y los actos. Con total convicción, yo voto Rechazo. Usted verá.

¿Y podremos olvidar al convidado de piedra? No.

Habrá que estar muy atentos también a la situación del coronavirus, porque el bicho este resulta ser mucho más democrático que tantos de nuestros políticos, y podría imponerse por paliza estadística, antes o después del plebiscito.

La paliza, por supuesto, la merecerían primero los que se han empeñado en ponernos a todos en un riesgo aún mayor que el del pasado abril.

/Escrito por Gonzalo Rojas para El Mercurio

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