ENERO RESULTÓ ser un mes muy ingrato para el gobierno de Michelle Bachelet. Inaugurada la temporada con el caso Caval, los periodos estivales se transformaron en un dolor de cabeza para el oficialismo. En esta ocasión fueron los graves incendios que afectan al país, cuya propagación y falta de control parecieran también ser responsabilidad de la actual administración, pese al extraordinario despliegue material y logístico que se ha llevado a cabo.

Y aunque se trata de un reproche severo, cuando no injusto en muchos casos, las encuestas vienen a reforzar eso que denominamos “memoria selectiva”, es decir, que no importando las veces que se actúe de manera correcta y eficiente, basta que por una sola vez sospechemos que el comportamiento de determinado agente se ajuste a la expectativa que tenemos de éste, para que inmediatamente se confirme nuestro prejuicio.

¿Es infundado dicho prejuicio? Tal vez no. Lo que con más fineza nos revelan los sondeos de opinión, es que respecto de este gobierno se han instalado tres imágenes.

La primera apunta al déficit profesional de los cuadros técnicos y políticos. De hecho, y muchas veces independiente de la posición ideológica de las personas consultadas, se consolidó la idea de que esta administración adolece de serios problemas de gestión, lo que la mayoría de las veces se asocia a la falta de idoneidad y calidad de los individuos que están accediendo a los principales cargos de responsabilidad. Dicho de otro modo, los ciudadanos manifiestan una profunda duda respecto de los agentes que están tomando las decisiones más relevantes, en el sentido de si saben exactamente lo que están haciendo y cuáles son sus consecuencias.

La segunda se refiere al diagnóstico inicial que motivó el proceso de transformaciones y reformas. Más allá de las legítimas demandas, especialmente expresadas con gran visibilidad en las calles, no se generó gran consenso social tras la idea de refundación que inspiró el relato oficialista. Más que terminar con la fiesta -reventando el generador o quemando el local, por ejemplo- las personas parecían más querer recibir una invitación a la misma, siendo parte de un proceso objetivamente virtuoso, el que sin embargo ha estado muy lejos de ser inclusivo y socialmente justo.

Por último, y muy relacionado con lo anterior, se verifica una lamentable paradoja. Mientras el primer gobierno de Bachelet se convirtió en un símbolo de la protección, el cuidado y la contención, pareciera que en relación a este segundo mandato muchos ciudadanos perciben exactamente lo contrario. Es decir, que este nuevo gobierno de Bachelet, y especialmente su proceso de reformas, se transformaron en una fuente de incertidumbre y amenazas para lo que muchas personas y sus familias con su esfuerzo habían construido hasta la fecha.

Y aunque todo lo anterior sea cierto, seguirá siendo injusta la fácil, pequeña y virulenta pulsión de responsabilizar a este gobierno por todos los males que nos aquejan.

Blog de Jorge Navarrete para el diario La Tercera

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