La disputa Ossandón-Molina no es la única que se plantea en estos días sobre el sentido de la verdad. También nos interpela la afirmación de Teillier, el presidente del Partido Comunista, cuando sostiene que el asesinato de Jaime Guzmán, perpetrado por sus partidarios, fue un daño colateral.

En el primer caso, el conflicto es evidente: ¿quién dice la verdad, quién miente? En el segundo, el problema es más sutil, pero no menos relevante: ¿se puede decir cualquier cosa disfrazándola de verdad?

Al respecto, llevamos años oyendo dos afirmaciones que deben ser puestas en tela de juicio.

La primera: todo es relativo; cada uno tiene su verdad; nadie tiene derecho a imponer una verdad. La segunda: el lenguaje construye la verdad, las palabras son las que les dan sentido a las cosas, a la realidad.

Si ambas fueran ciertas, respecto de la primera, la disputa Ossandón-Molina carecería de todo valor. Daría lo mismo si las boletas fueron emitidas o si las inventó algún malulo con afanes electorales. Todo sería relativo, cada uno tendría su verdad. Ossandón estaría diciendo la verdad y a la vez mintiendo; Molina estaría engañando y, al mismo tiempo, mostrándonos la realidad.

Y en el caso Teillier, lo importante sería el modo de imaginar una frase chispeante para fijar la atención del ciudadano en los inventos verbales: a Guzmán no lo habrían asesinado; habría sido el efecto mariposa el que lo eliminó de este mundo.

Esto es muy serio. A una sociedad se le va la vida en el modo en que se relaciona con la verdad. Se le va la vida, porque si acepta la mentira -la de quien resulte culpable en la disputa Ossandón-Molina, la de Teillier-, una sociedad se niega a sí misma, se aniquila, entra en el mundo aquel de Michael Ende, en el del “crecimiento de la nada”.

Por eso, la tarea de quienes trabajan directamente con la verdad es tan importante. ¿Quiénes son?

En primer lugar, las universidades. Investigadores y profesores, esos miles de tipos que estamos bajo escrutinio de más de un millón de jóvenes que nos oyen y nos leen. Basta con un mentiroso en aula para que cursos completos pierdan la fe en la verdad y comuniquen la rebeldía a sus generaciones. Y así se han iniciado tantísimas protestas, inducidas desde el engaño.

A continuación, los líderes y pastores de todas las confesiones religiosas. Con un solo relativista en acción -pero revestido de autoridad clerical- es suficiente para que la verdad se transforme en duda y la duda se convierta en activismo insustancial, todo disfrazado de acción pastoral.

No es menos importante la tarea de los comunicadores. ¿Cuántas informaciones son veraces, cuántas son meramente especulativas y cuántas -qué penoso- son simples invenciones? Esa es la encuesta imposible, es la pregunta que nadie se atreve a hacer, porque quien se animase tendría que validar sus respuestas justamente ante los mismos medios.

Y a los políticos les cabe también su parte. Están todo el día hablando de la realidad y de los proyectos, es decir, de las dos dimensiones de la verdad: el ser y el deber ser. Si no encuentran en los universitarios, en los pastores y en los comunicadores un profundo compromiso con la verdad, nada puede esperarse de la adhesión de los políticos a ella. Los servidores públicos se las dan de conductores, pero en realidad son muy dependientes de aquellas otras dimensiones. Y si en los mundos universitario, religioso y periodístico no se respetase la verdad, qué injusto sería cargar todas las culpas sobre los políticos.

Un día cercano se sabrá, esperamos, si Ossandón o Molina decían la verdad; hoy ya sabemos cómo Teillier desfigura la realidad.

Es importantísimo, en aras de su majestad, la “verdad verdadera”.

/Columna de Gonzalo Rojas para El Mercurio

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