“Nunca dudes de que un pequeño grupo de ciudadanos comprometidos y pensantes pueden cambiar el mundo”, dijo Margaret Mead. Probablemente en ningún ejemplo histórico esta frase ha sido más real que en el caso de la revolución rusa cuyo centenario se celebra este año.

Mauricio Rojas ha publicado un extraordinario libro sobre este catastrófico episodio centrándose en la figura de su líder indiscutido: Lenin.

Lo interesante del libro de Rojas no es solo su descripción de las condiciones históricas y contingentes que dieron lugar a la revolución bolchevique, sino sobre todo el proceso psíquico que hace que un personaje como Lenin -un aristócrata de nobleza hereditaria- se convierta en un genocida.

Si usted quiere entender cómo es posible que los comunistas y socialistas de distinto tipo sigan justificando la dictadura cubana, la norcoreana y la venezolana, entre muchas otras, debiera leer el libro de Rojas. De su lectura es difícil dejar de concluir que Lenin y sus seguidores abrazaron la violencia y el crimen sistemático por una profunda distorsión psíquica que el mismo Rojas llama “bondad extrema”.

Se trata de la radical convicción de que la utopía bien vale las decenas de millones de muertos, la tortura, la aniquilación, las hambrunas y todo tipo de atrocidades, incluso en contra de quienes dice representar.

Tal vez esto llevaría a Revel, que en su pasado fue marxista al igual que Rojas, a decir que la ideología socialista era una enfermedad intelectual.

A pesar de las distancias, en un país en que un partido marxista-leninista integra el Gobierno, donde la Presidenta de la República se declara abierta admiradora de Castro y donde un nuevo referente chavista se alza con un potencial electoral no despreciable, entender a Lenin no es un asunto de mero interés histórico sino una necesidad actual. Sobre todo porque, como muestra Rojas, contrario a lo que suele pensarse, la revolución rusa que instaló el totalitarismo genocida más prolongado de la historia fue obra de una ínfima minoría.

Es escalofriante pensar que en 1904 los bolcheviques eran apenas 3.250 militantes en un país de aproximadamente 130 millones de habitantes. Fue esa minoría de personas fanáticas y comprometidas la que transformó un amplio reclamo por libertad, bienestar económico y democracia en una fuerza capaz de consolidar una tiranía mucho peor que la del régimen zarista.

Por eso Rojas habla de que en realidad la bolchevique no fue una revolución sino una revolución dentro de la revolución; es decir, una contrarrevolución. Y como tal terminó por cortarle la cabeza precisamente a aquellos que la habían iniciado.

Fundamental en esto es la tesis de Lenin, no muy distinta a la de Marx, según la cual son los intelectuales los únicos portadores de la verdadera conciencia revolucionaria.

En vista de que el proletariado era, según esta visión, incapaz de saber lo que le convenía y de entender su rol en la historia, este debía ser totalmente sometido por quienes sí eran capaces de ver ese destino histórico y de liderarlo.

He aquí una lección que no debemos olvidar. El socialismo, dijo Lenin, no es obra de las masas sino de élites intelectuales. “La conciencia socialista es algo introducido desde fuera”, escribió citando a Kautsky. La misma tesis expuso F.A. Hayek en su ensayo inmortal “Los intelectuales y el socialismo” alertando de que si se abandonaba el campo de las ideas a los socialistas las consecuencias serían devastadoras.

El resultado inevitable de este elitismo marxista-leninista se vio en Rusia de manera aterradora. La revolución supuestamente buscaría darles el poder a los soviets y a la clase obrera, pero cuando los bolcheviques se hicieron de ella desplazando a los moderados, obreros y proletarios pasaron a ser meros siervos de la nomenklatura, siendo brutalmente reprimidos.

Y es que, como en la visión marxista, el líder revolucionario es portador de la real conciencia revolucionaria y encarna el interés del pueblo, todo lo que se le resista, aunque provenga del mismo pueblo, debe ser eliminado.

Por eso las permanentes contradicciones de quienes han sido contagiados por esta ideología: hablar de derechos humanos mientras se apoyan dictaduras criminales; reclamar representar al pueblo mientras se le condena al hambre y a la miseria; hacer discursos sobre la igualdad mientras se vive como la peor de las élites, etc.

Todo eso es inherente a la psiquis totalitaria. A esa disonancia cognitiva, Orwell la llamó “doble pensar” en su famosa alegoría sobre el totalitarismo soviético. El doble pensar consiste en sostener dos cosas totalmente contradictorias simultáneamente, como, por ejemplo, hablar de democracia y derechos humanos y al mismo tiempo defender el modelo cubano o el venezolano.

Ese es el síndrome que hizo de Lenin un genocida dispuesto a justificar el terror, la masacre y el crimen en nombre de los mismos que caían asesinados y torturados por sus agentes.

De esa distorsión psíquica extraen su fuerza y determinación quienes están convencidos de que debe transformarse radicalmente el orden establecido para obligar al hombre a ser libre violentándolo si es necesario.

Y es también esa la fuerza que subestiman los hombres vulgares, quienes, movidos más por intereses que por ideas, creen ilusamente que mientras se encuentren del lado de la mayoría estarán a salvo de los delirios totalitarios de minorías mesiánicas.

Columna de Axel Kaiser para El Mercurio

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