LA PROPUESTA del alcalde Felipe Alessandri, en orden a transferir la responsabilidad civil a los padres por los daños que cometan sus hijos en los colegios donde estudian, ha generado una interesante discusión. Si entiendo bien lo dicho por el edil de Santiago, la medida se justificaría a partir de la responsabilidad contractual que deriva del proceso de matrícula, donde los apoderados suscriben una serie de compromisos, los que también incluyen la responsabilidad por el comportamiento de sus pupilos.

Contrario a lo que uno pudo haber intuido, la reacción de los progenitores o personas a cargo de dichos estudiantes ha sido más bien positiva, aunque no estoy seguro si siempre por las razones correctas. Así por ejemplo, si lo que buscan en crear conciencia en sus hijos de que junto a los derechos que éstos reclaman, también deben hacerse cargo las obligaciones que les son correlativas, respetando y cuidando el patrimonio común y colectivo, me parece de que se trata de una justificación valiosa. Si por el contrario, se pensara que ésta es una forma de contener o reprimir el que los menores expresen sus ideas, evitando que se manifiesten o pierdan tantas clases, creo estamos en presencia de una defensa débil, cuando no confusa.

Lo que debe equilibrarse, me parece, es aquella ecuación que alienta y prepara a dichos adolescentes para el ejercicio de sus derechos civiles y políticos, lo que no debe confundirse con la laxitud o tolerancia hacia la violencia sobre las cosas o las personas. Habremos fracasado si presumimos que la única manera de evitar los desmanes es terminar con las manifestaciones; como también sería una derrota el pensar que una toma es sinónimo de destrucción de la propiedad ajena o común. El suponer intrínsecamente problemático el activismo estudiantil, es tan absurdo como felicitarse por el buen comportamiento de quienes manifiestan ningún interés por los problemas de su comunidad; sea ésta el país, un colegio o la familia.

Dicho lo anterior, lo deseable sería que los estudiantes mostraran mayores niveles de coherencia y consistencia con las propias causas que defienden, al nacer de ellos mismos -y no como consecuencia del costo que podría significar para sus padres- la responsabilidad para con ese espacio común que constituye la plataforma para el ejercicio de los derechos que tanto reivindican.

Y dicho desdén por lo colectivo, en jóvenes y otros no tanto, se manifiesta a través de acciones pero sobretodo en las omisiones. El viejo cuento de los infiltrados o de la prevalencia de una minoría violenta, es posible, en principal medida, porque no existen ningún reproche o control social por parte de la gran mayoría de los otros manifestantes. Expresan coraje para levantar su voz frente a sus profesores, la autoridad e incluso la policía -cuestión que aliento y celebro- pero sucumben al temor de enfrentar a los principales enemigos de sus causas: me refiero a aquellos que estigmatizan su movimiento y denigran sus propósitos.

/Blog de Jorge Navarrete para el diario La tercera

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