La encuesta CEP suele llamar la atención por los datos electorales que alimentan el interés de los medios (aunque en esta ocasión no hubo mayores sorpresas). Pero en ella hay también otros datos, menos inmediatos, a los que hay que prestar atención.

Es el caso de las actitudes que las personas muestran hacia lo que podrían llamarse temas de la agenda liberal.

La última encuesta reveló, por ejemplo, que solo un 27% de las personas son partidarias de prohibir el acto de abortar, en tanto un 70% se manifiesta de acuerdo con permitirlo (sea en casos especiales o a todo evento) . Algo semejante ocurre con la eutanasia. De nuevo, solo un 27% es partidario de la prohibición, y casi un 70%, de permitirla (sea en casos calificados o entregando la decisión a la voluntad del sufriente).

Las cifras son sorprendentes para un país mayoritariamente católico en el que las autoridades de la Iglesia (para las que tanto el aborto como la eutanasia constituyen un crimen) todavía hacen ademanes, organizan lobbies y amenazan con las penas del infierno a quienes insinúen siquiera apartarse de su doctrina. Así y todo, una gran mayoría lo hace (y es probable que al mismo tiempo se persigne y vaya a misa).

Pero sería un error esgrimir esos datos -la mayoría abrumadora- como una razón a favor del aborto o de la eutanasia.

La adhesión de la mayor parte de la gente a un determinado punto de vista en cuestiones morales no transforma a este último en mejor, más racional o más correcto. El número de personas que adhieren a un enunciado, o que lo profieren, no es un rasgo que pueda esgrimirse a favor de su verdad.

Después de todo, si el número de personas que se manifiestan favorables a permitir el aborto o la eutanasia fuera una razón en su favor, también habría que aceptar que es mejor rechazar la adopción por parte de parejas gay, o incluso el matrimonio igualitario, puesto que en estos casos el número de personas que se muestra desfavorable es también mayoritario.

Así entonces, cualquier agenda liberal que incluya el aborto, la eutanasia, el matrimonio igualitario, o la adopción por parte de gays y lesbianas debe exhibir razones independientes de la mayoría, razones distintas al número de personas que adhieren a ese punto de vista. ¿Existen tales razones? ¿Hay alguna razón independiente de la simple mayoría para abogar por la permisión de abortar, la eutanasia y el matrimonio igualitario?

Por supuesto que sí.

Y la principal es que es valioso que las personas gestionen su vida con arreglo a su propio discernimiento, sin ser sometidas, contra su voluntad, a cargas extraordinarias o heroicas en favor de terceros.

La vida de cada uno como un guion que cada uno escribe. He aquí algo valioso.

Es decir, el principal argumento a favor de una agenda liberal es la autonomía del individuo; aunque las decisiones que él adopte vayan contra el interés o la opinión de la mayoría. Los liberales piensan que en casos como el aborto, la eutanasia o el matrimonio de parejas gay, el Estado debe favorecer que sean los individuos quienes decidan y que nadie (menos la mayoría) lo haga por ellos. Y creen eso no porque piensen que no existe la corrección moral o ética, sino porque piensan que la autonomía y la individualidad es buena, es una forma correcta de vivir.

¿Son estos tiempos favorables a esa agenda liberal?

Hay un conjunto de procesos sociales (la expansión del consumo, la individuación, la mayor escolaridad) que empujan, sin duda, a favor de la mayor autonomía personal; pero, al mismo tiempo, hay otros, particularmente de índole generacional, que no son favorables a ella. Entre los más jóvenes, en efecto (y también entre intelectuales ya no tan jóvenes), se aprecia un cierto apego casi fetichista a la voluntad de las mayorías y un anhelo de cohesión, como si la primera fuera el rasero por el cual habría que medirlo todo y como si el segundo fuera el abrigo final de la condición humana.

A ese apego y a ese anhelo se debe oponer la agenda liberal.

Y es que, cuando ella es genuina, aspira a que las personas sean inmunes a la mayoría y capaces de tomar sus propias decisiones (en todos los ámbitos de su vida, desde la sexualidad a la decisión de ir a clases) sin esperar a ver cuántas manos hay levantadas a su alrededor.

/Blog de Carlos Peña para El Mercurio

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