En Chile Vamos están descartando toda posibilidad de éxito para las actuales candidaturas de la Nueva Mayoría, por lo que quizás sospechan que Lagos pueda aparecer finalmente como un rival con aires de salvador. Por eso mismo, por ahora, mientras esa ficción no se haga realidad, apuntan sus cañones al Frente Amplio.

En una de las candidaturas, la de Evópoli, se afirma que están construyendo un proyecto para poder derrotarlo culturalmente. El enfoque es correcto. Es en esa dimensión, en la cultural, donde efectivamente se debe disputar a fondo con quienes sostienen que hay que reemplazar un sentido común -el cristiano- por otro -el emancipatorio-.

Pero si por cultura se entiende el cultivo de lo humano, de la dignidad de las personas, el proyecto de Evópoli no da la altura. El mismo candidato que acierta en el diagnóstico yerra en la solución cuando postula al individuo como un ser autónomo que debe elegir su proyecto de vida, sin más referencias que su propia libertad, mientras no vulnere la de los demás, afirma. Una mirada tan pobre de lo humano, una visión que solo valida los medios, pero de paso olvida los fines, no podrá derrotar la cosmovisión del Frente Amplio.

No podrá hacerlo, porque si en esa dimensión coinciden tanto los liberales de Evópoli como los gramscianos del Frente, si ambos postulan una antropología en que la autonomía es la dimensión absoluta de lo humano -sin referencia ni a obligaciones ni a responsabilidades-, serán mucho más eficaces los rupturistas auténticos -los Sánchez y los Mayol- que los liberales de centroderecha.

Por ejemplo, cuando en Evópoli se defiende el matrimonio igualitario -constructo verbal que solo significa contrato vital de dos personas del mismo sexo-, es evidente que esa fórmula no podrá derrotar ninguna proposición del Frente Amplio, porque siempre postulará más audaces y extremas fórmulas de convivencia entre los llamados géneros. Nunca Evópoli logrará empatar la fuerza emancipatoria, siempre irá a la rastra; no habrá victoria cultural alguna.

Paralelamente, el alcalde de Las Condes, promotor de la candidatura Piñera, mira al Frente Amplio como un peligro, cree que esa coalición puede proponer utopías y que con ese movimiento en el gobierno, Chile estaría retrocediendo.

Pero ¿qué es avanzar para Lavín? Que Chile, que está frenado, vuelva a moverse y rápido, sostiene. En ese sentido, afirma, a la gente le da lo mismo si el nuevo gobierno es de izquierda o de derecha.

¿Se puede con ese planteamiento derrotar al Frente Amplio? ¿Serían los índices “de movimiento rápido” suficientes para conjurar el peligro de las utopías de Sánchez y Mayol?

Si Lavín está pensando -y es casi seguro que así sea- en tasas de crecimiento del producto, en aumento del per cápita, en buenos números para la inflación y el desempleo, su planteamiento pasará a años luz de las necesidades más básicas de Chile y de los chilenos, que son otras. Sí, porque si el “movimiento rápido” no se enfoca en la detención de los índices de drogadicción, en la reversión de la dramática tasa de hijos nacidos fuera del matrimonio, en el aumento de la natalidad, en la recuperación de los hábitos de trabajo, en el fortalecimiento de la educación preescolar, no hay posibilidad alguna de detener la marcha triunfal del Frente Amplio.

¿Por qué?

Porque ese nuevo proyecto, en palabras de Diamela Eltit, se propone copar “un espacio vacío, el necesario espacio para generar una emancipación que transcurra en esas zonas opacas en las que se cursa el sistema social”.

Si a ese espacio se concurre con casi los mismos criterios (Evópoli) o se lo abandona a su suerte (Lavín), la derrota cultural se consolidará.

Columna de Gonzalo Rojas para El Mercurio

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