Les voy a contar la historia de un chiquillo, que como tantos chiquillos chilenos, nació en el norte pegado a una pelota de fútbol. Entre la pobreza extrema, las desilusiones y el esfuerzo, el chiquillo deslumbraba a sus vecinos por sus acrobacias con el balón. Una especie de pegamento virtual mantenía su pie adherido a esa pelota desinflada, envuelta en la magia que sólo los elegidos poseen.

Pero talentosos nacen por montones. Algo tenía este chiquillo que lo hacía diferente. Una certeza en su mirada, en su gambeta, en su palabra. A todo quien se le cruzaba, le decía que quería ser campeón del mundo. Los testigos lo miraban con recelo. Creían que eran sólo fantasías que los niños enarbolan y que pronto se desvanecen por el portazo de la realidad. Tan equivocados estaban. Tan poco lo conocían.

Más temprano que tarde el chiquillo dejó de ser el vecino bueno para la pelota. Pasó a ser la promesa. Como le juró a su madre, se convirtió en un precoz futbolista profesional. Hacía fácil lo díficil. A los 15 años jugaba en Primera. A los 16 debutó en la selección adulta. A los 18 jugaba en un grande de Chile. A los 18 fue tercero del mundo con su país. A los 19 se fue a Argentina a ser campeón. Después a Italia. El chico crecía. Dejaba boquiabiertos a compañeros y rivales. Pero decían que le faltaba gol. Que era capaz de eludir a cuanto contrincante se cruzara en su ruta. Pero decían que no definía bien. Que se perdía oportunidades. Que no era más que una eterna promesa. Que su origen desmejorado le impediría acercarse a la cima. Su sueño de ser campeón del mundo provocaba carcajadas.

Hemos visto crecer a Alexis Sánchez. Quizás por eso lo queremos tanto. Porque es un poco de todos. El chico tímido aún se divierte en la cancha. Hoy, cuando es uno de los mejores delanteros del mundo, cuando su rostro es reconocido en Europa, cuando los millonarios contratos se lo pelean, cuando ha jugado con y en contra de los mejores del mundo, Alexis se sigue divirtiendo en la cancha. Tratando de hacer goles. De pasárselos a todos. Y sigue soñando con algún día ser campeón del mundo.

Ante Alemania el chiquillo que definía mal hizo su gol número 38 por la selección. El destino quiso que superara a quien fue su héroe de infancia, Marcelo Salas, el mismo a quien imitaba con su festejo en las polvorientas canchas de Tocopilla.

Las cifras de Alexis Sánchez agotan los adjetivos. 112 partidos con Chile. 33 asistencias. Nadie ha convertido más goles. Nadie ha cedido más goles. Y le queda un montón por seguir entregando.

Esa certeza es la que hace diferente al nortino. Esa seguridad de que en una cancha son todos iguales y no ganan siempre los mejores, sino los que ponen más ganas. Esa realidad que divertirse en la cancha es la mejor forma de cumplir sus sueños.

A Alexis hay que quererlo. Disfrutarlo. Aplaudirlo. Porque su historia de vida irrita a quienes no creen en la movilidad social. Porque los que antes se burlaban hoy se inclinan ante un jugador de otra dimensión. Porque pertenece a un grupo de futbolistas cuyo gran aporte no son las copas o medalas, sino incubar en nosotros la ilusión. Muchos crecimos sin eso. Porque obligó a los testarudos a renovar sus convicciones y admitir que Alexis, junto a sus compañeros, son de otra madera. Porque mi hijo chico lo admira y usa cada fin de semana su camiseta. Y porque Alexis sigue creyendo que puede ser campeón del mundo.

Nunca subestimes a un soñador porque no descansará hasta cumplir sus deseos.

Columna de Cristián Arcos para As Chile

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