Serlo, con recelo de los partidos, es una situación conocida en nuestra historia. La presidencia de Jorge Alessandri (1958-1964) es un caso emblemático y exitoso, pero se vio interrumpido.

Hijo de un político de fuste -Arturo Alessandri-, fue diputado con apoyo de liberales (1926-1928), pero dejó el cargo por considerarlo inútil, dada la dictadura de Carlos Ibáñez (1927-1931), quien además exilió a su padre y mortificó a su familia. Optó por abandonar la política y echó mano a su profesión (ingeniería) como administrador de empresas, acumulando galardones, al punto que encabezó la Sofofa y la CPC. Su prestigio y conocimiento político del país llegó a ser tal que el Presidente González Videla le ofreció el Ministerio de Hacienda (1947-1950), pero se retiró por desacuerdos con el mandatario y por resistir presiones partidistas para acoger proyectos y reajustar sueldos y salarios sin estar debidamente financiados. Esta vez renegó de los partidos por actuar solo persiguiendo intereses propios.

El Partido Liberal, en momentos electoralmente complejos, apeló a su renombre y le ofreció primero la senaduría por Santiago (1957) y, más tarde, la centroderecha, la presidencia (1958-1964). En ambos casos aceptó bajo condición de que se respetara su independencia, sin intromisión partidaria. Gobernó con un gabinete de profesionales sin militancia, de reconocida trayectoria administrativa, auspiciosamente hasta 1961, cuando la oposición logró mayoría en ambas cámaras, perdiendo el respaldo legislativo necesario y viéndose obligado a incorporar al ministerio a hombres de partido (radicales). Comenzó a padecer intromisiones que afectaron su buena gestión.

En nuestros días el candidato Guillier dice ser independiente, ajeno a la política tradicional. ¿En qué funda su autonomía?, ¿es verdadera?

Fue socialista en tiempos de universidad -estudió sociología y periodismo-, pero no continuó la militancia y se hizo conocido ejerciendo su segunda profesión, en radio y televisión. Llegó a ser la figura creíble del periodismo televisivo, promediando los años 90. Popularidad que ayudó a su elección senatorial por Antofagasta, como independiente, apoyado por los radicales. Comenzó a figurar en las encuestas como presidenciable y, desde entonces, ha remarcado la mentada independencia. Como los ciudadanos desconfían de los partidos, empezó a poner distancia, criticándolos.

Aseguró no estar desgastado y lejos de “prácticas cupulares” y que la Nueva Mayoría estaba preocupada de los “beneficios del poder”, para “alcanzar puestos y cargos familiares”, que no supieron “leer a la ciudadanía” y también por entender la política como “un fin en sí mismo”. Hasta se descolgó del Gobierno y reconoció no haber votado en las elecciones (Lagos y Bachelet I), porque no había “nadie interesante a quien apoyar”. Nunca se “planteó ser abanderado”, tampoco lo buscó y de pronto “se encontró” como candidato y miembros de partidos comenzaron a buscarlo: “una cantidad de personajes que nunca vi”.

Son frases contradictorias, porque ha buscado y necesita a los partidos ninguneados, hasta con guiños a ciertos DC. Y, a pesar de todo, los ninguneados lo esperaban. Formó el comando de campaña, con un comité operativo, otro político estratégico y el “comité político ejecutivo”, con presidentes de partidos, que -asegura- no están representando sus tiendas, no, no; están en calidad de amigos. Cercanos a Guillier dicen que la independencia está resguardada, mientras los jefes de partido no hallan cómo disimular la sonrisa. Es una mascarada.

Si la campaña comienza así, imagine el lector cómo sería el hipotético gobierno. ¿Y su gabinete? Los partidos de izquierda no entregan cheques en blanco tratándose de poder. Será la Nueva Mayoría recargada, con el agravante de que tendrá un “comité político ejecutivo”, idéntico organismo que formó la Unidad Popular -ver el programa- y llegó a cogobernar con el Presidente Allende.

/Columna de Álvaro Góngora para El diario El Mercurio

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