Al terminar el discurso inaugural del nuevo Presidente de los Estados Unidos, quedé estupefacto y en profundo silencio. Tanto, que después de un buen rato pensé que me lo estaba tomando muy en serio y me preparé para asistir a la misa que el jesuita Fernando Montes oficiaba ese día.

Cual sería mi sorpresa cuando el sacerdote inicia su sermón con “America First”. Sí, la misma consigna con que Donald Trump había comenzado su discurso. Fue brutal el cómo nos muestra, a la luz del Evangelio, lo errado que está el norteamericano.Me sirvió mucho para darme cuenta de que mi silencio era compartido por muchos.

Al poco andar, de vuelta a casa y revisando mis e-mails, me encuentro con el de un amigo que escribía desde Estados Unidos, diciendo: “He pensado mucho sobre lo que dijo el Presidente Trump. Quedé helado. He pensado mucho sobre el simbolismo, sobre la cortesía, sobre el tono, sobre la política y sobre la democracia”. “He pensado en mi país”, me decía, “en donde estamos y cómo hemos llegado aquí. Y he pensado mucho para dónde vamos”.

Vuelvo a quedar en silencio y me convenzo de que no soy el único, pues parece que son miles, millones, los que están perplejos, incluyendo al Papa Francisco, que lo dejó claro en su conferencia de prensa minutos después del discurso de Trump.

Me aterra escuchar a compatriotas que aprueban y aplauden al nuevo líder del mundo libre con un discurso egocentrista y de carácter neonazi. No quiero ni pensar lo que sería capaz de hacer Trump con el “juguete” que los Presidentes de EE.UU. poseen en lo que a dispositivos nucleares se refiere.

Quienes hemos vivido en ese país y conocemos a su gente, a sus familias, a sus trabajadores y ejecutivos, tenemos la confianza de que habrá una autorregulación. Las instituciones de este maravilloso pueblo federado funcionan oportunamente y de verdad. Tengo la esperanza y convicción de que Trump no podrá gobernar a su antojo como un rey, puesto que en el mundo van quedando muy pocos reyes y en el futuro tendremos solo a los de España, Inglaterra y los cuatro del naipe.

El mundo no quiere ni desea nuevos reyes, y a los pocos que quedan no se les permiten tonos estridentes, descorteses ni de malos modales. El mundo requiere de liderazgos fuertes que nos conduzcan a eliminar las divisiones y nos hagan sentir dueños de nuestra tierra, enclavada en un planeta de todos, cuidando el lenguaje, los modales y cada una de nuestras palabras. El mundo quiere hombres y mujeres para los demás.

Columna de Pedro Pablo Díaz, ex embajador de Chile en EEUU, para El Líbero

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