La grandeza del Real Madrid no consiste, como creen los madridistas, en imponerse a todos sus rivales, sino en vencerse primero a sí mismo. Nadie duda ya de que Cardiff instala la hegemonía blanca en el fútbol mundial. Pero si el ciclo de Di Stéfano tiranizó Europa sin fisuras, esta moderna hegemonía en color admite la zozobra y el improperio en propia meta. Quizá el Madrid sea lo suficientemente ancho como para contener la negación de sí mismo, porque gana a menudo poco segundos después de que los madridistas lo hayan desahuciado. Así fue en Lisboa, así en Milán y así en Cardiff hasta que Cristiano marcó el segundo.

Olía el estadio a hierba fresca, que es el napalm del Madrid. Empezó la final cómo empiezan todas, tímidas, indecisas, huyendo del sí como niñas recatadas. Dybala se movía grácil con sus calcetines a media asta, y la afición turinesa disponía de un fondo más amplio -y un madridismo más pipero- para hacerse oír. A la final le faltaba guionista. Tenía que ser Cristiano. Pero la tijera de Mandzukic desató el thriller. Rajoy, que ve estos partidos incorporado -suspense que en el escaño no es capaz de provocarle la oposición-, se atusó la barba, mientras Cifuentes comentaba la amarilla a Ramos, que venía a ser como el precio de la alegría. Al descanso ni siquiera la lucidez balcánica de Mijatovic se atrevía a profetizar un final feliz.

Pero la Juve no supo jugar la segunda mitad. No supo, como pidió Allegri, hurgar diabólicamente en las grietas psicológicas del campeón. De sus propias dudas saca el Madrid el estiércol que abona el baobab de su fortaleza. Primero fue un disparo lejano de Casemiro, que batió con fortuna a Buffon, negándole esa justicia redistributiva en que algunos pretenden convertir el imperio liberal de la pelota. Por eso el Balón de Oro será de Ronaldo, porque sacó su segundo gol del fondo ancestral de su hambre caníbal. Viendo rematar a Cristiano no se entiende que en las corridas portuguesas prohiban la muerte del toro. Zidane movió el banquillo con su sabiduría zen y Asensio hizo el cuarto para abrochar la costura de un tapiz tramposo: por delante enseña una goleada fácil; por detrás se esconden los feos nudos del sufrimiento. Haría bien el madridista en mirar las apoteósicas victorias de su equipo por este envés.

Hasta hubo una guerra por un récord. Hoy impera una paz blanquísima. Que nadie olvide su coste. Que nadie se acostumbre a lo extraordinario.

/Jorge Bustos para El Mundo de España

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