Un candidato es, ante todo, la política que viene a presentar. En el caso de Alejandro Guillier se trata de una política intelectualmente confusa.

Y ya se sabe. No hay nada peor en política que las confusiones intelectuales.

¿En qué consiste esa confusión?

La principal -hay otras- es la relación con los partidos.

Los partidos y la democracia están indisolublemente unidos. No hay democracia allí donde no hay partidos, es decir, agrupaciones que inspiradas en una idea o en un relato compiten por hacerse del poder del Estado. Sin partidos políticos, la vida en común queda entregada al entusiasmo fugaz de las asambleas, a la simple hipnosis de un liderazgo carismático, a la seducción transitoria de la mera popularidad. Es verdad que los partidos suelen cometer errores y que portan algunas patologías (si no que lo diga el PS); pero ninguna de ellas constituye una razón para aspirar a la utopía de una democracia sin partidos o a una donde los partidos deban hacer como que no existen.

Pero, aunque parezca increíble, justamente eso -partidos que deben hacer como que no existen y un candidato que simula no necesitarlos- es lo que al parecer cree, y lo que es más alarmante, parece creer en serio Alejandro Guillier. Si no, ¿cómo explicar que transpirara durante meses para ser proclamado por los partidos y que una vez ganado su apoyo declarara su decisión de distanciarse de ellos a pretexto de que la suya es una candidatura ciudadana?

“Nosotros -acaba de declarar este viernes- vamos a hacer una campaña independiente, ciudadana, los partidos nos ayudan, tenemos las puertas abiertas, pero la vamos a hacer los ciudadanos, con la ayuda de los partidos, pero no se la vamos a entregar así no más, porque si no caemos en lo mismo”. ¿Qué significa caer en lo mismo?

Desgraciadamente Guillier -con esa vaguedad que ya casi exaspera, con esa sencillez que tiene la irrefutable apariencia de la ignorancia- no ha explicado aún qué es eso mismo en lo que no habría que caer.

Si se refiere a la experiencia del gobierno de la Nueva Mayoría, esto subrayaría su confusión. Justamente, el gobierno de Bachelet, la suma de sus errores que podrían acabar entregando por segunda vez el gobierno a la derecha, deriva de lo mismo que ahora él querría repetir: del hecho que accedió al poder, y más tarde gobernó, concibiendo a los partidos como si no existieran, como si fueran simples máquinas que reúnen voluntades para la ejecución de un programa que la líder, es decir ella, habría contratado con la ciudadanía. ¿Acaso ya se olvidó de que Bachelet anunció su candidatura ocultando pudorosamente a los partidos, presa de la ilusión de que abrazaría directamente a la ciudadanía? ¿Acaso es deseable repetir la retórica de la ciudadanía para ocultar la ausencia de ideas y envolver los diagnósticos errados?

Eso mismo es, sin embargo, lo que ahora Alejandro Guillier, con la inexplicable pasividad de los partidos que lo apoyan, declara explícitamente estar dispuesto a hacer.

Y el problema es que persistir en este estilo de liderazgo y de candidatura arriesga el peligro -no vale la pena engañarse- de dañar a la democracia representativa, la única forma posible de democracia en las condiciones modernas. ¿O acaso alguien piensa que la retórica populista en la que Guillier insiste, consistente en distinguir entre la élite corrupta y lejana, de la que serían parte los partidos, y la ciudadanía limpia y sencilla, a la que los primeros habrían vuelto la espalda, pero él no, puede dar algún fruto que valga la pena?

Es de verdad increíble que la centroizquierda esté dispuesta a tolerar que se deteriore el lugar que cabe a los partidos en la democracia, mientras la derecha, que los maltrató durante el primer gobierno de Piñera, haya aprendido la lección.

Pero así están las cosas.

Ahí está la derecha apoyada en partidos.

Y ahí está la centroizquierda, en indigna actitud borreguil, aceptando que Guillier insinúe que puede haber Guillier sin partidos.

Olvidando que una política democrática sin partidos y un líder que crea que puede prescindir de ellos relacionándose directamente con la ciudadanía, o no entiende nada o está simplemente engatusando: o enarbola una utopía tonta o una fraudulenta.

Columna de Carlos Peña para El Mercurio

/gap