Situada en el confín austral del planeta y con más de 4.000 kms de longitud entre el Polo Sur y los Campos de Hielo, Magallanes es la región más extensa de Chile y en la que convergen la Patagonia y la Tierra del Fuego, junto a gigantescos espacios marítimos y oceánicos, además de la vastedad de la Antártica Sudamericana. Si miramos esta extensa geografía apreciaremos que la pertenencia o reclamación de estos territorios a Chile exigen una doctrina política y geopolítica a gran escala y a largo plazo, necesaria no solo para responder eficazmente a múltiples amenazas (reclamos territoriales, competencia por el acceso a los recursos marinos y minerales, la proliferación de la pesca ilegal y la profundización del cambio ambiental), sino que para poner en valor esta extensa parte de Chile, atendida también su vital importancia para el planeta.

Conformada por cientos de islas, fiordos, cadenas montañasas, enormes planicies, y masas oceánicas y polares, Magallanes se levanta sobre un conjunto de piezas geográficas que, aunque distintas, están íntimamente conectadas, dando lugar a una sola y única continuidad geográfica y ambiental. Entender a Magallanes en esa condición no es fácil, al menos para el Estado central y sus élites, que con los años han terminado de perder la capacidad de comprender el valor político y material del Austro chileno.

Magallanes es singular, por su extensión, su diversidad y su biodiversidad, y también singular: no hay otra región que enfrente retos muy complejos y asociados a disputas latentes y pretensiones geopolíticas de países de todos los rincones del mundo. Queramos o no, lo entendamos o no, Magallanes está en el centro de una disputa de alcance global resultante de los reclamos de territorios submarinos realizados por Australia, Noruega y Argentina, el interés de Rusia y China de focalizar la cooperación en el acceso y la explotación de los recursos marinos, el enfrentamiento entre las potencias occidentales y China a propósito de que esta última se ha propuesto ser una potencia polar, entre tantos otros.

Es comprensible que la lógica electoral no permita proyectar políticas públicas de largo plazo, especialmente cuando cada 4 años hay elecciones presidenciales. Asimismo, es preocupante (y mucho) que aquellas políticas de largo alcance, como la política exterior, no estén sintonizadas con los atributos, potencialidades y riesgos que implican la cualidad internacional de los territorios más australes del país. Hasta ahora la política exterior ha gozado de una relativa inmunidad, en el entendido que ésta está inspirada en consideraciones y objetivos de largo plazo, y no en trampolines para carreras electorales que regularmente no prosperan. Ejemplos recientes indican que, desafortunadamente para el interés del país, la diplomacia chilena incursiona en errores que -por acumulación- comienzan a debilitar la soberanía nacional y reclamaciones sobre los territorios y recursos naturales del Austro chileno.

El giro territorialista que en 2020 impuso el ex Canciller Teodoro Ribera trajo esperanzas a la comunidad magallánica. Después de años de abandono, el Gobierno central tomó la decisión política de impugnar la legalidad del reclamo argentino sobre un espolón de 9.700 kms2 de suelo y subsuelo marino de nuestra Región. A las semanas dio otro paso con el despacho de un nuevo Estatuto Antártico, el cual, sin transgredir los compromisos asumidos por el país, fortaleció el imperio del derecho chileno en nuestra provincia Antártica. Dos buenas noticias que confirmaron un giro en la dirección correcta, que indicaban que Chile reasumía su vocación soberana austral.

Pero poco duró Teodoro Rivera, siendo el único de cuatro ministros de Relaciones Exteriores que ha habido en los últimos 6 años, que algo de preocupación demostró sobre el tema: quizás por eso fue reemplazado, por defender los límites y pretensiones nacionales, cosa que molesta al Presidente y a un séquito de asesores partidarios del globalismo exacerbado.

No dar importancia a nuestra soberanía nacional es una falta de respeto para todos quienes han luchado y ayudado a formar a este país y, a la larga, perjudicara el legado a nuestras futuras generaciones.

La reciente declaración presidencial Piñera-Fernández y las posteriores explicaciones de DIFROL solo confirman la orfandad de nuestras regiones extremas y, de paso, la liviandad con que se manejan los asuntos territoriales. Y es que en política internacional, los actos y declaraciones son relevantes, manifestando decisiones y perspectivas, creando derecho a partir de la costumbre y de lo que entiende cada Estado involucrado. ¡Que lejos de O´Higgins y la visión austral de nuestros fundadores! Lo que se juega Chile en la plataforma continental magallánico-antártica exige patriotismo, voluntad  y decisión política, no la liviandad y arrogancia del creer que siempre se tiene la razón para quedarse expectante como si nada pasara

Magallanes no puede seguir esperando que los gobiernos, el Estado y su diplomacia entiendan a cabalidad lo que significa esta gran unidad geográfica chilena, que se extiende a lo largo al sur del planeta: el riesgo de perder el control de sus recursos naturales es grave, y sus consecuencias serán históricas.

En el mismo plano, Magallanes necesita establecer lo antes posible la conectividad terrestre y marina constante, que permita abastecer suficientemente a Puerto Williams para convertir a esa localidad en un nuevo polo de desarrollo. Más de 40 años de historia tiene la construcción del camino que permitiría mejorar la conectividad entre Chile Continental, Tierra del Fuego y la Isla Navarino: la lentitud con que se ha enfrentado esta obra ejemplifica, una vez más,  el abandono, la desidia y la superficialidad con que gobiernos de todo signo siguen enfrentado los retos de inversiones de importancia geopolítica y geoestratégica en nuestra región. Más importante fue pavimentar casi 140 kms de camino que permite, a través de nuestra Tierra del Fuego, facilitar el tránsito de carga argentina hacia Ushuaia, que atender a las necesidades de nuestras compatriotas en el Canal Beagle. Incomprensible.

También debemos revisar las fallas de interpretación de la Ley Navarino, que impiden un flujo mayor de inversiones en nuestras territorios al sur del Estrecho de Magallanes: para eso necesitamos la misma voluntad política, que enseguida permita conectar digitalmente a Puerto Williams con nuestras bases antárticas, en especial con la Base O´Higgins situada sobre el continente, para que ésta sirva de hub digital hacia todas las bases chilenas y extranjeras instaladas en la Antártica Chilena.

Se avecinan tiempos intensos: Chile y Magallanes deben mirar con optimismo el futuro, y entender que tendremos la gran oportunidad de avanzar en el control constitucional de nuestros recursos naturales, como a su vez, con una postura fuerte y decidida, con declaraciones y actos concretos en materias internacionales.

Escrito para El Líbero por Christian Matheson, ex intendente, candidato a gobernador regional región de Magallanes y de la Antártica chilena.

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