NADIE DUDA la importancia de Estados Unidos en el mundo. No se olvida qué fue para la reconstrucción de Europa y el fin de la Guerra Fría. Sin embargo, hoy la administración del Presidente Donald Trump pareciera hacer oídos sordos a todos los demás líderes de las democracias avanzadas. Solo le interesa satisfacer a la base más radicalizada dentro de Estados Unidos que lo apoyó para llegar a la presidencia el año pasado.

Su argumento es que debe poner primero a Estados Unidos. Trump cree que el comercio global y la interacción con el resto del planeta ha sido pagado con la cesantía de sus ciudadanos. Hay una supuesta culpa de los extranjeros por destruir la cultura norteamericana. Urgente sería recuperar el sueño americano, pero no cualquiera. Para el líder norteamericano es volver a los días de los Baby Boomers, esa generación nacida después de la Segunda Guerra Mundial y hasta la mitad de los años sesenta. Autos gigantes y consumos de gasolinas ilimitadas. Además, la paz social asegurada con ciudades homogéneas y un Estado en que las relaciones internacionales las llevaba una lejana Washington DC. Es decir, el resto del mundo era un asunto de las capitales, mientras que en la

América profunda se vivía en la ignorancia feliz.
Esa sociedad murió con la globalización, el avance tecnológico y también con un país que no supo adecuarse a la historia. Casi sin notarlo, Japón hizo mejores y más baratos autos. Los europeos, asiáticos y latinoamericanos llenaron las cátedras de las universidades desde donde las patentes y conocimientos comenzaron a expandirse de manera universal. Mientras tanto, esos mismos que sentían la seguridad de una sociedad que jamás cambiaría sufrieron las consecuencias. Esa es su base de apoyo. A ese grupo le da igual irse del Acuerdo de París sobre cambio climático, ser grosero con líderes internacionales, despreciar al alcalde Londres o menospreciar a la canciller alemana Angela Merkel. Sin embargo, es esa misma indiferencia la que puede hacer pagar los costos a esos mismos que hoy le apoyan.

El mundo ya no solo pasa por Estados Unidos, por más relevante que sea su democracia. El conocimiento lo tienen sus universidades, pero quienes llenan los postgrado raramente son locales. El libre comercio y su beneficio para millones de personas puede circular sin ellos. Por cierto, Washington es fundamental para la lucha contra el terrorismo o para la estabilidad mundial. Sin embargo, si decide salirse de la mesa de conversación global, finalmente el resto tendrá que operar sin su presencia. El futuro no pasa por el poder militar, porque con separación de poderse jamás será usado de manera indiscriminada. El mañana no pasa por vender sin comprar nada, porque finalmente no tendrá con quien comerciar. La autarquía de ayer es inviable. La paz de que cada país pasa por pagar los gastos comunes globales en orden de disfrutar sus beneficios. Por eso, tarde o temprano Estados Unidos volverá. Por ahora el Presidente Trump podrá creer que puede solo. Pronto su propio pueblo terminará exigiendo reabrirse al resto del planeta.

Blog de Soledad Alvear para el diario La Tercera

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