El Campus Oriente de la Universidad Católica fue mi hábitat universitario por casi un cuarto de siglo, desde mediados de 1971 hasta marzo de 1994.

Ahí se vivieron momentos de mediana tensión, durante los años de la presidencia Pinochet y de los comienzos de la nueva democracia.

Pero ahora hemos sabido -triste noticia- que en 1991 tuvo lugar en sus pasillos, en sus patios, en sus salas de clases, un acontecimiento singular. Según nos informa el ministro Carroza, Marcela Mardones, alumna de pedagogía general básica de la Universidad, seguía los pasos de Jaime Guzmán y los comunicaba a sus compañeros del Frente Manuel Rodríguez.

Nunca imaginé que un alumno de la Universidad pudiera colaborar tan directamente en un crimen. Era fácil hacerlo, en todo caso, porque los pasos de Guzmán eran rutinarios: del estacionamiento a la secretaría de la facultad, donde le entregaban su carpeta, y de ahí a clases, ida y vuelta. Todo muy repetido. Ni falta que hacía la informante: cualquiera podía darse cuenta.

Tampoco nunca imaginamos que un profesor pudiera ser asesinado en la puerta de la Universidad. En todo caso, era fácil perpetrar ese crimen: Jaime Guzmán no se escondía ni se sobreprotegía.

¿Qué sabemos hoy? Vaya lo que sabemos.

Que lo mató el Frente Manuel Rodríguez proveniente del Partido Comunista; que una alumna de la Facultad de Educación habría sido pieza clave para concretar el hecho; que varios de los inculpados escaparon de una prisión chilena; que hasta ahora no se ha logrado hacer justicia.

Poco tiempo atrás, durante el 2011, el asesinato de Jaime Guzmán cobró nueva relevancia dentro de la Universidad. Se intentó conmemorar los 20 años del crimen en el mismísimo Campus Oriente, pero unas pocas decenas de alumnos impidieron el acto. La violencia se mantenía vigente. Una mujer -todo un correlato de Marcela Mardones- sostenía una pancarta en que se leía: “Jaime, sacúdete en tu cripta”.

Y fue el año supuestamente dedicado a la gran movilización por la educación superior. Boric, Vallejo, Cariola y Jackson pasaban del anonimato a la farándula callejera, de unos pocos miles de votos en sus universidades, a las decenas de miles de fugaces adherentes en la Alameda.

Al Frente Manuel Rodríguez no vamos a pedirle que se pronuncie sobre las actuaciones de Marcela Mardones. Los asesinos de cinco escoltas del Presidente Pinochet no están para sutilezas; y nosotros ya estamos viejos para fantasías.

Pero a los dirigentes estudiantiles del 2011, a los diputados del 2017, sí que hay que encararlos con esta sencilla y respetuosa pregunta: señores, ¿qué les parece que una alumna universitaria de izquierda esté detenida por haber colaborado con el crimen de un parlamentario colega suyo? (Vallejo no se inmuta, obviamente: sigue sentada). ¿Van ustedes a decir algo? ¿Van a tener la mínima dignidad de condenar ese tipo de prácticas o deberemos echar a suertes si su silencio se debe a la complicidad o a la indiferencia?

Hablen, digan, declaren, porque han hecho uso y abuso de la palabra y ahora no pueden permanecer en silencio ante tamaña revelación.

También se espera la declaración de Clemente Pérez, el sensato presidente de FEUC de la época, de la Facultad de Educación de la Universidad (se ha hablado tanto de la responsabilidad institucional en la formación de los alumnos que obviamente no se debe eludir el punto si una estudiante ha podido estar involucrada en un magnicidio), de todas las instancias institucionales que se han pronunciado sobre el pasado.

Y a la FEUC de hoy, ¿qué pedirle?

Que encuentre el modo de hacerse presente en las instancias judiciales para buscar justicia en el caso de un profesor asesinado. Ni más, ni menos.

/Columna de Gonzalo Rojas para El Mercurio

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