El orden autárquico de la hacienda dominó Chile por 400 años, hasta que desapareció. La imagen del patrón vuelve hoy a nosotros satanizada por las teleseries. Y, sin embargo, no hay registro alguno de rebeliones campesinas. Y eso es porque la hacienda fue un lugar de encuentro, de dominación legítima, no de opresión arbitraria. El patrón ejercía el poder en el plano de la presencia cotidiana y la reciprocidad clientelar. La desigualdad de estatus entre él y el inquilino, eso sí, era total. El primero encarnaba, a vistas del segundo, todo lo bueno y lo honesto. Era el pulcro espejo en el cual se reflejaba la precariedad propia. Era el patroncito.

Cuando las familias patronales devinieron urbanas, ya nadie quizo capitanear los campos. Se dejaba al mando, muchas veces, al más bruto entre los hermanos.

Manuel José Ossandón Irarrázabal es el último de esos brutos. El que a pesar de haber pasado por el Tabancura, terminó estudiando, sin más opciones, un oficio para administrar los campos heredados. Toda su vida ha sido mantenido por la plata antigua de una poderosa tribu que fue dueña de Pirque y de casi todo Zapallar. Todo lo contrario al mérito. Pero logró convertir sus defectos en algo valioso: se puso la capa de vicuña de su bisabuelo y se convirtió en un gran alcalde de los antiguos predios familiares. En un patroncito atento, responsable y leal con los suyos, y ladino, pendenciero y macuco con los de afuera y con los que no le agachan el moño.

Algunos piensan que Ossandón representa una renovación política. Nada más ingenuo. Ossandón no tiene ideología ni doctrina. Desprecia las ideas, al igual que todo lo que no entiende. Ha quedado claro que jamás ha leído un libro, un proyecto de ley o su propio programa (que es bastante bueno). Lo suyo está en “la calle”, en ser el campeón de los que le entregan lealtad a cambio de protección. Es pura presencia y nada de reflexión. Y su enemigo son los nuevos ricos, los ricos de nuevo, los tiburones bursátiles, los recién llegados, los afeminados, los inmigrantes, los indios y los siúticos. Todo ese gran “afuera” al que, en última instancia, le correría bala.

Otros creen que Ossandón entiende los problemas de la gente, y podría solucionarlos como presidente. Nada más equivocado. Ossandón es un parlante por donde se cuela el murmullo y la queja desordenada de las ferias. Repite lo que escucha, pero no comprende lo que repite. Además, su lógica política, basada en la confianza personal, aunque funcione en una alcaldía, es incompatible con la democracia republicana y sus instituciones representativas. Mal podría el populismo salvarnos del populismo.

Ossandón debería ser entendido, al igual que Trump, como un síntoma y no como la enfermedad. Una inflamación antimoderna que no basta con sacar de la carrera presidencial, sino que debe ser analizada con atención. Y su mensaje, el de quienes legítimamente lo apoyan, debe ser comprendido y procesado. Si erramos en esto, la desesperada revancha de la lógica patronal -es decir, del populismo- en contra de nuestra modernidad llena de problemas, puede ser implacable. Y no será culpa del último patroncito.

/Columna de Álvaro Ortúzar para La Tercera

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