El hombre que camina vestido de traje por este camino rural es mi padre. Se dirige al pequeño local del anexo de su iglesia del cual es el encargado.
Hace más de diez años que ya no está entre nosotros. Iba en bicicleta a visitar a unos hermanos y sufrió un infarto masivo; un posterior accidente vascular lo tuvo postrado sin habla por seis años hasta su muerte.
Vivió siempre batallando por un cristianismo que tuvo diversos matices, luces y sombras que marcaron a la familia y la distribuyeron por distintos caminos. Combatió con artes indecibles la pobreza y se dispuso siempre al servicio cristiano. No siempre le fue bien pero tenía la rara virtud de encantar a quienes le conocían; quizá por eso siempre todos le concedimos el beneficio del cariño aún en los tiempos más difíciles.
Fue siempre severo en nuestra niñez y adolescencia. Pero con los años fue, como él decía, “doblando el asta” y dulcificando su trato. Debe ser porque los años tienen la gracia de irnos enseñando que las cosas no son como creíamos que eran. Y si somos sabios aprendemos la lección.
Es raro, pero a medida que pasa el tiempo mi cariño por él se va haciendo más actual, más sensible. Hubiera querido que se cuidara más y tener así la ocasión de hablar con él desde el terreno común de la experiencia, de la paz, del sosiego al que nos obliga el desgaste del cuerpo.
Me conmueve la imagen de esta fotografía que tomó mi hermano David y que me envió hace unas semanas. Hay una cierta solemnidad en su paso. Quisiera saber en qué va pensando. Desearía que fuera algo profundo, quizá en las palabras del mensaje que dentro de un rato iba a dar desde el modesto púlpito del local. Aunque es posible que solo estuviera un poco cansado de su continua lucha con los pocos pesos de la pensión mensual.
Cuando murió escribí un largo poema a su memoria que, al final, invocaba el deseo de volver a verlo alguna vez en el país de Nunca Jamás. De ahí, este fragmento:

Te veré allá.
Me acercaré casi sin que te des cuenta.
Te preguntaré cosas que hay en mí.
Porque por alguna razón creo que entonces nos entenderemos.
Entonces hablaremos cara a cara. Entonces nos explicaremos.
Sin palabras, en el misterioso y profundo lenguaje de los cielos.

(Este artículo ha sido escrito  por Benjamín Parra para CVCLAVOZ)

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