La Presidenta que entregó esta semana su cuenta pública es evidentemente otra Presidenta. No solo es diferente a la de la última cuenta de su primer gobierno, en 2009, sino también a la de la primera cuenta del segundo mandato, en 2014. En la de 2009 manifestó, entre otras cosas: “¡Qué orgullo provoca leer que la nuestra es de las economías mejor manejadas del mundo, como han afirmado recientemente los más prestigiosos diarios y revistas del extranjero!”. También dijo: “¡Qué orgullo recibir las felicitaciones de los líderes mundiales, que hablen de Chile, que alaben a Chile, que vengan a Chile, como ocurrió con motivo de grandes e ilustres visitas y también de la Cumbre Progresista!”. Y destacó: “Cómo no va a ser para mí un orgullo, si hoy día en Chile no hay nada más transparente que mi gobierno!”.

La mandataria de 2009 celebraba a Chile sin tapujos y estaba orgullosa del reconocimiento mundial que el país cosechaba. Esa Bachelet es diametralmente opuesta a la de 2014, cuando su gobierno dividió a los chilenos entre “los poderosos de siempre” y los explotados, se propuso arrancar de raíz el modelo neoliberal e imponer el igualitarismo. Pero esta semana, Bachelet apareció alejada, retóricamente al menos, de los partidarios de la retroexcavadora y la refundación, y asumió una actitud centrista y moderada, que enaltece la democracia sin apellidos, promueve el diálogo y el reencuentro nacional, y simpatiza con el capitalismo: “De lo que se trata es de que opere el mercado, pero que lo haga bien”.

Qué hizo cambiar a Bachelet entre 2009 y 2014, y posibilitó esta última versión, no tienen por qué explicarlo las cuentas nacionales, pero es llamativo. Bachelet se dirigió ahora a todo el país: “A los hombres y mujeres de mi patria, a los jóvenes, a los trabajadores, a los empresarios, a los artistas y a los deportistas”. Esta vez se cuidó de no excluir a nadie, y convocó a políticos y empresarios, “a los que tienen responsabilidades sociales o políticas, a escuchar las voces de Chile, a crear diálogo, a abrir los espíritus ante las nuevas demandas ciudadanas y las nuevas formas de expresión social”. Una metamorfosis notable: del orgullo 2009 por el aplauso mundial que recibía el modelo pasó en 2014 a identificar a los supuestos culpables de la desigualdad, y terminó aterrizando estos días en una propuesta que propugna diálogo, acuerdos, tolerancia, y valoriza la democracia representativa.

La actual Presidenta intenta debilitar al Frente Amplio basándose en la mesura y en sus realizaciones, trata de inspirar a la Nueva Mayoría y de inundar el centro que intenta construir Carolina Goic, un sector en el que Sebastián Piñera tiene puesto un pie firme. Es sintomático que, en su informe de despedida, Bachelet mencione a los gobiernos de Aguirre Cerda, Frei Montalva y Allende, y también al primero suyo, pero omita a Aylwin, Frei-Ruiz Tagle o Lagos, y a la Concertación, como si su segunda administración fuese solo una continuación de la primera, y esta fruto de generación espontánea. Así, Bachelet perjudica a la candidata de la DC, pues la vuelve políticamente inocua e innecesaria.

“Solo en democracia podemos poner la educación, la economía, los derechos y el desarrollo de los territorios al servicio de las personas, y hacerlo con diálogo, con respeto, con acuerdos”, enfatizó esta semana Bachelet. Agregó: “No es posible cerrarse a la globalización, ni se puede triunfar individualmente en un escenario global complejo y cambiante”. Y de pasada, sin detallar el tipo de empresa, afirmó que bajo su gobierno, con crecimiento promedio inferior al 2%, se crearon más empresas que bajo Piñera, cuando Chile creció sobre 5% anual. ¿Algún otro político de izquierda más pro empresarios que Bachelet en este junio?

Hay otras razones por las que la cuenta nacional 2017 llama la atención: habla del mejoramiento del Transantiago sin mencionar la evasión más alta del mundo; habla de la tensa situación en La Araucanía sin condenar la violencia ni el terrorismo; habla del vecindario continental sin mencionar a Bolivia, y habla del desprestigio de la política sin mencionar la opinión ciudadana sobre su círculo inmediato y su gobierno. También llama la atención que la cuenta celebre la famélica creación de puestos de trabajo, a pesar de “la desaceleración económica que nos ha tocado enfrentar”, frase que sirve para eludir cualquier responsabilidad de su gobierno en ella.

Sin embargo, para no espantar a la izquierda, Bachelet insufló también espíritu allendista en su última cuenta y trató, algo censurable, de infundir terror ante un eventual triunfo de la centroderecha. Sostuvo que este representaría un tormento para Chile, “porque hemos aprendido, dolorosamente, que los avances históricos pueden sufrir retrocesos y afectar las vidas y anhelos de las personas”. En tono dramático, aseveró que “podrán cambiar los gobiernos, pero no puede detenerse una historia impulsada por la fuerza de un país entero”.

En su cuenta 2017, Bachelet tocó todas sus teclas con el fin de motivar a la Nueva Mayoría y dotar al país de un legado rico en sueños, pero contradictorio en lo político, insatisfactorio en la gestión y mediocre en los resultados.

/Columna de Roberto Ampuero para El Mercurio

/gap