La estatua del general Baquedano fue nuevamente vandalizada y volvieron a arrasar con semáforos y luminarias. El verde del pasto que alcanzó a crecer en estos meses de confinamiento ya no existe y el olor a gases tóxicos reina, otra vez, por todas partes. Si los vecinos y trabajadores del sector alcanzaron a soñar con la posibilidad de retomar sus vidas y sus labores, esa ilusión se esfumó. Hoy quedan pocas dudas: la Plaza Italia no retornará a la normalidad por mucho tiempo y los alcaldes de la zona harían bien en no reponer infraestructura pública que será de nuevo destruida la próxima semana o el próximo mes.

Ya ni siquiera es un fenómeno destacado en los noticieros y muchos parecen observarlo con indiferencia. Si alguno de los que aplaudió en silencio durante el último año llega a elevar ahora alguna crítica no será porque le importe el inmobiliario, los habitantes o trabajadores del entorno, sino solo por sus eventuales efectos en el resultado del plebiscito. Su corazón siempre los ha acompañado. Imposible olvidar que la “primera línea” fue ovacionada de pie en el ex Congreso Nacional.

El drama de la Plaza Italia y de su gente terminará siendo un monumento a nosotros mismos, a nuestra indiferencia ante la angustia y el dolor ajenos, al desprecio por lo que hemos construido como sociedad. Un homenaje a la convicción de que nada ni nadie merece respeto o cuidado, y que lo único importante es poder hacer siempre lo que quiero. En realidad, es un privilegio que todos los viernes nos recuerden y confirmen que Chile cambió; y ser testigos de que este nuevo Chile ritualmente se transforma en una zona de guerra donde las víctimas son apenas un daño colateral.

En Europa, después de la Segunda Guerra Mundial, muchos lugares y edificios públicos no fueron reconstruidos. Se decidió dejarlos en ruinas para la posteridad, para no olvidar nunca lo que había ocurrido con ellos. Quizá no sea una mala idea: dejar la Plaza Italia y su entorno como un testimonio de nuestra voluntad de autodestrucción. Con la estatua del general Baquedano denigrada, con los semáforos y luminarias destruidos. Como un monumento a este tiempo, a lo que en esencia hemos decidido ser. Nada, nunca, reflejará mejor lo que fue el estallido social: la Plaza Italia vandalizada, su entorno convertido en una zona de sacrificio, con una sede universitaria y el Museo Violeta Parra consumidos por el fuego.

Así, dentro de muchos años, cuando las futuras generaciones pasen por ahí y pregunten por los motivos de esas ruinas, la gente podrá evocar este tiempo, mirarse para adentro y decirle a esos niños y jóvenes del mañana que un día estuvimos dispuestos a aplaudir, a justificar o guardar silencio frente a esa destrucción; que hubo un tiempo en que esa barbarie, ese dolor y esa indolencia merecieron el nombre de plaza de la dignidad.

 

/escrito por Max Colodro para La Tercera

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