LAS ÚLTIMAS propuestas políticas en materia de aborto, vida en común y adopción van en la dirección de debilitar gravemente a la familia, siendo ésta lo más relevante en toda sociedad. La familia es su célula básica. Es lo primero y primordial en la sociedad, no sólo por la antelación cronológica en su desarrollo, ni por ser el lugar por excelencia para el amor, sino porque la familia es el tejido fundamental del cual se siguen y se nutren todos los restantes órganos del cuerpo social. En mayor o menor medida ella los prefigura. Por lo mismo, de que sea efectivamente aquello que es y cumpla el papel a que está llamada, o no, dependen muchas realidades positivas o negativas para las personas y la comunidad.

En la actualidad se debate abundantemente sobre la familia. Y con razón, pues no da lo mismo cómo se la entienda, menos todavía como se la viva. Y, por similar motivo, no resulta para nada neutral si se la promueve o no, y la forma en que se haga. Ante el evidente embate que enfrenta se esgrimen numerosos argumentos valiosos en su defensa, en particular de la denominada familia nuclear, es decir aquella constituida a partir del matrimonio entre un hombre y una mujer, y su descendencia. Estas líneas no buscan reiterarlos. Su propósito es, en cierto sentido, complementario: persiguen llamar la atención sobre algunas dimensiones de su impacto en el orden social. Parafraseando un viejo refrán, cabría decir “dime que familias tiene y te diré que sociedad puedes esperar”.

Los estudios realizados en diversas latitudes sobre la repercusión de los fenómenos de debilitamiento y desintegración de la familia, ponen en evidencia que estos inciden en la falta de adaptación social de los hijos, en la pérdida de la capacidad de confiar de sus miembros, en el temor de los hijos a adquirir compromisos, dificultades de rendimiento académico, problemas para relacionarse con la autoridad legítima y, en no pocas ocasiones, mayor propensión a conductas de riesgo personal y social, como son el alcoholismo, la drogadicción y la violencia irracional, ya sea de carácter individual o grupal.

Desde otro punto de vista, la familia parece ser insubstituible para las personas por el aporte que les reporta en aspectos tan significativos como: el saberse queridas incondicionalmente; el ser reconocidas como seres únicos e irreemplazables, al tiempo que parte esencial de una comunidad unida por lazos afectivos; el desarrollo de la interioridad y la intimidad; el aprender a responder con lealtad a la confianza recibida; el crecimiento en la responsabilidad; la valoración del esfuerzo; la consideración positiva de la armonía y la dedicación que ésta requiere; el sentido de la cooperación y del espíritu de servicio; el crecimiento en la obediencia, crucial para más tarde saber mandar; la noción de orden; la capacidad de iniciativa creativa para sorprender a los otros seres queridos, y más.

Si una sociedad aspira a ser el lugar propio para que sus miembros alcancen la máxima plenitud posible y la felicidad asociada, parece ser imprescindible que se ocupe activamente de sus familias, creando las condiciones necesarias para su sano desenvolvimiento. Extraña, por lo mismo, que las candidaturas presidenciales dediquen tan poca atención a ella en comparación a otras materias. Una deuda pendiente que es de esperar algún candidato sepa encarar con la profundidad y seriedad que merece y la urgencia que Chile necesita.

/Columna de Álvaro Pezoa para La Tercera

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