El ánimo influye mucho en la vida pública. Incluso en las personas más ideologizadas -y, por eso mismo, supuestamente frías y calculadoras frente a la realidad-, los altos y bajos de su clima interior las mueven o paralizan.

Cómo será el ánimo de los socialistas de todos los niveles -desde la Presidenta hasta el funcionario municipal más sencillo- después de comprobar la ineficiencia del aparato estatal ante cada una de las emergencias que les ha tocado enfrentar. ¡Y cómo será ese ánimo al recibir el reclamo y el rechazo generalizado de la población afectada… y de la otra, de la que sí se ha implicado en ayudar!

Son los mismos socialistas que vienen insistiendo desde hace tiempo en la necesidad de superar una concepción subsidiaria del Estado, para reemplazarla por una mirada solidaria (en realidad, lo llaman así, “Estado solidario”, simplemente para no utilizar abiertamente la expresión “Estado socialista”).

Qué autogolpe más duro deben experimentar en sus ánimos todos aquellos que comprueban que la solidaridad la ejercen otros con auténtica eficacia, mientras que ellos, sí, los que oficialmente se la adjudican al Estado como etiqueta para superar la subsidiariedad, fracasan una y otra vez.

Fracasan, porque las tareas del Estado son otras, no son las solidarias. Crear condiciones para que cada persona pueda desplegar al máximo sus capacidades y desarrollar su vida de acuerdo a un proyecto personal, familiar y social, no es voluntaria ni solidaria decisión estatal; es simplemente su propósito, su obligación primordial. Lo llamamos sencillamente bien común y no se necesita ninguna nueva rotulación, ninguna supuesta “solidaridad”, para exigirle al Estado que cumpla con su cometido.

Pero cuando el Estado se encuentra de hecho en manos de los socialistas, entonces se comprueba dramáticamente que la generalidad de sus funcionarios no ha trabajado para el bien común -sino para las dichosas reformas- y por eso no tienen la más mínima noción de cómo debe actuarse subsidiariamente frente a una emergencia.

Por eso, justamente porque su mentalidad es socializante, cuando llega la hora de respetar la subsidiariedad, quedan espantados al ver la eficacia de la acción mancomunada de las organizaciones sociales; y cuando llega el momento de intentar una supuesta solidaridad, también comprueban los socialistas su incapacidad para estar horizontalmente comprometidos con el que sufre: ellos siempre miran paternalmente, desde arriba, como iluminados, con afanes de control.

Mientras tanto, la auténtica subsidiariedad opera: se la percibe en la práctica cotidiana de un afán asociativo que se expresa en mil iniciativas -bomberos, comités de damnificados y de allegados, multigremiales, asociaciones juveniles y religiosas de construcción, universidades y colegios en terreno, etcétera-. Y son justamente esas iniciativas las que pueden desarrollar la auténtica solidaridad, y así lo han hecho y lo siguen haciendo, una vez más, ejemplarmente. Solo la subsidiariedad ha permitido el despliegue de la solidaridad, demostrando una vez más la profunda relación de ambos principios, de ambas realidades; una para la otra, y viceversa.

¿Se imagina lo que habría sido enfrentar la emergencia a la cubana, bajo dirección centralizada, con brigadas de “voluntarios”, con la planificación en manos de un funcionario socialista, sin la vitalidad creativa de los ciudadanos y de sus múltiples organizaciones?

Bueno, ese es justamente el modelo que está en la mente de quienes buscan reemplazar la subsidiariedad por un supuesto Estado solidario. Está en sus mentes, aunque en sus ánimos difícilmente subsista una idea así.

/Columna de Gonzalo Rojas para El Mercurio

/gap