Soñé que vivía en un país montañoso con valles, ríos y mar en que gente laboriosa trabajaba incansablemente hasta después que se ponía el sol; en faenas agrícolas, industriales, mineras, pesqueras, financieras, comercios, tecnologías de la información, etcétera. Los jóvenes asistían masivamente a colegios y universidades donde se instruían y desarrollaban relaciones sociales y de amistad.

Otro buen número de gentes estaban en industrias de la entretención; el país estaba plagado de lugares de diversión, restaurantes, cines, salas de música, campos deportivos, shows en vivo, donde los habitantes de este país llegaban con amigos y familiares una vez concluida su jornada de trabajo.

Un número aún mayor de personas se dirigía a sus casas en sus automóviles, bicicletas y otros medios de transporte, y allí se conectaban a internet, veían películas, se integraban a redes sociales donde compartían con amigos y conocidos, e incluso con terceros desconocidos, o veían televisión con sus familiares.

Toda esta actividad transcurría de manera relativamente tranquila, e hizo posible que este país progresara de manera muy evidente. Gentes de otros países empezaron a visitarlo, y muchos de ellos se quedaban acá por las oportunidades que se les ofrecían. Por supuesto que no estábamos exentos de problemas: había discusiones, robos, hacía frío en el invierno y calor en el verano; a veces el dinero no alcanzaba para comprar el bien que soñábamos, pero todo transcurría, a fin de cuentas, dentro de una relativa paz.

Pero había algunos, premunidos de potentes megáfonos, que criticaban a voz en cuello lo que otros hacían. Empezaron a encontrar defectos por doquier, se quejaban de los abusos, reclamaban porque algunas personas tenían más dinero o más bienes que otras, criticaban a los que obtenían ganancias de sus actividades; lucro le llamaron. Salían a las calles, interrumpían las actividades de los que trabajaban, rompían las cosas.

Los que criticaban empezaron a ocupar cada vez más posiciones de poder y a tener más tribuna. Convencieron a muchos de que se podían cambiar radicalmente las cosas. Finalmente, se hicieron del gobierno y pusieron en práctica un agresivo programa de reformas.

Y llegamos a la paradójica situación en que los que criticaban a los que hacían se vieron en la obligación de hacer. Lo primero que se les ocurrió fue ir a las bóvedas donde se atesoraban las reservas, y las vaciaron. Repartieron la plata entre sus amigos, crearon cada vez más puestos en el gobierno. Luego decidieron aumentar los impuestos a las empresas. El que más trabajaba y más producía era el más perjudicado, pues un tercio de su dinero se iba al gobierno.

El que nada hacía nada tenía que temer.

El resultado era previsible: cada vez se producía menos.

También intervinieron en las relaciones de trabajo. Dieron a unos pocos trabajadores el poder para paralizar las faenas productivas. Nuevamente ocurrió lo esperable: la producción se resintió.

Y se fueron quedando sin plata, y hubo cada vez menos puestos de trabajo. No pudieron darles más plata a los colegios y apenas unas pocas monedas para que más jóvenes estudiaran gratis en las universidades; de modo que lo único que quedó de su reforma educacional fue la restricción a la libertad de los padres para elegir el colegio de sus hijos y las dificultades de todo tipo que pusieron a los colegios privados para que sus alumnos no aprendieran más que los de los colegios públicos.

El ambiente empezó a deteriorarse, la gente estaba descontenta con el gobierno y sus reformas, que habían empobrecido al país, vaciado las arcas fiscales y creado cesantía.

El país enfrentó una nueva elección, y quienes habían gobernado no concitaban apoyo en la población. Pero entre ellos, los más jóvenes, los guaripolas de las manifestaciones, los campeones del megáfono, decidieron abandonar el barco y crear su propio partido. Y empezaron a prometer todo tipo de cosas: trenes rápidos, buenas pensiones para todos, educación gratis.

Y la gente no les creyó, y prefirió elegir a los que hacían cosas, no a los que los criticaban, para dirigir el país en adelante.

/Columna de Luis Larraín para El Mercurio

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