“La política es el arte de lo posible. Es necesario realizar lo que se pueda sin retardarlo en espera de conseguir un ideal imposible. Avanzar siempre a la velocidad que permite el estado del camino, poco a poco, pero acercándonos al fin que perseguimos…”.
Se lo dijo el Presidente 23 (presidió entre 1910 y 1915) a su amigo y ministro Manuel Rivas Vicuña. En esas pocas frases expresó su filosofía política escéptica y/o realista -posiblemente sean la misma cosa- fruto de una inteligencia aguda y de un temperamento desapegado y quizás hasta algo perezoso. ¡Que no lo vinieran a molestar con leseras! Algunas de esas leseras eran problemas y a sus fastidiosos mensajeros les explicaba que los había de dos clases: los que se arreglan solos y los sin solución. De ahí su indolencia y su escaso gusto por los proyectos ambiciosos y el activismo frenético. No creía en eso. Estudiando su rostro, su expresión, tras un barniz de apacible bonhomía se percibe cierta reposada desesperación quizás fundada en un desdén monumental por la especie humana o al menos por la variedad parlamentaria que conoció en sus años políticamente activos. Todo eso no le impidió materializar una sustantiva obra, pero sin alardes ni ruido. Sobre todo el sánguche, iniciativa aun vigente. Se pregunta uno, pese a las enormes diferencias de circunstancias y de momento histórico, si no es Alejandro Guillier un nuevo avatar de dicho personaje.
“Killer instinct….”
Al menos en lo que toca al carácter podría haber alguna cercanía. Un colega que conoce bastante a Guillier comentaba lo siguiente: “Alejandro no tiene “killer instinct”…, les hace el quite a las peleas y en él tiende a vencer una inclinación a no molestarse en exceso. Ninguna de esas cualidades o incluso virtudes tiene mucho uso en política…”. Y concluyó: “No sería tan raro que en una de esas depusiera su candidatura para que lo dejen ir a dormir su siesta en paz”.
Tal vez -sólo tal vez- sea una exageración porque nadie actúa un papel sobre la sola base de su carácter. También están presentes el decorado, el libreto, la puesta en escena y el respetable público, todas las circunstancias y todos los pasos que a veces nos llevan a territorios muy lejanos y ajenos. La compañía buscada o impuesta, el aliciente o los obstáculos, los entusiasmos, las presiones y las alabanzas del prójimo hacen efecto. Mucho más si son multitud. Pero ¿quién acompaña ahora a Guillier? Antes de contestar eso sigamos con su temperamento.
El huaso ladino
Hay en Alejandro Guillier mucho del huaso ladino de las historias rurales de Mariano Latorre. Como aquellos, es bonachón, afectuoso y de tranco y enojo lento a menos que alguien estire la cuerda en exceso y le saque los choros del canasto. Socarrón, no trepida en deslizar reproches o críticas, a veces hasta ácidos sarcasmos, pero siempre envueltos en un tono de broma o comentario al paso espetado con aire casual y en el fondo bastante lejano, casi despectivo. Tampoco su fortaleza es la común, a base de blindajes; no es defensivo como la actual Presidenta, parapetada tras un círculo de íntimos, sino más bien flexible y hasta gelatinoso, lo cual lo hace mucho más resistente por la misma razón que una colcha a la que se apalea nunca se rompe, sino sólo se esponja.
Esa distancia despreocupada, a veces casi irresponsable, no implica desinterés o apatía. La política siempre le ha gustado mucho, pero sólo como a los ciudadanos de a pie nos gusta el vino, sin que eso nos convierta automáticamente en alcohólicos. En política, sin embargo, se requiere ser adicto; se necesita una ambición que supere todo otro rasgo de carácter y toda otra pasión; es precisa una obsesión enfermiza por el poder; es imprescindible creerse imprescindible; es básico suponer que algo importa, a fin de cuentas, más allá de la frontera establecida por nuestra piel, círculo familiar e intereses privados. Sin esos requisitos no siempre muy agradables se hace arduo entender cómo alguien podría resistir no sólo los ataques -eso es lo más fácil, sino además las incesantes presiones de los acólitos, el fuego amigo, la joda perpetua, las innumerables doñas Juanitas estirando la poruña, la chantería de tantos dirigentes medios y medios-bajos, en breve, la colosal e inevitable vulgaridad de todo el negocio.
Compañía
Y entretanto, ¿quién acompaña a Guillier? Hasta hace no mucho fungía como el próspero abanderado de una coalición algo azorada pero entera, la NM. Era quien, en unas primarias, sería ungido por ella. Para esos fines hasta se contó con camaradas dispuestos a derramar Preciosa Sangre Socialista dando cuchilladas desde detrás de una cortina de secretismo. Todo fuera por los votos adivinados en las encuestas. Perdónalos Señor porque no supieron lo que hacían: en dos semanas el panorama cambió del Cielo a la Tierra. No hay, con la virtual salida de la decé y el desánimo, descontrol e incoherencia de las colectividades restantes una NM digna de ese nombre, si acaso alguna vez la hubo; hay, ahora, una suma de partidos juntando firmas, colectividades sin siquiera la sombra de una épica, sin nada más que el majadero y vacío llamado “hay que derrotar a la derecha”. Guillier ya no es entonces el abanderado de una causa gloriosa, sino sólo el útil candidato y “compañero de ruta” de quienes por ahora necesitan andar juntos para mantenerse en el poder. Si cuando la NM todavía significaba algo aunque fuera sólo en la fantasía y ya campaban por sus respetos el desorden, confusión, vaguedad e incoherencia, como lo demuestra la tramitación de CADA proyecto salido del programa que algunos -quizás con mejor gusto literario que el resto- no habían siquiera hojeado, ¿qué puede esperarse hoy? ¿Qué puede salir de unitario de tal arrejuntado de desilusionados? ¿Qué puede salir de quienes, tarde o temprano, por sumar unos cuantos votos aceptarán incluso a ME-O y su banda? A esa chimuchina de asustados y oportunistas la retórica políticamente correcta la denomina “la riqueza de la diversidad”, pero del mismo modo surrealista podría hablar quien, saliendo del casino con los bolsillos pelados, arguyera que acababa de ganar los beneficios de la austeridad evangélica.
Nada de eso ha favorecido a Guillier, menos aun la galopante irrupción de Beatriz Sánchez, desde cuyo sector sueñan ya con una probable llegada placé en primera vuelta y derecho a ticket para lo que la siutiquería actual llama “balotaje”. Tampoco lo favorece su vaguedad conceptual en varias materias, condición que NO nace, como algunos creen, de carecer de conocimientos y expertise -¿qué expertise tienen, de todos modos, los actuales políticos de fila?- sino de que simplemente no puede darse el lujo de ser claro y preciso. La claridad lo perdería. Ser claro en algo significa discriminar qué se quiere y qué no, lo cual entraña acercarse a unos a costa de alejarse de otros. Pero no por serle necesaria le es conveniente. En la misma medida que la política se hace más confusa también se hace más necesitada de claridades, pero en la misma medida que se las necesita y se las pide se las rechaza si no coinciden con las dos o tres ideas mascotas de cada grupo que crea dicha confusión. De esa contradicción insubsanable nace el zigzagueo de Guillier.
De regreso a Barros Luco…
¿Cuánto, entonces, hay de Luco en Guillier? ¿Es, tras su retórica, también un incurable escéptico dado a “acercarse poco a poco”? Pero tal vez eso sólo Barros Luco podía hacerlo. El parlamentarismo se tradujo en un descabezamiento ministerial tras otro, pero había una certeza, la del parlamentarismo mismo, juego político duro pero de una sola clase, no de dos. Hoy el escenario es más complejo y Guillier bien podría irse a un extremo o en subsidio ir a siestear a su casa. No puede descartarse nada. ¿No cayó Isabel Allende, no cayó Lagos, no surgió Goic, no aparece ME-O, no vocifera Ossandón, no irrumpe Beatriz? No hay candidatos de bronce ni votantes de hierro. Guillier, por sus palabras significando todo y nada y por sus acciones, que implican nada y todo, es todavía un enigma.

/Columna de Fernando Villegas para el diario La Tercera

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