El día 11 de abril, y de seguir así las cosas, ocurriría algo simplemente inédito: cada ciudadano o ciudadana deberá elegir concejal, alcalde, gobernador y convencional, todo en ocho o diez horas de un día.

Es fácil imaginar al elector común y corriente con un manojo de papeles en la mano, la otra aferrando el lápiz y acomodándose al mismo tiempo la mascarilla para que, como aconsejan con majadería los médicos de matinal, cubra nariz y boca y no solo esta última, debiendo, no obstante, sacársela o levantarla cuidadosamente luego para humedecer el sello del voto o siquiera el índice y así poder extender el voto u hojearlo, y leer los nombres de los setenta o cien candidatos y candidatas entre los que, junto al género y a veces la etnia, además de las ideas, aunque afortunadamente estas no son muchas, deberá elegir, para lo cual, según había olvidado, debe ahora ponerse los anteojos, lo que solo podrá hacer si desocupa una de las manos y deja la ruma de papeles sobre la estrecha mesita de la estrecha caseta, y todo esto sabiendo que más allá de la cortina, que como las manos las tenía ocupadas debió correr con la cabeza, hay una fila de personas que, al igual que hace muchos años en los teléfonos públicos, miran hacia la caseta impacientes porque usted acabe pronto. ¿Podrá elegir en esas condiciones? Es probable que sí, pero antes deberá ubicar el nombre del candidato o candidata, aborigen o no, militante de partido o independiente, independiente-independiente o independiente acompañando a algún partido —porque ninguna de esas cosas es lo mismo— y verificar con cuidado que se trate de candidato o candidata, a concejal o alcalde, o gobernador o convencional, aborigen o no, porque no vaya a ocurrir que extravíe su voto eligiendo para gobernador o gobernadora a quien apenas tenía pensado para concejal o concejala, o que elija como convencional a quien creía apenas apto para gobernador o gobernadora o, creyendo que elige a su convencional, esté en realidad, mientras con la mano que liberó se acomodaba los anteojos sobre la nariz, leyendo la página de los alcaldes y alcaldesas, o que pensando que elige a un aborigen marque el nombre de un descendiente de inmigrante para peor de origen alemán o al revés, que queriendo elegir un inmigrante opte por un aimara. ¿Se aliviará algo todo esto si tiene el cuidado de mirar la franja? Sí, algo; pero hacerlo requiere, además de paciencia para oír lugares comunes, una cierta cualidad adivinatoria para captar el mensaje que algunos podrán decir en apenas el segundo que les corresponde, motivo por el cual solo alcanzarán, es probable, a pronunciar la primera sílaba ya no de la frase, sino apenas de la palabra que, en sus mejores sueños, imaginaban decir. Y todo esto descontando que, mientras espera en la fila del local electoral acompañado de otros miles que se atrevieron a ir, vigila a un lado y el otro desconfiado, procurando que la distancia física se mantenga, que nadie se le acerque demasiado, y sin olvidar la mascarilla, claro, única forma de evitar que la fiesta de la democracia —como sin duda y con la imaginación habitual se la llamará en las noticias de la tarde— se transforme en la desgracia de un nuevo contagio.

En esas condiciones, ¿tiene sentido aprobar el proyecto gubernamental que dispone la jornada de votación en dos días continuos, con el escrutinio al final del segundo?

Por supuesto que sí. Es lo más obvio y lo más sensato.

Aunque en estos días confusos quizá muchos consideren que lo obvio y lo sensato no tenga que ver con el contenido de lo que se propone, sino con la identidad de quien lo sugiere, si es el Gobierno o la oposición, o peor, con lo que según las redes provocará más aplausos o menos abucheos, y capaz entonces que las redes sociales ordenen a sus fieles súbditos, es decir, a diputados y senadores, rechazar el proyecto para así poder decir luego que la fiesta de la democracia se amagó por la incapacidad y la improvisación gubernamental.

/Escrito por Carlos Peña para El Mercurio

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