Olvídense de una tregua, entierren el silencio. Las tres semanas que restan hasta las elecciones del 3 de noviembre en Estados Unidos serán de ruido e intensidad crecientes, una batalla política inédita en la que comienza a perfilarse una certeza: la lucha de Donald Trump y Joe Biden por la Casa Blanca es mucho más pareja de lo que se creía, una carrera que puede terminar en un cabeza a cabeza, antes que en una sólida e irremontable ventaja demócrata.

“Vivimos en un país en el que las mayorías ya no importan, importa la intensidad. La agenda la marca la voz más fuerte. Es un país de mediados del siglo XIX”, analizó John Zogby, uno de los encuestadores más reputados del país, que dice no “entender” cómo es que sus colegas llegan a darle ventajas de 10, 12 y hasta 16 puntos a Biden en sus encuestas.

El recuerdo de la elecciòn de 2016 que Hillary Clinton no podía perder y perdió sigue ahí. Es cierto que la ex secretaria de Estado sumó casi tres millones de votos más que Trump, pero el presidente de Estados Unidos se elige en el Colegio Electoral. Se necesita superar la barrera de los 270 electores, y de lo que se trata entonces es de ganar Estados, antes que de ganar en el porcentaje a nivel nacional. El 48 por ciento de Clinton contra el 45,9 de Trump no importó: los que valían eran los 306 votos del Colegio Electoral del republicano contra los 232 de la demócrata.

Cuatro años después, Trump dice que va a volver a ganar la presidencia, y tras analizar los números, Zogby apunta que el triunfo republicano no se debería descartar.

“Después del debate y la hospitalización tenemos una ventaja de dos puntos (de Biden sobre Trump), aunque CNN haya hablado de hasta 16 puntos de ventaja”, señaló el encuestador. “A los demócratas les digo que sean muy, pero muy cuidadosos con lo que creen”.

Zogby cree que el porcentaje de votantes demócratas está sobrerrepresentado y el de los republicanos subrepresentado a la hora de diseñar las encuestas. Ve a los simpatizantes de ambos partidos muy energizados y decididos a votar en un país en el que emitir sufragio no es obligatorio. Los cuatro años de Trump en la Casa Blanca tocaron la fibra sensible -a favor o en contra- de muchísimos estadounidenses, y se espera que vote el 65 por ciento de los habilitados, un porcentaje que no se alcanzaba desde 1908.

El pronóstico electoral de la web Politico.com no coincide en absoluto con el de Zogby, porque esta semana le dio un simbólico triunfo a Biden: según sus números, el demócrata tiene hoy ya los 270 votos necesarios.

“Además de una ventaja de dos dígitos a nivel nacional, Biden construyó una ventaja estable en los tres Estados de los Grandes Lagos que hicieron ganar a Trump en 2016: Michigan, Pennsylvania y Wisconsin. Nuestro último análisis de la carrera presidencial dice que Biden está adelante en suficientes Estados -incluyendo Wisconsin, que hemos cambiado de “abierto” a “claramente demócrata”- para asegurarse la presidencia”.

No pocos ven con escepticismo ese pronóstico. “Encuestar llamando a teléfonos móviles es diez veces más caro que hacerlo en forma automatizada a líneas fijas”, dijo a Infobae un ex integrante de gobiernos republicanos. Y Benjamin Zogby, hijo de John, añade: “¿Quién usa línea fija hoy?”.

Tras un caluroso y pegajoso sábado con manifestación trumpista en la Casa Blanca, Washington se cubrió de lluvia y silencio entre el domingo y el lunes. El New York Times mantuvo dos días consecutivos en el espacio más destacado de su web la profundísima investigación acerca de la evasión impositiva del presidente, pero el tema nunca logró instalarse en la conversación pública. Ni siquiera Biden le había dado la suficiente relevancia en el tormentoso debate de Cleveland.

No, la conversación pasa por otro lado. El tono mesiánico de Trump asegurando que se curó en cuestión de días tras infectarse con el COVID-19, la aparición de un medicamento (Regenerón) prometedor, el debate acerca de si el presidente está curado o no, acerca de si contagia o no. También fueron objeto de intensos debates la propuesta de Nancy Pelosi para enmendar la Constitución y eventualmente destituir a un presidente por cuestiones de salud, así como las críticas republicanas a la candidata demócrata a la a vicepresidencia Kamala Harris, “la más radical” de la historia y emblema de un supuesto desembarco en el “comunismo”.

¿El comunismo? Sí, lo dijo el propio presidente el sábado desde uno de los balcones de la Casa Blanca. Los republicanos han advertido históricamente acerca de los peligros del “socialismo”, pero esta vez Trump pensó que el término no le alcanzaba para descalificar las propuestas electorales demócratas: “Esto no es socialismo… va más lejos que eso… ¡¡sí, es comunismo!!”.

U.S. President Donald Trump throws a face mask from the stage during a campaign rally, his first since being treated for the coronavirus disease (COVID-19), at Orlando Sanford International Airport in Sanford, Florida, U.S., October 12, 2020. REUTERS/Jonathan ErnstU.S. President Donald Trump throws a face mask from the stage during a campaign rally, his first since being treated for the coronavirus disease (COVID-19), at Orlando Sanford International Airport in Sanford, Florida, U.S., October 12, 2020. REUTERS/Jonathan Ernst

Así, en las mismas horas en la que una “caravana anticomunista” surcaba Miami, la presentadora de Fox News Laura Ingraham se quejaba de que “la izquierda” del país cuestione la religión. Lo dijo a propósito de las críticas a Amy Coney Barret, la candidata nominada por Trump para ocupar el lugar de Ruh Bader Ginsburg, la ultraprogresista miembro del Tribunal Supremo que murió el mes pasado, pero también por lo sucedido en el Estado de Illinois.

Allí, un entrenador de fútbol americano, Kurt Beathard, dejó colgado en la puerta de su oficina un cartel: “Todas las vidas importan para nuestro señor y salvador Jesucristo”. Un “All lives matter” para cuestionar el “Black lives matter”. Y luego renunció a su puesto de entrenador asistente de los Redbirds, un equipo de fútbol americano universitario de la región.

Ingraham tomó el hecho y dejó un análisis sin medias tintas: “En toda toma de poder por parte de los socialistas, de los bolcheviques, una de las cosas que tienes que atacar es la fe”.

Surfeando ese ruido mediático permanente que aturde en la campaña, los candidatos afinan sus estrategias. En el tiempo que queda, Biden insistirá mucho en Estados como Ohio, Florida, Georgia y Texas, los cuatro ganados por Trump en 2016. El presidente, a su vez, volvió el lunes en la Florida a los actos multitudinarios y quiere recorrer el país y hablar en al menos un acto político por día. “Eso es suicida”, le dijo, preocupado por la salud de Trump, un integrante del comité de campaña a la web “Axios”. Horas después, Sean Conley, el médico presidencial, informaba que Trump dio negativo en varios tests y ya no contagia a nadie. Es, dice el presidente, inmune.

Un claro objetivo republicano en la recta final es el de los mayores de 65 años, un sector en el que Biden parece estar construyendo una ventaja de hasta 20 puntos. El próximo presidente de los Estados Unidos será el más veterano de la historia tras una campaña entre uno de 77 años (Biden) y otro de 74 (Trump). El presidente dedicará en los próximos días una batería de avisos y promesas para los “seniors”, muchos de ellos alarmados por su manejo de la crisis del coronavirus.

U.S. Democratic presidential candidate Joe Biden delivers remarks at a Voter Mobilization Event campaign stop at the Cincinnati Museum Center at Union Terminal in Cincinnati, Ohio, U.S., October 12, 2020. REUTERS/Tom BrennerU.S. Democratic presidential candidate Joe Biden delivers remarks at a Voter Mobilization Event campaign stop at the Cincinnati Museum Center at Union Terminal in Cincinnati, Ohio, U.S., October 12, 2020. REUTERS/Tom Brenner

Los cálculos y la segmentación por edades, sexo, niveles de ingreso y “raza” son permanentes en Estados Unidos, donde los “latinos” son una categoría diferente a la de los “blancos”. En su última edición, “Vanity Fair” se preguntó si Biden no debería preocuparse más por el voto latino en vez de creer que lo tiene garantizado. El título del artículo, una cita de un entrevistado, era claro: “Hay un partido que nos ignora, otro que nos da por hechos”.

Los insumos con que se elaboran las encuestas, así, se convierten en un misterio de dimensiones solo inferior a la incógnita por el resultado. Pero aquel ex integrante de administraciones republicanas deja una última frase que permite entender por qué es más probable un final abierto que una elección definida de antemano: “El que admite que vota a Trump se perjudica a nivel profesional y social. Mucha gente está mintiendo para no tener problemas”.

/Escrito por Sebastián Fest para Infobae

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