Hay circunstancias que colocan a los legisladores en situaciones muy difíciles. Cada uno de los políticos que han estado en la Cámara o en el Senado nos podría contar sus experiencias ante ciertos conflictos de conciencia.

Pero, ¿efectivamente todos se han planteado esos problemas? No, seguramente, no. Seguramente ha habido algunos -pocos, muchos: no sabemos- que han procedido siempre hacia adelante, hacia objetivos políticos específicos, sin siquiera detenerse a pensar en la dimensión ética de sus actos.

Con absoluta seguridad, Ignacio Walker no se encuentra entre estos últimos. Por su formación, por su trayectoria, por su hombría de bien, sería completamente injusto que alguien pudiera acusarlo de proceder en política por puro pragmatismo o con el mero afán de resolver favorablemente una ecuación. Se habrá equivocado en esto o en aquello, pero su recta intención está a salvo.

Justamente por eso el senador de la Democracia Cristiana no debe estar nada cómodo en estos momentos; seguramente por eso mismo está sufriendo con la tramitación del proyecto de aborto.

El problema que hemos titulado “Walker y Walker” no está relacionado con las diferencias que el senador ha tenido en este tema con sus hermanos, sino más bien con la situación que lo afecta respecto de su hija.

En efecto, Elisa Walker ha sido redactora y activa promotora del actual proyecto de aborto en tres causales, en su calidad de asesora de la ministra comunista del Sernam. No deja de ser llamativo haberla visto sentada junto a su padre en la Comisión de Salud del Senado, ella en su calidad de representante del Ejecutivo; él, como legislador. Llamativo para el observador e, imaginamos, algo incómodo para el senador.

Por cierto, no cabe reparo alguno en cualquiera de las dos dimensiones con las que a primera vista alguien podría inquietarse en esta materia. Por una parte, es perfectamente lícito que una persona que vivió un drama como el que padeció ella respecto de un embarazo inviable pueda promover una legislación desde su propia experiencia, aunque se equivoque gravemente en el contenido de lo propuesto. Por otra, tampoco hay problema alguno en que ella trabaje como asesora en el Sernam y haya sido gran lobista en esa materia, aun sabiendo que su padre y dos tíos iban a quedar directamente involucrados en una iniciativa de altísima sensibilidad en el mundo democratacristiano, redactada y promovida por ella. Puede haber escasa prudencia de su parte, pero no parece legítimo reprocharle una seria falta ética.

El problema es para el senador Ignacio Walker, su padre.

Dos son las dimensiones en las que seguramente el parlamentario ha meditado sobre este tema. Por una parte, si lo afecta la disposición de la ley orgánica del Congreso Nacional por la que los parlamentarios no podrán votar en asuntos que interesen directamente o personalmente a sus parientes más cercanos y, por otra, si con independencia de esa eventual inhabilidad, hay plena libertad para votar a favor de cambiar la legislación en un tema en el que su familia se ha visto tan gravemente afectada por un drama.

Alguien podría argumentar que el problema es igualmente atingente para los otros parientes, pero la respuesta es muy sencilla. Si los restantes Walker han optado en mayor o menor medida por mantener la legislación, es obvio que no promueven el texto de Elisa y, por lo tanto, no están interesados personalmente en el proyecto presentado. Además, que Ignacio Walker haya sido factor clave para que el proyecto actual no haya sido reemplazado por otro al que se inclinaban algunos DC, es ya tema del pasado.

Su dilema actual es distinto y solo en su conciencia está radicado: si debe o no inhabilitarse.

/Columna de Gonzalo Rojas para el Mercurio

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