“Donde todos piensan igual es porque ninguno está pensando”.

La frase es del legendario periodista norteamericano Walter Lippmann y parece apropiada para describir lo que ha sido la elite empresarial chilena de los últimos 40 años.

Estamos en medio de una gigantesca ola que cuestiona la globalización, que desafía a las élites y que tiene en jaque a las democracias liberales tradicionales. Y Chile vive su propia versión. Acá se ha manifestado en un cuestionamiento al modelo que se impuso en dictadura y, de paso, en la casi total pérdida de legitimidad de las clases política y empresarial que “administraron el modelo”.

Parte de ese fenómeno se debe a la tendencia global y, como se manifiesta en nuestro país, parte es también producto de la serie de escándalos políticos y financieros que han remecido a Chile en los últimos 6 años –y respecto a los cuales las élites no han sabido responder–, pero un factor clave es el convencimiento de un porcentaje no menor de la sociedad (cuántos, no sabemos) que sostiene que el éxito del modelo chileno ha sido a costa de una tremenda desigualdad, económica y social.

¿Y cuál ha sido la respuesta del empresariado a estos cambios que estamos viviendo?: atrincherarse, algunos; o poner la cabeza en la arena, al mejor estilo avestruz, otros.

Sin embargo, en este último año ha comenzado a generarse un consenso entre algunos de los sectores más influyentes del empresariado, en cuanto a que “algo hay que hacer”. Que el país cambió y que no es posible seguir haciendo lo mismo y esperar resultados diferentes (Einstein). Y que, para volver a ser actores relevantes y legítimos de esta nueva sociedad que está naciendo, tienen que cambiar. Ser proactivos, tomar la iniciativa e, incluso, atreverse a ser disruptivos.

La empresa es un producto del siglo XIX, pero que en Chile, al menos, aún no se ha adaptado al siglo XXI. Y, tal como otras instituciones, es menos poderosa e influyente que antes. A eso se suma que las redes sociales y la cobertura de los medios han hecho que los empresarios parezcan menos intocables. Estamos viviendo tiempos de política horizontal, donde el ciudadano se independizó por completo de la dirigencia.

El consultor político ecuatoriano Jaime Durán Barba, principal responsable de la victoria de Mauricio Macri en las presidenciales argentinas, señala que las actuales élites son “demasiado arcaicas, y no entienden lo que pasa. Y los periodistas, menos”. Ese análisis podría fácilmente aplicarse para describir lo que sucede en Chile.

Agrega Durán Barba que, en las últimas décadas, la gente tuvo acceso a una enorme cantidad de información, desmitificó a las élites y autoridades, desarrolló un sentido común más agudo que el de las primeras y perdió respeto por el criterio de la autoridad.

Las verdaderas conversaciones y los intereses reales de la calle están alejados del discurso de los medios tradicionales, políticos y élites empresariales. La opinión pública tomó vida propia y es anarquizante. Durán Barba opina que los aparatos políticos y gremios no sirven. “Están todos encerrados en una pecera cuando el 80% del resto de la sociedad nada en mar abierto”, sostiene.

Esta semana, Bernardo Larraín Mattte, que llegó a la presidencia de la Sofofa con promesas renovadoras, dijo que con el contenido del libro del PNUD sobre desigualdad y el informe del SII se derribaron tres grandes mitos acerca de la economía chilena: que mayores impuestos a las empresas implicaban mayor recaudación, que la desigualdad se ha mantenido inalterable a pesar del crecimiento, y que este último y el gasto público focalizado no constituían políticas públicas suficientes para reducir dicha inequidad.

Sus palabras encendieron nuevamente las pasiones sobre el “modelo” y gatillaron un nuevo debate en relación con la relevancia de la empresa como actor en una sociedad que es cada vez más horizontal, que ha incrementado su independencia de las élites y que está viviendo una verdadera revolución tecnológica.

Esta mañana, a partir de las 11 a.m., nos reuniremos con Alfredo Moreno, presidente de la CPC, el propio Bernardo Larraín Matte, con Juan Andrés Camus, presidente de la Bolsa de Comercio, y Claudio Muñoz, presidente de Telefónica, para conversar acerca de cómo hacer que la empresa vuelva a ser un actor legítimo de la sociedad chilena. Los invitamos a ver y escuchar lo que tienen que decir.

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