Tanto Piñera como Guillier, los candidatos que encabezan las encuestas al menos hasta esta semana, han transmitido que parte de su estrategia es la lucha por el centro. Una declaración bastante alejada de sus actos, pues el ex presidente ha presentado una campaña más corrida hacia la derecha, que le dio resultados exitosos en la primaria. Todo el conservadurismo nacional se levantó ese domingo futbolero a apoyarlo en su nueva versión del desalojo de Allamand en que se ha convertido su discurso de campaña.

Por otro lado, Guillier y su estrategia difícil de decodificar no parecen apuntar al centro. Aunque es probable que él mismo tenga pensamiento moderado, es difícil poder entenderlo, entre tantos giros discursivos. Lo único escrutable en su comando son sus integrantes cada vez más críticos de lo que fue la Concertación y lo poco que se puede entender de su programa, sacado de los manuales de la Cepal de los 70.

Pero si la pasión de ambos candidatos es el centro político, vale preguntarse qué es exactamente ese grupo de votantes. La última encuesta del CEP tiene un dato valioso: sólo un 16% de los entrevistados se declara de izquierda, y un 12% de derecha. El resto se divide en un 41% que no tiene adscripción política alguna, y un 32% de centro.

Otros datos de la misma encuesta arrojan resultados curiosos. A manera de ejemplo, un 70% de las personas está a favor del aborto, la gran mayoría de ese grupo en circunstancias especiales, como el proyecto que propone el gobierno y al que Piñera se opone con tanto ahínco. Y, por otro lado, los tres principales problemas que las personas piensan que debieran ser prioridad son la delincuencia, la atención de salud y el desarrollo económico, asuntos para los que Guillier no tiene palabra alguna, a diferencia de la derecha.

La mayoría de los ciudadanos que podría decidir la elección parece ser un grupo de personas que ve los aspectos prácticos de la vida. No quiere que el Estado prohíba el aborto en todas las circunstancias, colocando en una difícil situación a las mujeres con embarazo de riesgo o producto de una violación. También le preocupa una sociedad llena de conflictos, y piensa que los políticos están lejos de sus preocupaciones, y sobre todo quiere empleo y seguridad.

La extinta Concertación resolvía bien esos dilemas entre desarrollo económico, justicia social y temas valóricos, y por ello gobernó durante tantos años y ganó cuanta elección pudo. Empezó a perder cuando empezó a dudar de sí misma. Pero ya no sirve revivirla como el Mio Cid para parar a Piñera o a Beatriz Sánchez. Una opción competitiva habría sido un Macron que combinara nueva política, una agenda valórica más ad hoc a cómo viven los chilenos, protección a los desfavorecidos del mercado y una apuesta de fe por el crecimiento y el mercado. Pero quienes pudieron ser, como Velasco o ME-O, no lo lograron, entre otras cosas porque quedaron atrapados en sus propios juicios morales sobre la vieja Concertación. Y Guillier, que provocó alguna ilusión en sus inicios, se ha ido desdibujando en un mal plagio del Frente Amplio.

A la falta de una propuesta que les hable directamente, para dolor de la NM, los indecisos se dividirán entre el Frente Amplio, pues preferirán el original que una mala copia, o hacia Piñera, pues le parecerá que pese a todas las carencias de la derecha, resuelve problemas fundamentales: empleo, crecimiento, combate a la delincuencia y Estado más eficiente, en especial en la atención de salud.

/Columna de Carlos Correa para La Tercera

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