Una parte importante de los chilenos -supuestamente, todos los católicos- formamos nuestra conciencia según la ley de Cristo, tal como es expuesta en la doctrina de la Iglesia Católica, que define el aborto como un “crimen abominable”. El Catecismo de la Iglesia Católica enseña: “La vida humana debe ser respetada y protegida de manera absoluta desde el momento de la concepción. Desde el primer momento de su existencia, el ser humano debe ver reconocidos sus derechos de persona, entre los cuales está el derecho inviolable de todo ser inocente a la vida… tanto el aborto como el infanticidio son crímenes abominables” (N. 2270.2271).

El proyecto de ley de aborto reconoce que el médico, cuya conciencia le dice que el aborto es un crimen abominable, puede oponerse a ejecutarlo. En cambio, a los cooperadores de esa acción y al que ofrece las instalaciones para que se ejecute esa acción, la ley quiere obligarlos a ser cómplices de ella, aunque también a ellos la conciencia les diga que es un crimen abominable. Es inexplicable que algunos de los legisladores (que deberían dictar leyes justas y coherentes), y otros, como el señor Agustín Squella, no entiendan que de esta manera en la tramitación del proyecto de ley de aborto se está estableciendo el principio falso de que quien coopera en la comisión de un crimen no tiene responsabilidad en él, ni tampoco la institución que ofrece sus instalaciones para que en ellas se cometa un crimen.

Un sistema legal que tiene una ley injusta e incoherente se desprestigia y pierde credibilidad.

Carta al diario El Mercurio de + Felipe Bacarreza Rodríguez, Obispo de Santa María de los Ángeles

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