François Mitterrand (uno de los políticos con mayor conciencia de la escena histórica) dijo alguna vez, “júzguenme por los resultados”. Al revés, la Presidenta Bachelet (una de las políticas, por decirlo así, con mayor sentido de la cotidianidad) pidió ayer que se la juzgara no por el resultado, sino por el horizonte histórico que su gestión había abierto.

¿Cómo se explica que una política más bien lejana a los vapores de la historia haya terminado apelando a ella?

Hegel, en su filosofía de la historia, se pregunta qué puede justificar los tropiezos, los fracasos y las ruinas que se ven cuando se mira hacia atrás. Y se responde que ello queda justificado porque en el futuro, esos fracasos y esos tropiezos se revelarán como el camino que debió seguirse para que el Espíritu alcanzara su plenitud y se reconciliara consigo mismo. El futuro, en suma, era la justificación de las torpezas del presente.

Es poco probable que la Presidenta sea lectora de Hegel; pero no cabe duda que su discurso repitió el mismo argumento. Las cosas no han estado del todo bien, dijo; pero el horizonte histórico se ha modificado, de manera que alguna vez, cuando se mire hacia atrás, lo que hoy parece tropiezo se revelará como un salto. Si me juzgan por los resultados, insinuó Bachelet, puede haber motivos para la duda; pero si se atiende al gran teatro de la historia, todo es mejor, y cuando seamos capaces de verlo ninguna duda quedará en pie. Hacia el final, de nuevo brotó la referencia a la historia.

El escribidor del discurso, luego de enumerar logros, proyectos y medidas, guió a Bachelet hacia una figura que recordó vagamente el discurso de la Marcha de la Patria Joven (“La bandera de O’Higgins. La bandera de Aguirre Cerda… no ha sido el empeño de uno. La historia que hemos puesto en movimiento…”). De nuevo la idea de que el futuro, ese vapor, podría curar las torpezas del presente.

Esta invitación a leer el presente desde un futuro que se ensancha puede explicarse, sin duda, como una forma retórica y levemente elusiva de reconocer errores y torpezas, envolviéndolos en el consuelo del largo plazo; pero también, y quizá esto sea lo más significativo, puede ser vista como un síntoma del tipo de política que comienza a extenderse en la esfera pública chilena y de la que este discurso puede ser el puntapié inicial: la política como escatología.

La escatología es esa parte de la teología que invita a leer el presente desde el supuesto destino trascendente del ser humano. La política concebida como escatología invita a imaginar la acción gubernamental y a juzgar su desempeño, a la luz de un futuro imaginado que le sirve a la vez de inspiración y de coartada.

El discurso de la Presidenta pertenece a ese género.

Y de alguna forma, él conecta con un cierto estilo cultural que, poco a poco, se está expandiendo en la política chilena.

Ese estilo consiste en concebir la política como una tarea de transformación inspirada no en los objetivos modestos e incrementales de la política decidida a dar un paso cada vez, midiendo las consecuencias y atenta a retroceder cuando sea necesario, sino en la narración global de un futuro que se espera y por referencia al cual se mide la acción del día a día, y para cuyo logro ningún precio parece demasiado alto, ningún entusiasmo poco y (como se vio en la cuenta) ningún aplauso suficiente.

Y es que quizá la mayor transformación cultural que se ha experimentado durante el gobierno de Bachelet no sea la lucha contra el fantasma neoliberal y a favor del Estado, sino contra la política concebida como transformación del presente, y a favor de la política concebida como la transformación del futuro. Y esto (cuyo principal exponente es el Frente Amplio, con el que la Presidenta, como se ve, tiene más parentesco que el que ambos están dispuestos a reconocer) no es solo un cambio de temporalidad de la política o el reverdecer de la adolescencia, sino una transformación mayor, porque François Mitterrand (uno de los políticos con mayor conciencia de la escena histórica) dijo alguna vez, “júzguenme por los resultados”. Al revés, la Presidenta Bachelet (una de las políticas, por decirlo así, con mayor sentido de la cotidianidad) pidió ayer que se la juzgara no por el resultado, sino por el horizonte histórico que su gestión había abierto.

¿Cómo se explica que una política más bien lejana a los vapores de la historia haya terminado apelando a ella?

Hegel, en su filosofía de la historia, se pregunta qué puede justificar los tropiezos, los fracasos y las ruinas que se ven cuando se mira hacia atrás. Y se responde que ello queda justificado porque en el futuro, esos fracasos y esos tropiezos se revelarán como el camino que debió seguirse para que el Espíritu alcanzara su plenitud y se reconciliara consigo mismo. El futuro, en suma, era la justificación de las torpezas del presente.

Es poco probable que la Presidenta sea lectora de Hegel; pero no cabe duda que su discurso repitió el mismo argumento. Las cosas no han estado del todo bien, dijo; pero el horizonte histórico se ha modificado, de manera que alguna vez, cuando se mire hacia atrás, lo que hoy parece tropiezo se revelará como un salto. Si me juzgan por los resultados, insinuó Bachelet, puede haber motivos para la duda; pero si se atiende al gran teatro de la historia, todo es mejor, y cuando seamos capaces de verlo ninguna duda quedará en pie. Hacia el final, de nuevo brotó la referencia a la historia.

El escribidor del discurso, luego de enumerar logros, proyectos y medidas, guió a Bachelet hacia una figura que recordó vagamente el discurso de la Marcha de la Patria Joven (“La bandera de O’Higgins. La bandera de Aguirre Cerda… no ha sido el empeño de uno. La historia que hemos puesto en movimiento…”). De nuevo la idea de que el futuro, ese vapor, podría curar las torpezas del presente.

Esta invitación a leer el presente desde un futuro que se ensancha puede explicarse, sin duda, como una forma retórica y levemente elusiva de reconocer errores y torpezas, envolviéndolos en el consuelo del largo plazo; pero también, y quizá esto sea lo más significativo, puede ser vista como un síntoma del tipo de política que comienza a extenderse en la esfera pública chilena y de la que este discurso puede ser el puntapié inicial: la política como escatología.

La escatología es esa parte de la teología que invita a leer el presente desde el supuesto destino trascendente del ser humano. La política concebida como escatología invita a imaginar la acción gubernamental y a juzgar su desempeño, a la luz de un futuro imaginado que le sirve a la vez de inspiración y de coartada.

El discurso de la Presidenta pertenece a ese género.

Y de alguna forma, él conecta con un cierto estilo cultural que, poco a poco, se está expandiendo en la política chilena.

Ese estilo consiste en concebir la política como una tarea de transformación inspirada no en los objetivos modestos e incrementales de la política decidida a dar un paso cada vez, midiendo las consecuencias y atenta a retroceder cuando sea necesario, sino en la narración global de un futuro que se espera y por referencia al cual se mide la acción del día a día, y para cuyo logro ningún precio parece demasiado alto, ningún entusiasmo poco y (como se vio en la cuenta) ningún aplauso suficiente.

Y es que quizá la mayor transformación cultural que se ha experimentado durante el gobierno de Bachelet no sea la lucha contra el fantasma neoliberal y a favor del Estado, sino contra la política concebida como transformación del presente, y a favor de la política concebida como la transformación del futuro. Y esto (cuyo principal exponente es el Frente Amplio, con el que la Presidenta, como se ve, tiene más parentesco que el que ambos están dispuestos a reconocer) no es solo un cambio de temporalidad de la política o el reverdecer de la adolescencia, sino una transformación mayor, porque invita a algo peligroso: a medir los logros del quehacer gubernamental comparándolos no con el hoy, sino con el rostro sin facciones del futuro, una tierra que todos habitan, pero en la que nunca nadie ha estado todavía.

Hasta que a alguien se le ocurra preguntar, ¿hoy día es mañana?

Blog de Carlos Peña para El Mercurio

/gap