Otra final en la ruta de esta generación dorada. Se la han ganado con esfuerzo y pundonor. Con dificultades, han hecho de su pasión una profesión, ésa de no creer en los imposibles.

En esta parte final del torneo, han vencido a Portugal. Y Cristiano Ronaldo, su genio que no salió de la botella. Era la gran amenaza con su juego a ras de piso y juego aéreo. Pobre del que haga una falta en las inmediaciones del área: allí su obús era mortífero con destino a un ángulo lejos de las manos de Claudio Bravo. Cuidado con su velocidad de fórmula uno, no hay que darle espacios; menos una galaxia, él conoce esas alturas.

A un genio como Picasso le puedo quitar los pinceles, pero capaz que empiece a pintar con los dedos; le puedo maniatar las manos, pero seguro que pintará con los pies. A CR7 había que enterrarlo a como dé lugar y se enterró solo. Mejor dicho, cayó sin piedad en la fosa de Medel y Jara.  Sólo dos estertores suyos, dos exhalaciones, pusieron en aprietos a nuestro Claudio, el de las voladas nocturnas y diurnas. De allí para adelante, las oraciones de un milagro estaban en boca de los portugueses. Su ícono desaparecía en la impotencia más absoluta.

Chile sufría la presión de los lusos en campo chileno, empezó a despercudirse y soltarse creando cierto peligro. Lo tuvo Vargas ante gran pase de Alexis y dio dos pasos demás para marrar el grito de gol ante un sorprendido Rui Patricio. Charles también tuvo una volea y falló inexplicablemente sin olvidar un testazo de Alexis que huyó con efecto contrario por el palo más lejano del portero portugués. Eso sería todo en los primeros 45 minutos. De CR7 nada se sabía.

Los segundos 45 fueron equilibrados, con un CR7 desequilibrado, ausente. Y con un Chile pujante cuyo fruto fueron dos evidentes palos ahogando el grito de gol. Éramos superiores y en la isla de Madeira el estupor hacía mella en sus habitantes. Silva no se avivó exigiendo el VAR ante un evidente penal. El alargue extenuante y los soberbios penales es una historia épica para otra columna.

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