Cuando comenzó la pandemia de COVID-19 cualquier persona que acudía al hospital insuficiencia respiratoria se convertía automáticamente en sospechosa de padecer la enfermedad, “y más si presentaba niveles plasmáticos elevados de dímero D. Sin embargo, la misma clínica puede corresponderse con un tromboembolismo pulmonar (TEP)”, concreta el equipo del intensivista Diego Franch-Llasat en el último número de Medicina Intensiva.

La causa podía ser el sedentarismo

Descartada la posibilidad de que estuvieran contagiados de coronavirus, “nos seguía llamando la atención que personas jóvenes, sólo por el hecho de estar recluidos en casa, sufrieran TEP graves”. Hasta en la mitad de los eventos tromboembólicos venosos, explican, puede no identificarse un factor causal. “El 50% restante están causados por factores clínicos o ambientales, transitorios o prolongados, que aditivamente inducen estados de estasis venosa, hipercoagulabilidad y daño endotelial. Los principales factores de riesgo incluyen la cirugía, la inmovilización y el cáncer. Otros factores asociados serían la obesidad, los antecedentes de eventos tromboembólicos venosos, las enfermedades inflamatorias y los factores genéticos”, añaden.

El estudio de factores genéticos no reveló alteraciones significativas en este caso, pero, tras analizar a los pacientes en profundidad, dedujeron que la TEP podía haber sido causada por una forzada vida sedentaria a causa del confinamiento decretado por el Gobierno el 14 de marzo: “Nos planteamos entonces si la inmovilidad secundaria al confinamiento podía justificar este pico de incidencia de TEP en nuestra UCI”.

En las pesquisas posteriores, tres de los cuatro pacientes confesaron haber estado sentados más de ocho horas al día de media en las últimas semanas, aunque ninguno dijo haber permanecido más de dos horas seguidas sin levantarse. “Estos tres pacientes presentaban al menos sobrepeso y uno de ellos tenía antecedentes de trombosis venosa profunda y una cirugía menor reciente. El otro paciente refería haber estado unas seis horas de media sentado al día y fue el único de los cuatro que presentó un estudio de coagulación anómalo que se tradujo en un anticuerpo lúpico positivo, causante de estados de hipercoagulabilidad”.

Estasis venosa

Para explicar este fenómeno, el Instituto de Investigación Médica de Nueva Zelanda, acuñó en 2003 el término ‘e-thrombosis’ en un artículo publicado en European Respiratory Journal después de que pocos años atrás se observara una mayor incidencia de TEP en pasajeros que habían realizado vuelos transoceánicos. Según explica el equipo de expertos de Tortosa, “la inmovilidad prolongada favorece la estasis venosa en las venas de las extremidades inferiores al disminuir el efecto compresor de la contracción muscular sobre las venas. También hay datos que sugieren un aumento de la hipercoagulabilidad y de disfunción endotelial. Estos trombos pueden desprenderse y desplazarse hasta impactar en el sistema venoso pulmonar provocando el TEP”.

Si a esa inmovilidad prolongada se le añaden otros factores de riesgo, como sobrepeso, antecedentes de enfermedad tromboembólica venosa y trombofilia, aumenta la probabilidad de TEP. No obstante, matizan que su conclusión es “una simple observación clínica, aunque creemos que plausible y no hablamos de causalidad sino de asociación”.

Para finalizar su exposición, los expertos recomiendan una vida más activa en caso de quedar sometidos a un nuevo confinamiento: “En caso de nuevo rebrote de la pandemia, deberemos estar atentos a esta posibilidad y los Servicios de Salud Pública deberán plantearse recomendar el ejercicio en casa. En un futuro y si el teletrabajo se asienta como opción laboral, deberemos tener presente esta grave enfermedad y su prevención”.

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