Hubiera sido imposible, contrario a razón, inconcebible e inimaginable que luego de hacerse notoria su colosal y transversal ineficiencia el gobierno y muchos – no todos; aun queda gente con capacidad para la vergüenza ajena- de sus innumerables satélites en el Congreso, las reparticiones del Estado, las militancias partidistas, los electores de fe inquebrantable, los progresistas a tiempo completo y los ayudistas de los medios hubieran dejado pasar más de 24 horas SIN recurrir al anestésico de siempre, cloroformo mediático usado en cada oportunidad cuando el fracaso ha de disfrazarse de martirologio: pasarle el plumero a la vieja acusación de haber un “aprovechamiento político”.

¡Cuán beneficioso para el país hubiera sido que la misma presteza para calificar de ese modo a los calificadores se hubiera visto en la reacción ante la catástrofe! Pero tal vez sea demasiado pedir: una cosa es gestionar eficazmente el Estado, para lo cual se necesita diligencia e inteligencia, otra muy distinta exhumar frases del baúl de la demagogia y la retórica, para lo cual se necesita sólo cierto sustantivo grado de desfachatez política. Como de costumbre la frase, la cual hace las veces de eso que los publicistas llaman el “concepto de campaña”, estuvo acompañada por también archiconocidos epítetos: la crítica era “baja”, “oportunista”, “pequeña”. Algunos entusiastas de mucho corazón, pero quizás menos cerebro, incluso creyeron adivinar en el alma de los críticos una salvaje alegría ante el desastre y escribieron rabiosas y al mismo tiempo soporíferas líneas sobre eso.

Uníos Todos de Arica a Magallanes…
A la acusación de caer en actitudes de “aprovechamiento político”, espetada contra quienquiera osara señalar las gravísimas falencias del régimen, siempre más notorias y dañinas durante una crisis, se agregó un concepto que le es complementario y de hecho su hermano siamés: “la unidad”. Este es el momento, proclamaron las autoridades, cuando es necesario dejar de lado las “pequeñeces” implícitas en el acto de denunciar errores y unirnos en “la tarea común”. Evidentemente la unidad demandada con los ojos arrasados en lágrimas -¡qué manera de sentir 24/365 por todos nosotros los pecadores la señora Presidente!- entraña por naturaleza suspender el juicio crítico y confundir en una masa común a culpables e inocentes. Y desde luego la “tarea común” fue de inmediato lo que en Chile es siempre dicha tarea en casos de siniestros de gran magnitud: NO la tarea de prever, combatir a tiempo y apañar el problema, sino la tarea de “ayudar a los damnificados” que nunca habrían existido de haberse hecho bien lo primero. Perversamente esta “tarea común”, la que supone un fracaso en la tarea del gobierno, termina siendo beneficiosa para quienes fallaron en esta última porque permite hacer el papel del benefactor, del que entrega ayuda, del que abraza a doña Juanita y derrama unos lagrimones mientras le pasa el paquete de tallarines.

Innecesario recalcar que la mayor parte de esa ayuda proviene, además, de los particulares, no del Estado. El Estado está para cosas más importantes: ruedas de prensa, declaraciones, expresiones compungidas, tramitar la llegada y puesta en acción de los helicópteros para combatir el fuego y anunciar nuevos proyectos de ley para crear nuevos organismos y/o “fortalecer” los ya existentes. Es el pensamiento mágico en acción: se decreta algo y la realidad obedece.

“Debilidad institucional”
Es también un muy manoseado recurso para eludir responsabilidades -y de esta variante se está ya haciendo mucho uso y se hará más aún cuando finalice la crisis- el asignar la culpabilidad NO al específico equipo de gente que tomó malas decisiones o no tomó ninguna, sino a una entelequia descrita con engolado aire académico y metafísico, la “estructura institucional”. La estructura institucional existe: no es sino el entero tinglado de leyes, reglamentos, protocolos, organizaciones, etc. que configuran el Estado y determinan cómo percibe la realidad y cómo la enfrenta.

Nadie puede negar su existencia: se manifiesta en un determinado equipamiento físico, personal, burocracias, timbres y estampillas, números de teléfono que no contestan, sitios web y vehículos del servicio normalmente usurpados los fines de semana. Lo que lamentablemente se suele olvidar es que esa “estructura institucional” ni cayó del Cielo ni se maneja automáticamente. Su existencia y sobre todo su persistencia en el tiempo es obra humana, obra de quienes la crearon y obra de quienes la mantienen en su catatonia habitual en cada sucesivo gobierno que se hace cargo de su inmóvil maquinaria. Se olvida también que el output de dicha estructura depende en grado superlativo de la CALIDAD del personal superior. ¿Es necesario dar ejemplos de cómo el calibre de quienes dirigen determina el rendimiento de una institución?

Napoleón se hizo cargo de un ejército ni mejor armado, avituallado o reclutado que los de sus rivales, pero los derrotó una y otra vez por un generalato superior. Y viceversa, aparatos institucionales relativamente eficaces fracasan estrepitosamente si la nueva élite que los comanda no está a la altura ni da la anchura. La falla de este gobierno tiene sin duda un componente histórico relacionado con los aparatos administrativos y cuerpos legales que recibió como herencia, pero aun los más calamitosos tienen grados de libertad que permiten un relativamente decente buen uso o un imperdonablemente indecente mal uso. Nada en la “estructura institucional” imponía como destino inevitable el comportamiento de increíble pequeñez que se tuvo, por ejemplo, ante la oferta del avión supertanker. Nada en la “estructura institucional” obligaba a demorar su llegada y entorpecer su uso con un papeleo interminable. Nada en la “estructura institucional” empujó inexorablemente al señor director de Conaf a asegurarse con una mezquindad épica -quedó por escrito- que aun el agua que usara dicho aparato NO fuera a ser de coste del Estado. Nada empujó a hacer todo eso, salvo la cultura del pool humano y político del que seguramente emergió dicho director, así como el resto del gobierno; tampoco nada obligaba en la cacareada “estructura institucional” a demorar la declaración de zona de catástrofe y a sacar a los militares a terreno. Nada salvo esa mentalidad, nada salvo esa completa ausencia de conocimiento y capacidad de “gestión”, nada sino la mediocridad más irremediable. Esa es la “estructura” que nos pena.

Y ahora, “asumamos”…
Además de aleccionarnos pedagógicamente acerca de las “estructuras institucionales” se pretende también que las “asumamos”. Lo afirmó Alejandro Guillier en entrevista concedida a este diario. ¿Qué quiso decir con eso? ¿Debe el ascensorista del edificio donde está la Conaf asumir igual responsabilidad de la “estructura institucional” que el señor director, tan preocupado de no gastar un peso en el supertanker? ¿Es “toda la ciudadanía” la que diseña, financia, dirige y gestiona los organismos públicos y por tanto toda ella ha de “asumir” su mal funcionamiento? ¿No se supone que en una democracia el pueblo delega su soberanía al gobierno, esto es, a sus mandos superiores, precisamente para que hagan esas tareas?

“Asumir” significa, primero que nada, reconocer los distintos y en verdad MUY distintos grados de responsabilidad derivados de los también MUY distintos grados de poder y autoridad que se poseen, para luego aceptar el grado de culpa que se pueda tener por un mal uso de ese poder. Nada de eso se ha hecho. En subsidio al tema se lo diluye con una grandilocuente teoría histórica, con una proclamada unidad de abrazos y una comunitaria asunción de responsabilidades.

Si todos asumimos, nadie asume. Así es como se endosa el problema no al específico catálogo de torpezas protagonizadas por personas determinadas, sino a una situación apenas distinta e igual de remota al pecado original de Adán y Eva o como mínimo a la administración de Marcó del Pont. La historia es un estupendo desván para arrojar las culpas.

/Columna de Fernando Villegas para el diario La Tercera

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