El primer capítulo de la serie “Chile secreto”, transmitido por Chilevisión el domingo último, constituye una nueva e indignante distorsión de la figura de Arturo Prat, como las de la obra teatral de Manuela Infante de 2002 o la serie televisiva “Héroes”, de 2009, pero en este caso orientada, además, a dañar la imagen de la Armada nacional.

Con la excusa de narrar episodios que supone ignorados de nuestra historia, el escritor Jorge Baradit destaca allí el interés del héroe naval por las prácticas espiritistas, la libertad electoral y la labor educacional, aspectos de su vida sobradamente abordados ya por diversos historiadores. Ello carecería de importancia si no lo aprovechara para intentar mostrarlo como disidente de la fe católica (a él que murió con el escapulario de la Virgen del Carmen en su pecho), progresista inspirado en Bilbao (en lugar de moderado liberal, como lo fue) e intelectual menospreciado por las autoridades de la Marina, y en especial por el almirante Williams Rebolledo (antigua y burda acusación que el historiador Gonzalo Vial desmiente documentadamente en su biografía “Arturo Prat”).

Sobre esto último, Vial detalla los elogios de su jefe desde su examen de guardiamarina, en la pág. 49; corrige a Encina sobre el infundado mote de “marino literato”, en la pág. 162, y recuerda, en las págs. 180 y 181, la confianza que Williams le manifiesta a Prat en su afectuosa despedida en Iquique, con un estilo poco habitual entre un almirante y su subordinado: “Por si no nos volvemos a ver, recuerde al amigo que lo distingue”. El héroe, por su parte, lejos de reprochar el encargo recibido, anticipa su decisión: “Si viene el ‘Huáscar’, lo abordo”.

 

En su trabajo, Baradit se contradice también con dos versiones sobre el hachazo en la cabeza de Prat (en la cubierta del “Huáscar” y en el puerto de Iquique) y omite el generoso gesto del español Eduardo Llanos al darle sepultura. Pero mucho más grave es que, burlando la ayuda de la Armada al facilitarle acceso y valiosa información en la réplica de la “Esmeralda” -que parece validar así la verdad de su cuento-, se permite no solo calificar políticamente a la institución, sino ligarla arbitraria y maliciosamente a la matanza de la escuela Santa María, ocurrida tres decenios más tarde, con el pretexto de que sus barcos transportaron al contingente comandado por el general Silva Renard, que luego intervino en esos hechos. Mencionando la presencia en ese viaje de quien fuera un cadete de la “Esmeralda”, llega a concluir que en Iquique vivió la Marina chilena dos hechos notables: un acontecimiento heroico, que todo el país admira, y una grave culpa, que él falsamente imputa.

 

Históricamente, la serie de Baradit, como sus libros, es liviana, equívoca y despreciable, pero, por desgracia, el masivo éxito editorial de su autor justifica una real preocupación por su funesta influencia en las nuevas generaciones y la esperanza de que auténticos historiadores intervengan para restablecer la verdad.

Carta al diario El Mercurio de Jaime Martínez Williams