En Linares se le “cayó el cassette” al precandidato de Chile Vamos Sebastián Piñera. Bueno, ¿y qué? Ya está. Lo dicho, dicho está, pero lo que quiso ser una broma (reconocida por su autor como un impasse de mal gusto) no sólo se convirtió en una “noticia” de largo alcance, sino también —si observamos detenidamente— en una oportunidad que aprovecharon todos los demás candidatos. En vez de esforzarse por otorgarle sustento a sus propuestas, los demás aspirantes a La Moneda se concentraron en comentar el resbalón verbal del ex Presidente, logrando desinflar, entre todos, el nivel de discusión que amerita la agenda política.

La artillería pesada que cayó sobre Piñera apuntó contra lo que serían sus supuestos rasgos machistas, misóginos e impertinentes. Todo esto reforzado por los dichos de connotadas figuras de la Nueva Mayoría, Presidenta Bachelet incluida, quienes condenaron sin perdón (ni olvido) lo que a su juicio fue otro ejemplo más de cómo se logra violentar la integridad de las mujeres. De eso algo hay, ya que ¿a qué mujer le resulta grato escuchar alusiones ligeras sobre su identidad sexual?  Pero pongámonos serios, lo ocurrido fue un hecho aislado. Y sí, fue un error, pero no provocará catastróficas consecuencias para el devenir de la nación.

Tras las expresiones del precandidato prosperaron sesudos y destilados análisis para desentrañar lo que sería su verdadero trasfondo psicológico. Plumas que siguen revoloteando en el ambiente y que ofrecieron un confuso paréntesis en medio de este enrarecido período electoral.

Con todo, sin el afán de defender lo indefendible, quisiera traer a la memoria otros enunciados aún más desafortunados que el comentado traspié piñerista en Linares. Frases rimbombantes, aunque carentes de sustento, para referirse a temas país que requieren de un mayor escrutinio público que el recibido por el fallido intento de un candidato para distender el ambiente en un acto de campaña.

Comencemos por el concepto de la “retroexcavadora”. A mi modo de ver, la palabra y el momento que se eligió para emplearla como el leitmotiv de la Nueva Mayoría, surgieron de una cierta altanería, displicencia y desprecio a todo lo que la antecedió.  Sin embargo, ésta logró permear y la realidad es que, desde su promulgación, lo único que ha conseguido es dividir, obnubilar el juicio político y mantener al país en un estado de alerta y nerviosismo constante por la incertidumbre que provocó.

Otra frase para el bronce, inscrita desde hace meses en la bitácora de las promesas no cumplidas es que “Chile necesita una nueva Constitución”, confirmándonos que el afán reformista del actual Gobierno cala hondo y que es capaz, incluso, de querer tocar las fibras más sensibles de nuestra historia republicana. Aun así, ante el marcado desinterés ciudadano por este tema y su poca valoración en todas las encuestas, es que se me viene a la cabeza el refrán: “A palabras necias, oídos sordos”, porque los chilenos no están pendientes de reinscribir una nueva Carta Magna.

No. Los chilenos están atentos a  lograr mejorías en salud, educación, estabilidad laboral y una disminución de la delincuencia. Si los “oídos” de las autoridades hubiesen estado abiertos a escuchar las verdaderas demandas ciudadanas, sus propuestas habrían encontrado no sólo validación, sino también credibilidad y adhesión en otras materias que para nuestra población sí poseen una real connotación social.

Por último, no puedo dejar pasar la afamada “Educación gratuita y de calidad para todos”. Hasta el momento, nada de eso ha ocurrido (ni ocurrirá), porque no hay financiamiento, ni infraestructura o planes de largo plazo que logren elevar este propósito de manera transversal.  Quizás la primera pista de que esto no iría por buen camino fue la malograda conjetura, enunciada hace tres años, sobre la necesidad de “quitarle los patines” a cierto grupo de los alumnos a modo de nivelar la cancha en materia educacional.  Fue una mala metáfora para una mala política de Gobierno, pero que sigue dando vueltas y que ha demostrado que el pensamiento detrás de la reforma es más bien adverso para alcanzar verdaderos resultados.

Existen varios ejemplos más de esa retórica con tintes propagandísticos a la que nos tiene acostumbrados el Gobierno. Invita a soñar, pero la cruda realidad es que produce desazón, porque no se ajusta a los desafíos que nos convocan ni cumple lo que promete.

Confieso que, como mujer, no me resultó grato oír una broma que hacía alusión a la sexualidad femenina (aunque he escuchado peores). Pero mucho más relevante que el deslucido intento humorístico de Sebastián Piñera ha sido escuchar, a lo largo del tiempo, frases que más bien dan ganas de llorar, porque carecen de contenido y porque no pueden insertarse como una anécdota más dentro del discurso público, debido a la urgencia y la seriedad de las materias que las originan.

Paula Schmidt, periodista e historiadora para El Líbero

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