¿El quórum de dos tercios previsto para el eventual proceso constituyente habrá de aplicarse a la totalidad del texto o bastará, en cambio, que cada una de sus reglas haya sido aprobada por ese número de adhesiones?

Es imperativo resolver este problema antes del plebiscito. Las reglas del juego para ser imparciales deben convenirse antes de saber los resultados.

¿Habrá alguna forma de convenir algún procedimiento que todos puedan ex ante aceptar?

Hay que evitar creer que este problema es puramente numérico (o, como prefiere Borges, no hay que confundir la democracia con una superstición estadística). Si para resolver la cuestión constitucional los números bastaran, sería cosa de agregar o sumar voluntades. Y asunto resuelto. Pero ello equivaldría a considerar la democracia como un remedo más o menos imperfecto del mercado (el mercado lo que hace es justamente agregar voluntades mediante el sistema de precios). Pero la democracia no es una operación aritmética, sino que supone un diálogo entre personas que se reconocen iguales entre sí.

La noción de “equilibrio reflexivo” puede ayudar a resolver este problema.

Cuando hacemos predicciones de hecho contamos con una premisa general a partir de la cual inferimos algo en particular. Por ejemplo, si pensamos que todos los gatos maúllan y ninguno calla, podremos predecir que el próximo gato va a maullar también. Pero si aparece un gato que no maúlla, volveremos sobre la premisa inicial para corregirla (y diremos por ejemplo que todos los gatos maúllan, salvo los de color blanco). Y a partir de esta premisa corregida haremos entonces una nueva inferencia hasta ajustarla con las premisas. Y así hasta alcanzar un equilibrio entre las premisas que manejamos y las consecuencias que sacamos de ellas. Esto es más o menos lo que ocurre en la ciencia. Elaboramos una conjetura general acerca de los hechos, luego derivamos predicciones acerca de hechos particulares; pero si estos últimos no se ajustan a las conjeturas o hipótesis, procedemos a corregir a estas últimas hasta que las premisas sean coherentes con aquello que inferimos de ellas.

Un enunciado se cambia si da lugar a una inferencia que somos reacios a aceptar; una inferencia se rechaza si viola un enunciado que somos reacios a enmendar (Nelson Goodman, Fact, Fiction and Forecast, 1979, p. 64).

¿Debemos obrar de esa forma cuando razonamos en cuestiones políticas o morales?

Por supuesto que sí (vid. Rawls, A Theory of Justice, 1971, pp. 48 y ss.).

En caso del razonamiento político o moral es imprescindible conciliar múltiples principios a veces inconsistentes o rivales entre sí. Los ejemplos obvios son el de libertad frente al de igualdad; el de autonomía frente al paternalismo; el de propiedad privada frente al que reconoce bienes comunes, etcétera. Una vez que contamos con esos principios tratamos de inferir reglas a partir de ellos. Y acto seguido verificamos que esas reglas sean consistentes con el conjunto de principios que les sirvieron de punto de partida. Y si descubrimos que las reglas son consistentes con algunos principios e inconsistentes con otros (por ejemplo, si caemos en la cuenta de que la libertad de los lobos significa la muerte de los corderos, o que la autonomía de los niños lesiona la autoridad de los padres, o que la propiedad irrestricta daña el medio ambiente), nos damos a la tarea de ajustar el conjunto de los principios hasta armonizarlos todos. Y así. En un ir y venir de la reflexión entre los principios en los que creemos inicialmente y las reglas que inferimos. Como es obvio, nada de esto ocurre si las reglas inferidas de los principios se aprueban una por una sin nunca aprobar el conjunto. Ese es un método adecuado en literatura (Javier Marías ha confesado que cuando completa una página, nunca vuelve atrás, de manera que la escritura de sus novelas tiene la misma incertidumbre de la vida); pero algo así no es posible en cuestiones prácticas.

Sostener entonces que en el procedimiento constitucional se trata de que cada fuerza política deduzca reglas a partir de sus principios y luego simplemente se vote una por una para saber cuál de ellas alcanza dos tercios es erróneo. Y es erróneo porque siempre será inevitable buscar el equilibrio entre principios múltiples, incluso abrazados por la misma fuerza política. Y nada de esto es raro o sorpresivo. Cuando razonamos en cuestiones políticas o morales, no podemos pensar more geometrico, simplemente deduciendo consecuencias de principios que damos por buenos, sino que derivamos un conjunto de reglas o criterios a partir de un conjunto de principios y esperamos que el conjunto de reglas y criterios que hemos construido sea compatible, o esté en equilibrio, con los principios de los que partimos. Y cuando eso no ocurre procedemos a corregir el conjunto. Hay pues un ir y venir de la mirada entre los principios que abrazamos y las reglas que derivamos de ellos.

A eso se le llama “equilibrio reflexivo”. Y el ideal de un buen debate o diálogo constitucional debe esmerarse por alcanzarlo.

escrito por Carlos Peña para El Mercurio