Hasta hace algunos años había un tipo de declaración recurrente que me parecía fascinante. Era casi un género en sí mismo. Usualmente se trataba de entrevistas concedidas por algún político “joven” -lo que en Chile quería decir cualquiera menor de 50- que buscaba capturar la simpatía de la opinión pública anunciando que desde la caída del Muro de Berlín, la vieja división política entre izquierda y derecha había perdido sentido. La sintaxis del discurso solía ser la misma: Unión Soviética, fracaso, muro, Berlín, libre mercado. Lo decían con el entusiasmo de quien volvía al pueblo luego de una travesía por el mundo y necesitaba contar lo que había visto allá afuera. Enseguida, reflexionaban sobre el derrumbe de las ideologías -un par de frases hechas- y rápidamente pasaba a los índices macroeconómicos.

Usualmente, quien concedía estas entrevistas era algún dirigente hombre de un partido de derecha, aunque él prefiriera que a ese sector se le denominara “centroderecha”. Lo que más me interesaba en este tipo de declaraciones era el ejercicio de voluntad que involucraban; el político era alguien que necesitaba convencer a otros sobre lo valioso de su propia identidad ideológica y lo hacía a través de la negación.

El mensaje consistía en decirle una y otra vez a la opinión pública que aquello que estaban viendo -un dirigente político conservador de pantalón caqui y camisa celeste hablando del mercado- en realidad no era tal cosa, sino otra. ¿Y por qué era diferente a aquello que todos creían estar contemplando? Simple: porque el mundo era distinto. Había que actualizarse. La realidad exhibía una pipa y el dirigente aseguraba que eso no era una pipa, argumentando que el problema de percepción no era suyo, sino de los otros que no conocían el nuevo alfabeto que él ya dominaba con destreza.

Lo que en psiquiatría podría corresponder a un trastorno de personalidad, en política era usado como una herramienta para capturar votos.

/Blog de Oscar Contardo para La Tercera

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