Qué paradoja y sincronía: en el arduo e intenso proceso de desarmar mi biblioteca para cambiarla de lugar (más de 6.000 volúmenes, cargados de historias y recuerdos de conversaciones y lecturas), me encuentro con una pequeña catástrofe en un rincón de una de las estanterías de coihue: más de cien libros carcomidos por el moho, producto de una filtración inesperada y nunca descubierta sino hasta ahora.

Es impresionante darse cuenta cómo el agua y la humedad se precipitan con ferocidad sobre el papel para devorárselo. Como si la materia quisiera recuperar la materia y devolverla a lo informe original (el papel viene del bosque).

En uno de los estantes que la humedad traspasó, me encuentro con un libro notable que estudia la historia de los bosques nativos chilenos y profundiza en los grandes incendios forestales a lo largo de nuestra historia. El texto se titula “La huella del fuego” y su autor es Luis Otero, un estudioso de temas ambientales y de la formación y destrucción de los paisajes de Chile. Hace años tuve una apasionante conversación con él, en la que aprendí que la destrucción por incendios intencionales de los bosques de Chile es de muy larga data, y comienza después de firmarse la paz con los mapuches en 1881, cuando se habilitaron los suelos para la agricultura y la ganadería. Luego vendrán los grandes incendios para despejar el territorio para la colonización del siglo XIX, hasta hoy.

Los incendios de La Araucanía fueron de una magnitud colosal, el fuego arrasó con la gran mayoría de los bosques del valle central y la cordillera. Y vinieron después más incendios a lo largo de las décadas: entre 1920 y 1940 la provincia de Aysén fue devastada por los incendios: en total, hasta mediados de siglo se quemaron alrededor de dos millones 800 mil hectáreas. Cuencas enteras de ese sur de bosques de maravillosas lengas se convirtieron en zonas de desertificación. Luego serán los incendios de bosques de ciprés de Chiloé en la década del 40. En los años sesenta y setenta hubo cinco mil incendios que afectaron a más de 300 mil hectáreas. Por eso se entiende que Neruda, el que dijera que “el que no conoce los bosques de Chile, no conoce el planeta”, escribiera una desolada Oda a la erosión en la Provincia de Malleco: “Volví a mi tierra verde y ya no estaba/ya no estaba la tierra: se había ido (…)”.

Hay voces lúcidas de amantes del bosque chileno que, desde muy temprano, denunciaron este verdadero bosquicidio de nuestra selva fría, como Federico Albert: “bien se sabe que no sólo se explotan los bosques de una manera metódica, sino que se queman en gran escala, devastando no sólo los terrenos aptos para otros cultivos, sino también una buena parte de los suelos que, por su composición y situación, no pueden ser empleados en ningún otro uso agrícola”. ¡Lo dijo en 1905!

Si bien el megaincendio que está asolando a nuestro país ha sido favorecido por las altas temperaturas debido al cambio climático en curso, hay que decir que el Estado, los privados y la población chilena vienen quemando bosques desde hace siglos. Chile es un largo incendio de centurias atizado por intereses privados, pirómanos, terroristas y muchas veces por el Estado mismo. ¿Por qué esta inconsciencia, este desamor a nuestros bosques milenarios, nuestras catedrales naturales?

No bastará apagar estos últimos incendios si es que seguimos siendo el país inconsciente que somos, ignorantes de nuestra propia riqueza, si no les enseñamos a nuestros niños los nombres propios de los árboles, si no leemos a nuestros poetas que -como Neruda, Juvencio Valle, Luis Oyarzún- han cantado la belleza majestuosa de la selva fría, única en el mundo. Esos cantos son los únicos verdaderos cortafuegos que impedirán que Chile sea algún día pura ceniza. Hay que volver al bosque, a escuchar su temperatura y recibir la llave del tesoro escondido que perdimos, la única que nos devolverá al centro del que algún día nos extraviamos.

Columna de Cristián Warnken para el diario El Mercurio

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